El movimiento neoconservador (III): De como los halcones extendieron sus alas

El plan neoconservador para Estados Unidos pasaba por recrear el mito de Estados Unidos como la nación que encarna los valores del bien y cuyo destino es, por tanto, luchar contra las fuerzas del mal en el mundo. De este modo, resolverían los problemas naturales de la sociedad liberal al cohesionarla alrededor de una conjunción de valores nacionalistas, patrióticos y religiosos. Además, extenderían las bondades de la democracia americana por todo el mundo mediante la implementación de una política exterior intervencionista – justificada por la amenaza del enemigo común – que llevaría a largo plazo a la conformación de un nuevo orden mundial democrático en el que la paz y la seguridad, tanto americana como mundial, estaría garantizada.

Pero para llevar su proyecto a término, los neoconservadores debían pasar por encima de uno de los hombres más poderosos del momento: Henry Kissinger. Kissinger era realista y no creía en un mundo de buenos y malos. Lo que dirigía sus actos era una visión pragmática implacable sobre el poder en el mundo. En un momento de convulsión política interna, quería huir de batallas ideológicas. Kissinger consideraba que su país debía llegar a acuerdos incluso con dictaduras para conseguir la paz por medio de negociaciones y diplomacia, y pretendió crear un nuevo tipo de interdependencia global en el que Estados Unidos estaría a salvo. Para ello, estableció relaciones diplomáticas con China y firmó un acuerdo sobre la reducción de los arsenales nucleares con los soviéticos en 1972, que fue el comienzo de la denominada detente. Tras firmar el pacto, el presidente Richard Nixon anunció triunfalmente que la era del terror se había acabado. Pero un mundo sin terror no era lo que los neoconservadores necesitaban para poner en práctica su proyecto, por lo que tenían que destruir la visión realista de Kissinger.

Team B

El colapso del sistema político norteamericano a nivel interno – por la renuncia de Nixon tras el escándalo Watergate – y a nivel externo por la derrota en Vietnam, llevó a una crisis de confianza en la clase política norteamericana, momento en el que los neoconservadores aprovecharon para buscar apoyos a sus tesis. Y las encontraron en dos políticos conservadores de la nueva administración de Gerald Ford. Uno era Donald Rumsfeld, el nuevo Secretario de Defensa. El otro era Dick Cheney, el jefe de Gabinete del presidente.

Rumsfeld comenzó a hacer discursos en los que acusaba a los soviéticos de ignorar los tratados de desarme de Kissinger y de llevar a cabo un programa de rearme secreto con la intención de atacar Estados Unidos. La CIA y otras agencias que vigilaban a la URSS en busca de cualquier tipo de amenaza dijeron que las acusaciones eran infundadas, pero Rumsfeld aprovechó su influencia para convencer al presidente Ford de que llevara a cabo una investigación independiente, asegurándole que probaría que había una amenaza escondida a Estados Unidos. Ford aceptó, y Rumsfeld encargó la investigación a un equipo de neoconservadores, dirigido por Paul Wolfowitz y Richard Pipes. Su objetivo sería cambiar el modo en el que Estados Unidos veía a la URSS por uno mucho más severo tanto del país como de sus intenciones.

El grupo de investigación se llamó Team B, y sus miembros comenzaron a examinar todos los datos que la CIA tenía de la URSS, pero no encontraron evidencia alguna de las armas o de los sistemas de defensa que Rumsfeld había asegurado que los soviéticos estaban desarrollando. Pero, en lugar de aceptar que esos sistemas no existían, el Team B asumió que los soviéticos habían desarrollado sistemas tan sofisticados que eran indetectables. Por ejemplo, como no pudieron encontrar evidencia alguna de que la flota submarina soviética tuviera un sistema de defensa acústica, supusieron que habían inventado un nuevo sistema de defensa no acústica que era imposible de detectar y que, por tanto, toda la flota submarina norteamericana estaba en peligro por una amenaza invisible que estaba ahí aunque no hubiera evidencia alguna para corroborarlo. La CIA, al leer el informe, acusó al Team B de irse a un mundo de fantasía.

Los neoconservadores crearon un lobby, llamado Comité del peligro actual para publicitar los descubrimientos del Team B, al que se unieron una gran cantidad de políticos, incluido el aspirante a la presidencia Ronald Reagan. A través de películas y medios de comunicación, el Comité presentaba un mundo en el que Estados Unidos estaba bajo la amenaza de fuerzas ocultas y diabólicas que podrían atacar en cualquier momento, fuerzas que Estados Unidos debería conquistar para sobrevivir.

Esta dramática lucha entre el bien y el mal es precisamente el tipo de mito que Leo Strauss había dicho a sus estudiantes que sería necesario para rescatar al país de la decadencia moral. Tal vez no era cierto, pero era necesario para enganchar a la sociedad americana a una gran visión del destino de su país que dotaría de propósito y significado a sus vidas. Los neoconservadores estaban consiguiendo crear una ficción simplista, una visión de la URSS como el centro de todo el mal y de Estados Unidos como el único país que podía rescatar al mundo. Y esta visión aterradora estaba comenzando a dar a los neoconservadores gran poder e influencia.

Alianza con el conservadurismo religioso

A comienzos de los años ochenta, la religión fue movilizada electoralmente en Estados Unidos por los neoconservadores. Muchos de ellos eran asesores de la campaña presidencial de Reagan y forjaron una alianza con el ala religiosa del Partido Republicano porque ambos compartían los objetivos de la regeneración moral de Estados Unidos.

A finales de los años setenta, había millones de cristianos fundamentalistas en Estados Unidos pero sus predicadores siempre les recomendaban no votar porque consideraban que suponía comprometerse con una sociedad inmoral y perdida. Pero los neoconservadores y sus nuevos aliados republicanos convencieron a un gran número de predicadores influyentes de que pidieran a sus seguidores que se involucraran en política por primera vez de cara a las elecciones de 1980. Y así lo hicieron.

Hasta ese momento, el movimiento neoconservador era únicamente un movimiento intelectual. Tenía algunos pensadores muy poderosos pero no tenía movilización ciudadana. Pero cuando estos religiosos entraron en política, los neoconservadores se encontraron con que eran capaces de mover a millones de personas.

Tal y como habían deseado, Reagan ganó las elecciones en 1981 gracias al voto religioso de los millones de fundamentalistas cristianos que votaron por primera vez. Y, tal y como esperaban, Reagan premió a los neoconservadores con puestos de poder y responsabilidad en la Administración, como Paul Wolfowitz, Richard Perle o Richard Pipes. Los neocon pensaron que una vez dentro de la Administración tenían la oportunidad de usar su poder para poner en práctica su visión del destino de Estados Unidos como una fuerza del bien en el mundo que habría de librar una batalla épica para derrotar a la URSS.

Pero los neocon hubieron de enfrentarse a reticencias en su concepción por parte no sólo del Congreso sino también del presidente Reagan. Reagan estaba convencido de que la URSS era un poder diabólico pero todavía pensaba que podía negociar con ellos para acabar con la Guerra Fría. Para convencer al presidente, los neocon tuvieron que probar que la amenaza soviética era mucho mayor de lo que nadie, ni siquiera el Team B, había podido imaginar.

La Red del Terror

Para ello, prepararon un informe que demostraba que la mayoría de células terroristas y de movimientos revolucionarios mundiales eran parte de una red secreta coordinada por Moscú para dominar el mundo. El informe estaba basado en un libro llamado La Red del Terror, que defendía que la URSS era la fuente de todo el terrorismo del mundo. La CIA se refirió a ese informe como otra fantasía de los neoconservadores, asegurando que gran parte de la información que contenía el libro no era más que propaganda negra que había lanzado la propia CIA para criminalizar a los soviéticos.

Sin embargo, el relevo en la dirección de la CIA significó la subida de William Casey a la dirección de la agencia de inteligencia. Casey simpatizaría con las ideas neoconservadoras, y apostó por la veracidad tanto del informe de los neoconservadores como del libro La Red del Terror. El propio Casey presentó a Reagan un informe sobre este asunto que fue el que, finalmente, convenció al presidente de que la amenaza era real. Las maniobras neoconservadoras de demonización del adversario jugaron un papel sumamente importante en configurar la política exterior de Reagan, particularmente su postura hacia los soviéticos. A partir de este momento, la postura de Reagan hacia la URSS sería mucho más agresiva. En este periodo, los americanos incrementaron su apoyo por gobiernos anti comunistas como parte de una línea política de mano dura hacia el comunismo. Reagan firmó un documento secreto que autorizaba a Estados Unidos a financiar guerras encubiertas para acabar con la amenaza soviética en el mundo. Días después, Reagan habló por primera vez de la URSS como el foco del mal en el mundo actual.

Eso fue un triunfo para los neoconservadores, porque ahora Estados Unidos estaba listo para presentar batalla al foco del mal en el mundo, encarnado en la URSS. Pero lo que comenzó como un mito Straussiano, comenzó a verse como la verdad por los neoconservadores. Se veían a sí mismos como unos demócratas revolucionarios que iban a usar la fuerza para cambiar el mundo, comenzando con la derrota del Imperio del Mal. Para ello se pondría en práctica la Operación Ciclón, un programa en el que la CIA armó y financió a los muyahidines afganos durante la invasión soviética de este país.

Cuando las tropas soviéticas abandonaron Afganistán derrotadas, los neocon llegaron a creer no solamente que habían ganado la batalla de Afganistán sino que esta derrota había sido lo que había desencadenado el desmoronamiento de todo el Imperio del Mal, y para ellos eso fue un triunfo. Y de ese triunfo vendría el mito central que aún les inspira hoy en día: Que a través del uso agresivo del poder americano podían transformar el mundo y extender la democracia. Sin embargo, su visión era una ilusión. Habían conquistado a un enemigo fantasma, una fantasía exagerada y distorsionada que habían creado ellos mismos. Pero la verdadera razón del colapso de la Unión Soviética no fue la política agresiva de la Administración Reagan sino la decrepitud de su sistema, que era insostenible internamente.

La pérdida del poder

Pese a que, tras el éxito de la URSS, los neoconservadores estaban decididos a seguir adelante con su agenda, durante los años noventa pasaron de nuevo a la oposición, tanto con el gobierno republicano de George H. W. Bush (1989 – 1993) como en el demócrata de Bill Clinton (1993 – 2001). Los neoconservadores se mostraron críticos con la política exterior de posguerra fría tanto de Bush como de Clinton, a los que criticaron por reducir los gastos de defensa, por su vuelta al aislacionismo, por carecer de imperativos morales y por una falta de sentido del idealismo en la promoción de los intereses americanos.

Estas críticas alcanzaron su máximo esplendor tras la decisión de George H. W. Bush y del general Colin Powell de mantener a Saddam Hussein en el poder tras liberar Kuwait en la Primera Guerra del Golfo. Algunos neoconservadores vieron esta política, y la decisión de no apoyar a grupos disidentes como los kurdos o los chiitas en su lucha contra Saddam como una traición a los principios democráticos.

Paul Wolfowitz estaba furioso porque vio que la decisión de no seguir en Irak hasta derrotar al régimen de Saddam Hussein era una expresión clara de la corrupción de los valores que dominaban Estados Unidos: un relativismo moral que no tenía problemas en comprometerse con las fuerzas del mal.

Alguien debería decir – y creo que yo estoy de acuerdo con ese punto de vista – que si hubiéramos retrasado algunos días el alto el fuego [en Iraq], podríamos haber acabado con el régimen de Saddam Hussein – Paul Wolfowitz, en el Congreso

Tras el fiasco de la retirada de Irak, los neoconservadores Wolfowitz y su por entonces asistente Lewis ‘Scooter’ Libby escribieron la denominada Doctrina Wolfowitz para establecer la dirección de la nación durante el próximo siglo. Este informe, que no tenía previsto pasar a dominio público, fue filtrado al New York Times en 1992, y levantó una enorme controversia sobre la política exterior y de defensa de Estados Unidos. El documento fue ampliamente criticado por imperialista, ya que trazaba una política unilateralista y abogaba por el ataque preventivo para eliminar amenazas potenciales de otras naciones.

Algunos años después, muchos neoconservadores seguían presionando para derrocar a Saddam Hussein y para influir en la política exterior del nuevo gobierno de Bill Clinton. Al desaparecer la amenaza soviética, ésta se caracterizó por la reaparición de tendencias aislacionistas, prudencia fiscal y reducción significativa de los gastos de defensa. Los neocon también tenían que luchar contra el síndrome de Vietnam, en virtud del cual la sociedad norteamericana mantenía resistencias sociales y políticas a aceptar bajas.

En 1997, el hijo del padre del neoconservadurismo, William Kristol, editor del The Weekly Standart – considerado como la Biblia para los neoconservadores – fundó junto con Robert Kagan el Project for a New American Century, un think tank cuyo objetivo era promover el liderazgo global americano. A este movimiento se adhirió todo el pensamiento intelectual neoconservador de la época, siendo signatarios Paul Wolfowitz, Richard Perle, Francis Fukuyama, Scooter Libby, Paul Bremer o John Bolton entre otros; y otros no neoconservadores pero que simpatizan con sus ideas como Dick Cheney o Donald Rumsfeld.

El liderazgo americano es bueno para Estados Unidos y es bueno para el mundo. Defendemos una política ‘Reaganiana’ de fuerza militar y claridad moral – Declaración del PNAC

Esta organización publicó un documento titulado Reconstruyendo las defensas americanas: Estrategias, Fuerzas y Recursos para un Nuevo Siglo, en el que aparecían recogidas gran parte de las ideas de la Doctrina Wolfowitz y dónde se exponía que para poner en práctica estas políticas se necesitaría de un elemento catalizador [entendido como un hecho que cohesionara a la sociedad frente a un enemigo común y que la predispusiera a aceptar el uso de la fuerza] como un nuevo Pearl Harbor. Los neoconservadores también se agruparían en torno al Equipo Azul, un movimiento que defendía una política de confrontación con China y una política de fuerte apoyo tanto diplomático como militar a Taiwán.

Tanto estos movimientos como otros movimientos neoconservadores estuvieron presionando a Clinton para reformar su política exterior, sin éxito, llegando incluso a inventar y difundir mentiras en los medios con el objetivo de atacar a la figura del presidente, como el escándalo Whitewater o las acusaciones de acoso sexual a Paula Jones, Kathleen Willey y Juanita Broaddrick, todas ellas alentadas desde círculos neoconservadores, que posteriormente han resultado ser falsas.

José Lozano Gallardo. Madrid

Mañana en Passim, la última parte: El movimiento neoconservador (IV): De como el mundo conoció a los halcones

Escrito por José Lozano

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