El sectarismo contraataca

La ejecución por parte de Arabia Saudí el pasado 2 de enero del clérigo chií y activista político Nimr al-Nimr – y todos los acontecimientos posteriores – levantaron una ola de comentarios que han vuelto a poner la palabra ‘sectarismo’ de moda en todo lo referido a Oriente Próximo. No es sólo el caso de los análisis más o menos acertados que inciden en esta idea, sino de la propia retórica de la que se sirven líderes en uno y otro bando. Un sectarismo que, como afirman Ricard González o Rosa Meneses, no deja de ser una manipulación cínica del sentimiento identitario a manos de regímenes que tratan de promover sus intereses políticos dentro y fuera de sus fronteras. Las reverberaciones continuas de la intervención americana en Iraq, las consecuencias de los levantamientos de 2011, la guerra civil en Siria y Yemen, o el acuerdo nuclear con Irán tienen mucho más que ver con el pico de violencia sectaria que atraviesa la región que la escatología de una y otra rama del Islam (sin hacer mención de las apabullantes simplificaciones a la hora de poner etiquetas a las diferencias comunitarias y alteridades).

 

Sin embargo, y a pesar de lo que proclaman numerosas voces de Cassandra, esta escalada no representará un nuevo punto de inflexión para el vecindario. Arabia Saudí e Irán llevan años inmersos hasta las orejas en un conflicto por mediación para repartirse la influencia y configurar un nuevo equilibrio de poder en la región,  una guerra a diferentes niveles y ámbitos de actuación. Todo apunta a que esto no va a cambiar. Ni hablar de guerra directa entre los dos países, conscientes sus gobernantes de los años de caos, sangre y descontento que una contienda de tal calado podría generar. A pesar de los respectivos discursos grandilocuentes, la lucha contra Daesh en Siria e Iraq sigue sin erigirse en objetivo prioritario de las dos potencias (lo que no significa que no combatan la organización en mayor o menor medida). ¿Qué podría motivar que evolucione esta situación? Incluso aunque ambos bandos intensifiquen su injerencia en Siria y se agudice la violencia, no será esto lo que motive que descarrile el proceso de paz sirio, si es que alguien creyó alguna vez en sus perspectivas de futuro.

La intensidad de la violencia en la guerra de Yemen ha alcanzado cotas insospechadas, por lo que parece poco probable que sean estas tensiones las que impidan que los yemeníes recobren el aliento en el corto plazo. Que el fin de la tregua en el país fuera anunciado el mismo día en que los medios multiplicaban sus informaciones sobre las ejecuciones simplemente ponía de relieve que las negociaciones habían fracasado días antes, un hecho del que había que desviar la atención. En el Líbano, el dossier para la elección del Presidente ya se había visto paralizado antes de Navidades, y Hezbollah mantiene estos días una no desdeñable distancia respecto de su patrón. No será esto lo que suma al país en el desconcierto total. Aventuro un panorama similar para Iraq, en donde la influencia de los saudíes sobre la comunidad suní se ha visto enormemente mermada estos últimos meses, incluso años. Las comunidades chiíes en otros países de la región como Bahréin han tomado las calles, cuidándose sin embargo muy mucho de que la sangre llegue al río. Nadie – ni siquiera los congresistas más radicales o los políticos israelíes más valentones – permitirá que el gran hito de 2015 de la diplomacia internacional, el acuerdo nuclear con Irán, caiga en saco roto.

La tormenta perfecta 

La Monarquía saudí se enfrenta a una tormenta perfecta de confraglaciones debilitantes, ingresos menguantes provenientes del petróleo, amenazas terroristas lanzadas por varios actores (destacan tanto al-Qaeda como Daesh), propaganda negativa en medios occidentales y una rivalidad regional de décadas con su archienemigo. Todo ello aderezado por una política exterior errática y un liderazgo agresivo deseoso de dejar su impronta y de poner fin a los rumores sobre la sucesión. La familia real y el reino han madurado y se han expandido sobre la base del sectarismo, que en cierto modo legitima su rol como máximo defensor y protector del Islam suní (más bien, debería decirse, de la ortodoxia wahabí). El sectarismo es un arma extremadamente potente – ampliamente utilizada, de hecho, por todos y cada uno de los bandos – y no resulta difícil explicar por qué se ondea esta bandera con una cierta recurrencia. Se basa sin embargo el discurso del sectarismo una narrativa enormemente peligrosa, tal y como el crecimiento de Daesh ha demostrado. No hay que olvidar que hay una generación de jóvenes árabes que desde la invasión estadounidense de Iraq en 2003 sólo han bebido de la realidad de un conflicto sectario. La connotación sectaria de las guerras en la región, sobre todo en Siria, ha calado profundamente en las políticas de identidad y el discurso público que predominand tras los reveses de las revueltas árabes.

Esta reacción no representa sino una combinación de amenaza percibida y oportunidad. Una explicación radica en la postura privilegiada de Arabia Saudí no sólo dentro del ‘eje suní’ sino en el mundo árabe en su conjunto, frente a la decadencia y el desorden que arrojan potencias tradicionales como Egipto, Iraq o la propia Siria. Incluso Turquía. Esta robustez obliga al reino a poner de manifiesto su vigor y empuje de forma proactiva y con una cierta regularidad. Al mismo tiempo, Irán ha conseguido apuntalar con éxito su reintegración en el orden internacional. No hay desarrollo que ronde con mayor regularidad las pesadillas de las autoridades saudíes. Así, movilizar el sectarismo anti-chií lleva meses siendo el movimiento más recurrente a la hora de asegurar – sin mucho éxito – la contención y aislamiento de Teherán. Al fin y al cabo, es mucho más fácil avivar las tensiones con el enemigo conocido que hacer frente a las incertidumbres que acarrearía un proceso de acercamiento con el amigo por conocer.

Las autoridades saudíes eran perfectamente conscientes de que las ejecuciones no iban a pasar desapercibidas. Muy al contrario, han representado una oportunidad de oro para dar rienda suelta a su aparato propagandístico. Los esfuerzos de propaganda ya se hicieron sentir cuando el reino anunció a bombo y platillo la creación de una coalición de base suní contra el terrorismo. Únicamente contra el terror de Daesh, claro está. Las reacciones no fueron nada halagüeñas para los saudíes, a los que poco más se acusaba de luchar contra el monstruo que ellos mismos habían alimentado. El extenuante conflicto en Yemen no sólo ha llevado a su Ejército, socios y mercenarios al borde de la postración, sino que además ha desgastado con creces la imagen del país y del Rey Salman, que desde que ascendió al trono parece encadenar desatinos con desaciertos. Arabia Saudí se siente visiblemente vulnerable. A pesar de su innegable poderío, se siente crecientemente aislada, abandonada por su antaño fiel aliado americano que parece preferir a su archienemigo, descolocada ante crecientes desacuerdos con gigantes como China y Rusia, cuando esta última poco a poco recupera su lustro en la región.

Las ejecuciones ponen en evidencia las hondas preocupaciones de la familia real saudí en torno a la inquieta estabilidad en el reino, en torno incluso a su propia supervivencia. La principal amenaza proviene sin embargo del interior y es de carácter económico. El estado de bienestar saudí reposa sobre cuantiosos subsidios en ámbitos como la salud o la vivienda, en gasolina barata y una educación gratuita. Los recortes ya han asomado las orejas e inevitablemente irán creciendo con el tiempo. Son sin embargo estos privilegios los que en cierto modo compran la lealtad de la gran mayoría de los súbditos (una suerte de ‘no representation without taxation’ tan características de los estados rentistas de Oriente Medio). No hay mejor manera de recuperar la fidelidad de tus nacionales que recordarles que eres el único que puede garantizar su seguridad. Las ejecuciones en masa no son sino una advertencia de que la disidencia no será tolerada, muy particularmente si se trata de disidentes apoyados por Irán. No hay que olvidar que la mayoría de los ejecutados eran miembros de al-Qaeda detenidos hace una década. De hecho, ha sido en Arabia Saudí donde el levantamiento en al Hasa, la región oriental de mayoría chií, ha sido de mucha menor intensidad de lo que se vaticinaba.

El feo y el malo

A pesar de que Arabia Saudí parece a ojos de muchos la ‘mala’ en esta película, es imperativo recordar que Irán ha utilizado y utiliza el sectarismo como herramienta. Así como que Irán se está sirviendo de los acontecimientos y su también insigne propaganda para limpiar su imagen frente a la comunidad internacional. Poco se escucha hoy hablar de su impertérrito apoyo a Assad – sobre todo ahora que éste se postula como el ‘mal menor’ – o a las milicias chiíes que violan derechos fundamentales día sí día también en Iraq. Irán no deja de ser una teocracia en la que la represión se convierte de hecho en la norma. Es de hecho el país con más ejecuciones per cápita del mundo. Un Estado en el que los reaccionarios más radicales sin duda se aprovecharán de la situación actual para reprimir cualquier atisbo de descontento o reforma. Tal y como señala Ilya Topper, ‘las lágrimas de cocodrilo de Irán no son convincentes’.

Todo parece ir mal para Riad estos últimos meses. El único consuelo que le queda a la monarquía saudí es que Irán también sufre amargamente con la caída de los precios del petróleo y la merma de la guerra, muy particularmente en Siria. No hace mucho eran varios los titulares que anunciaban esperanzados un posible acercamiento entre Arabia Saudí e Irán en 2016, quizás lo único que realmente podría garantizar la paz en Siria y Yemen. Los acontecimientos de esta semana parecen haber dado al traste con estas ilusiones. Ya lo dijo Marc Lynch en Twitter: ‘la ejecución de Nimr simboliza su guerra en Yemen: imprudente, mal concebida, contraproducente, a la vez que obligan a todos a pagar un precio espantoso’.

 

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