El movimiento neoconservador (I): De como Strauss conoció a Platón

Tras la Segunda Guerra Mundial, la idea de la libertad individual había alcanzado un amplio desarrollo en las democracias occidentales. Esta sociedad, erigida y construida bajo los valores del individualismo, que muchos norteamericanos contemplaban como una Edad de Oro de su civilización, escondía, según otros, un lado siniestro: la pérdida de la excelencia, el desencanto, la vulgaridad y la corrupción, la ruptura de la cohesión social y el embrutecimiento. Las mismas cosas que, superficialmente, hacían parecer al país como próspero y feliz, fueron interpretadas como signos de decadencia y de corrupción interna.

En Chicago, un hombre compartía esos mismos miedos sobre la fuerza del individualismo en Estados Unidos. Se llamaba Leo Strauss, y era un desconocido filósofo político que impartía clases en la Universidad de Chicago. Strauss (1899-1973) fue un personaje misterioso. Se negaba a ser filmado o fotografiado. No daba entrevistas, no escribía ensayos políticos y no aparecía en los medios de comunicación. Dedicó su vida a crear una devota y leal banda de estudiantes a quienes transmitiría esos mismos temores: Que la próspera sociedad liberal en la que estaban viviendo contenía las semillas de su propia destrucción.

Sobre la sociedad liberal

En contraste con las corrientes mayoritarias del pensamiento político contemporáneo, el pensamiento predominante en la época clásica negaba que hubiera algún derecho natural a la libertad. Para ellos, los seres humanos no nacen ni libres ni iguales y la condición humana natural no es la libertad sino la subordinación.

De entre todos los grandes filósofos clásicos, Strauss estuvo fuertemente inspirado en las ideas de Platón. Al igual que éste – que a día de hoy sería reconocido como comunista - Strauss creía que el ideal político supremo es el gobierno de los sabios. Un gobierno de esta naturaleza no es, sin embargo, concebible en la época actual, porque los ciudadanos no aceptarían que sólo existe una ley natural, que no es otra que el derecho de los superiores a guiar a los inferiores, y no estarían dispuestos a dejarse gobernar sin que sus opiniones se tengan en consideración.

La solución a esta aparente incompatibilidad la formuló Strauss interpretando la filosofía platónica en su obra Los argumentos y la acción de las leyes de Platón, y consiste en un gobierno encubierto de los sabios. Según el filósofo de Chicago, este gobierno podría llevarse a la práctica debido a la abrumadora estupidez de la población, a los que él se refería como vulgares. Cuanto más crédulos y menos perspicaces fueran, más fácil sería para los sabios manipularlos.

Para Strauss, el gobierno de los sabios no versa sobre valores conservadores como el orden, la estabilidad, la justicia o el respeto por la autoridad, sino que se entiende como un antídoto contra la modernidad. La modernidad es la era en la que los vulgares se han impuesto, en la que han llegado más lejos a la hora de conseguir sus deseos: salud, placer y entretenimiento sin fin. Pero, según Strauss, consiguiendo lo que anhelaban, los vulgares han sido privados de valores morales y se han convertido, sin darse cuenta, en bestias. El individualismo sacó todo aquello admirable o digno de elogio de la esencia de los seres humanos y los hizo bestias, satisfechas con una vida peligrosa en la que nada es verdaderamente real y en la que todo está permitido.

Fotograma del film «La Dolce Vita»

En ningún sitio como en Estados Unidos y ningún sistema como la sociedad liberal refleja esa situación de corrupción en un grado tan alto. Necesidades materiales, motivaciones egoístas y conversaciones vacuas de contenido deshumanizaban inexorablemente al ser humano, hasta el punto de Strauss pensaba que la economía liberal transformaría la vida en puro entretenimiento y destruiría la política. Y el peligro es que el alcance global de la cultura norteamericana amenazaba con trivializar la vida y transformarla en mero entretenimiento a nivel universal. Esta era una perspectiva que le horrorizaba.

Strauss pensaba que el liberalismo moderno llevaba intrínseca una tendencia hacia el relativismo moral extremo, que derivaba asimismo en nihilismo. Un nihilismo que, en las democracias liberales, se manifestaba como una mezcla de valores sin propósito y un hedonista igualitarismo permisivo que deterioraban la sociedad moderna y la filosofía. La idea de la libertad individual llevaba a la gente a cuestionarlo todo, los valores y las verdades morales. De este modo, la gente estaba dirigida por sus propias voluntades egoístas, y eso amenazaba con hacer pedazos los valores que mantenían cohesionada a la sociedad.

La sociedad liberal y el individualismo eran, por tanto, aspectos que desnaturalizaban al hombre, corrompían sus valores morales en favor de tendencias egoístas y materialistas y rompían la cohesión de las sociedades. Para Strauss, éstas eran las causas de todos los males de la sociedad moderna, y debían ser erradicadas.

Sobre el concepto del mito y la mentira noble

Strauss concibió una manera de revertir este proceso. Platón planteó la disyuntiva de si los buenos políticos pueden ser absolutamente sinceros y veraces y aún así conseguir las metas planteadas por su sociedad. Definió entonces, en su obra La República, el concepto de mentira noble, como una falacia o un mito a menudo, aunque no siempre, de carácter religioso, contado por la élite gobernante al pueblo para mantener la armonía social. Strauss recogió el concepto e, influido por las ideas de Nietzsche sobre la inconveniencia de exponer al público a las verdades terribles, reinterpretó esta visión platónica de la mentira noble y la redefinió como un mito usado por los líderes políticos para mantener una sociedad cohesionada y unos valores comunes entre sus ciudadanos.

Leo Strauss

Y dijo Strauss que en la actualidad era a los políticos a quienes correspondía el imponer mitos poderosos e inspiradores en los que todo el mundo pudiera creer. Esos mitos, contados por la élite al pueblo, no tenían por qué ser ciertos, pero debían ser creíbles y eran necesarios porque, según Strauss, la verdad es demasiado dura para que la sociedad la asimile y aquella élite que pregonara la verdad estaría en peligro y sería perseguida por la sociedad liberal. Y los dos grandes mitos, según Strauss, para mantener a la sociedad cohesionada y dotarla de valores eran la religión y el nacionalismo. Los políticos, para proteger a la nación contra su decadencia interna, su egoísmo y su pérdida de valores, debían alentar mitos nacionalistas y patrióticos entre sus habitantes, consistentes en la creencia de que su nación y sus valores son superiores a los del resto.

Pero en Estados Unidos, el mito del nacionalismo estaba más cercano a la idea de que el país tenía un destino manifiesto de combatir a las fuerzas del mal por todo el mundo. Según contaba Strauss a sus alumnos de la Universidad de Chicago, ese mito estaba personificado en su programa de televisión favorito: La ley del revólver, un western del que Strauss decía que tenía un efecto saludable en el público americano porque mostraba el conflicto entre el bien y el mal de una forma absolutamente comprensible para todo el mundo. El hombre bueno gana, el malo pierde y los valores están claros. Eso es América. Vamos a triunfar sobre los valores que intentan destruirnos.

El otro programa favorito de Strauss era Perry Mason. Este personaje personificaba el rol que la élite debía de jugar. Identificaba a los políticos con un brillante abogado que debe defender a un acusado culpable; es decir, que en público debían promover los mitos necesarios para librar a Estados Unidos de la decadencia. Pero en privado no tenían por qué creer en ellos. Strauss defendía una concepción neoplatónica de la política que acepta la mentira pública en nombre de la razón de Estado.

Para él, los liberales modernos no eran sino bestias miopes sin base filosófica o moral alguna. Para redescubrir el verdadero significado de la excelencia, defiende que la élite debe volver a abrazar a los filósofos paganos y las aulas de estudio clásicas dónde nacieron los valores morales. Para el resto, dicha élite debe impulsar un retorno de las masas a la religión organizada, a la que Strauss se refiere como mentira piadosa, así como a los valores espirituales patrióticos, como única esperanza para evitar la pérdida de la esencia del ser humano.

Strauss también recogió ideas de Hobbes, y manifestó que la agresividad inherente a la naturaleza humana sólo podía ser contenida por medio de un estado poderoso basado en el nacionalismo. En palabras del propio Strauss, «Como la Humanidad es intrínsecamente mala, debe ser gobernada. Pero esa gobernanza sólo puede ser establecida, sin embargo, cuando la gente está unida, y sólo puede estar unida frente a otra gente». De acuerdo con Maquiavelo, Strauss añadió que si no existiera dicha amenaza externa, entonces ésta debería ser inventada. Establece, por tanto, el concepto del mito del enemigo común que debería ser utilizado por los políticos para cohesionar a la sociedad.

Bajo el punto de vista de Strauss, es necesario que las sociedades luchen continuamente por su supervivencia. La guerra perpetua, y no la paz perpetua kantiana, se convierte, bajo la mirada de Strauss, en el destino deseable de las sociedades. La humanidad de los hombres, definida en términos de lucha contra la muerte, sería rescatada de la extinción.

Sobre la función de la religión

Strauss, a pesar de su ateísmo, consideró a la religión como el pegamento que mantiene a la sociedad unida, y fue un ferviente defensor de la utilidad de la creencia religiosa. En la ausencia de Dios, afirmó, la moral no tiene soporte, y  una sociedad secular lleva inexorablemente al individualismo, al liberalismo y al relativismo, precisamente los rasgos que alientan la disensión que podría debilitar la capacidad de la sociedad para luchar contra sus enemigos externos.

La religión es vista por Strauss como un mito para mantener cohesionadas a las masas y dotarlas de valores comunes. Junto con el nacionalismo conforma el elixir que Strauss defiende para convertir hombres hedonistas, egoístas y desnaturalizados en devotos nacionalistas deseosos de luchar y morir por su país y por Dios. En vista de su crítica al modernismo, no es sorprendente que Strauss respalde una creencia religiosa que no comparte como una ficción necesaria para mantener el orden en la masa social.

José Lozano. Madrid

Mañana en Passim, El movimiento neoconservador (II): De cómo Kristol conoció a Strauss

Escrito por José Lozano

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