Brasil, el amigo que vino del mar.

Las costas de Brasil y de África llevan tejiendo relaciones desde hace más de 500 años, cuando en virtud del Tratado de Tordesillas el poder de Lisboa recibió la “bendición” para explotar los dominios terrenales que se extendían desde el Meridiano Cero (entonces enclavado en el extremo occidental de la Isla de El Hierro) hacia el Este. A partir de aquel momento los portugueses intensificaron el dominio sobre los enclaves en los que ya tenían presencia en las costas africanas, conquistando en paralelo un territorio inmenso que se les abría ante sí en Brasil.

La capoeira, la herencia africana más visible de la cultura brasileña.

La trata de esclavos metió a África en el mismo corazón de la Amazonía, llegando incluso a fundar comunidades políticas independientes que buscando la libertad se refugiaban en la espesura de los bosques tropicales. A pesar de lo añejo y lo profundo de las interconexiones, no fue hasta 1973 que Brasil, ya como nación soberana, se interesó por África. Haciendo un viaje de vuelta que muchos antepasados de sus nacionales habían emprendido a la fuerza cuatro siglos antes. Desde entonces el interés de los cariocas por el continente africano ha vivido una evolución de dientes de sierra (con intensos altibajos) caracterizado en los últimos años por un significativo aumento y una creciente presencia de altas autoridades brasileñas en visitas oficiales a países africanos.

El comercio entre África y Brasil el pasado año 2010 alcanzó parámetros equilibrados, África representó para Brasil el 6.6% de las exportaciones y el 6.2% de las importaciones. La vía de penetración más sencilla se ha articulado hasta el momento por los nexos culturales y lingüísticos que mantiene con naciones africanas como Cabo Verde, Mozambique, Angola o Santo Tomé y Príncipe. Estados todos pertenecientes a la Comunidad PALOP y por tanto con los que mantiene altos niveles de interlocución política. Los intereses brasileños en África se centran fundamentalmente en la importación de recursos energéticos y las exportaciones de bienes de equipo. Pero no sólo de samba viven los Estados y el sector cultural y editorial muestran síntomas de encontrarse en plena pujanza.

La influencia de Brasil, frente al otro gran foco cultural lusófono (Portugal) es cada vez más acusada. No sólo por una mayor capacidad de producción a escala, que genera saldo positivo para la industria brasileña, sino por la progresiva pérdida de capacidad de influencia de Portugal en temas tan recurrentes en círculos intelectuales y de la ciencia social como la lengua. Esta tendencia se ha visto reforzada por la última reforma ortográfica del portugués en funcionamiento desde 2009 y donde los países africanos de lengua portuguesa plegaron posiciones en torno a las posturas defendidas por el gigante sudamericano a pesar de que la variante africana del portugués está más cercana al europeo que al americano. La actual situación económica de Portugal y sus perspectivas para los próximos años han parecido dar la puntilla a un proceso paulatino de pérdida de influencia en materia cultural y de la enseñanza del portugués como lengua extranjera. Así el centro que tradicionalmente ha monopolizado la enseñanza del portugués como lengua extranjera (el Instituto Camões) ha perdido fuerza frente a los esfuerzos brasileños canalizados a través de sus Centros Culturales.

Al igual que China, Brasil posee dimensiones continentales que acompañados de importantes recursos naturales le permiten diversificar su cartera de exportación al no depender tanto del intercambio de recursos naturales. Aunque su presencia e inversiones aún son modestas en comparación con los negocios abiertos por Pekín en el continente negro, Brasilia ha dado una cada vez mayor importancia al potencial de su relación económica y comercial con África. Esta no se limita sólo a intercambios comerciales, empresariales o de ayuda al desarrollo sino que además se extiende a su papel cada vez más notorio en los foros de diálogo internacional puestos en pie por las denominadas potencias emergentes, formando parte del grupo de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) así como del IBSA (India, Brasil, Sudáfrica).

Sin embargo, poco se conoce de la política que Brasil aplica en sus alianzas de asociación con los países africanos en materia de Derechos Humanos. Las actuaciones de Pekín han sido fuertemente cuestionadas al primar el interés comercial sobre otros elementos a los que actores como la UE o los Estados Unidos condicionan el comercio, la inversión o incluso la ayuda al desarrollo. Son múltiples las voces que denuncian el beneficio que obtiene China de sustanciosos acuerdos económicos de los que sólo se benefician las élites de regímenes cleptocráticos que tienen impacto directo sobre los medios de subsistencia tradicionales de la población local y que ya ha generado muestras de rechazo.

Brasil ha acompañado su interés económico por un incremento en su presencia como donante oficial al desarrollo en el continente africano. Con Mozambique a la cabeza en importancia de presupuestos y proyectos puestos en marcha desarrolla actividades de desarrollo en otros países como Guinea Bissau o Santo Tomé y Príncipe. Estas acciones han situado a Brasilia como uno de los más rotundos actores en la cooperación sur-sur. La exitosa puesta en marcha de programas como “Fome Zero” y “Bolsa Familia” despierta gran interés en los países en vías de desarrollo, no sólo por haber conseguido situar a Brasil como uno de los campeones en la consecución de los ODM sino por su maestría al obtener resultados tangibles en poco tiempo, reduciendo en tiempo record el número de personas en situación de exclusión. Por otra parte, muchos países africanos quieren emular el éxito brasileño a la hora de impulsar a través de investigación el negocio agropecuario en zonas poco fértiles como el cerrado (similar a la savana). De momento la corporación pública Embrapa (Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuária) ha abierto un centro en Ghana con la intención de repetir la experiencia del cerrado y sertão en el continente africano.

Acciones que iluminan el nuevo rostro que enseña Brasil al mundo, desposeído de complejos del pasado y con la autoestima alta que confiere organizar en un período de tiempo corto citas globales del deporte como el Mundial de Futbol (en 2014) y los Juegos Olímpicos (en 2016). Un presente prometedor que no es ajeno a retos como una economía atenazada por una inflación contra la que se lucha sin cuartel, escándalos de corrupción que han provocado la caída de seis ministros federales y una redistribución de la renta que aún sigue dejando fuera a colectivos como los indígenas. Veremos si en los próximos dos años Brasil consigue acabar con la leyenda de ser el “país del eterno futuro” para ser el del rotundo presente.

Vicente Manjavacas. Madrid. 

Escrito por vicentemanjavacas

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