Elecciones en Rusia: El truco final

Con la misma planificación metódica con la que los artistas del engaño juegan con nuestros sentidos y consiguen que, aunque sepamos que la liebre va a terminar saliendo de la chistera, emitamos un halo de sorpresa cuando lo hace, se ha superado el último peldaño que ha permitido hacer de la política en Rusia una suerte de show de Truman. Todo salió tal y como estaba previsto por los propios protagonistas cuando en algún momento de 2007 decidieron pactar, en un alarde de contorsionismo jurídico, un relevo presidencial artificioso para sortear un incómodo mandato constitucional. Cinco años después, el truco final viene dado por una contienda electoral en la que la clase dirigente eligió a sus oponentes, estableció las reglas y luego aplicó el tradicional modus operandi de publicar primero el sondeo para acto seguido exigir a las autoridades regionales – a las cuales nombra a dedo – que produjeran unos resultados similares. ¡Ta-da! El público enmudece y cae el telón.

Matryoshka con los rostros de Putin y Medvedev / REUTERS

Consumada la farsa, tras ocho años ostentando la Presidencia, y otros cuatro ejerciéndola en la sombra, Vladimir Putin afronta un nuevo mandato con la misma ilusión que el primer día. O con más, a juzgar por la atrevida lágrima que recorría su mejilla durante el discurso de celebración y que sus asesores, temerosos de que corrompiera la estoica figura del líder, se apresuraron a atribuir al fuerte frío y al viento.

Embriagado de emoción o pelado de frío, Putin quiso celebrar con los suyos una victoria electoral que no por evidente le ha resultado menos costosa. Ciento sesenta mil millones de dólares, concretamente. Ese es el precio que le supondrá a las arcas públicas el ambicioso programa social con el que el candidato ha conectado con aquella parte de la sociedad rusa que, incomprensiblemente, no tenía suficiente aliciente para votar al único candidato que, a juzgar por lo que veían en la televisión, se presentaba a las elecciones. A los costes accesorios – como el pago de manifestantes al estilo birmano, la simbiosis financiera de estado y partido o las proezas logísticas en el arte de la chapa y pintura electoral  – invita la casa (el aparato del estado, se entiende).

Los medios también han contribuido a entronizar a Putin con una particular salva de trompetas en su honor, creando durante la campaña un panorama orwelliano digno de las mejores novelas de Daniel Estulin y presentándolo, a continuación, como el único candidato que puede evitar el desastre. El propio Putin, animado por la impunidad dialéctica que caracteriza a los periodos electorales, ha dejado muy atrás el nivel de antiamericanismo alcanzado por su célebre discurso en Múnich en el año 2007, presentando a la clase urbana descontenta como chimpancés financiados por Hillary Clinton y llegando a afirmar que “el único camino hacia una no proliferación real es la contención de la amenaza global norteamericana”.

Apoyándose en la creencia firmemente asentada de que Rusia está rodeada de enemigos, la idea de que el Departamento de Estado norteamericano pasa las noches en vela canalizando esfuerzos y recursos para provocar una suerte de Primavera Árabe en Rusia – además de servir de excusa a los medios para presentar al nuevo Embajador norteamericano como la personificación de la perfidia – ha sido martilleada con una intensidad únicamente comparable a la velocidad con la que se ha esfumado después de las elecciones. Con tanto ruido de sirenas proveniente del otro lado del Atlántico, parecía que en el aparato propagandístico del Kremlin se habían olvidado de jugar la carta chechena, aunque lo cierto es que, en la línea de otras grandes contiendas electorales, estaba reservada para las ocasiones especiales. Como colofón y traca final de la campaña, el anuncio de la desarticulación de un complot terrorista checheno para asesinar a Putin en Ucrania sorprendió a todos y a nadie al mismo tiempo. Era difícil superar el bochornoso episodio de las vasijas, pero los estrategas rusos pueden estar satisfechos porque parece que lo han conseguido. Al menos esta vez nadie resultó herido.

Putin porta orgulloso las dos vasijas que afirmaba haber encontrado mientras practicaba submarinismo. El editorial del diario independiente Novaya Gazeta decía así: “Buceando en el golfo de Tamal, el Primer Ministro ruso encontró inmediatamente dos vasijas que habían estado esperándolo desde el siglo VI A.C. a una profundidad de dos metros” / AP

Claro que no todos los medios han optado por sumarse a esta campaña de artillería ideológica oficialista. Aún había algunos, como Ekho Moscow o Dozhd TV, que estaban dispuestos a pasar por las incomodidades de sufrir registros sorpresa, tener que abandonar sus oficinas en Moscú y hasta la completa reestructuración de su cúpula ejecutiva a condición de conservar su dignidad periodística y su línea editorial. El hecho de que Yablinski – su candidato favorito y líder de la formación liberal Yabloko – hubiera sido descalificado para participar en los comicios por motivos burocráticos debió, sin duda, añadir cierta dosis de masoquismo a su trabajo.

Con toda la maquinaria norteamericana trabajando a pleno gas en la clandestinidad para asestar una puñalada definitiva a la soberanía rusa, es comprensible que el resto de temas hayan pasado a un segundo plano: La perspectiva de una colaboración constructiva con Moscú en Irán y en Siria está fuera de la realidad mientras que la política exterior rusa siga diseñándose en la Sala de Mapas con soldaditos del Risk. El concepto ruso de las relaciones internacionales – basado en un equilibrio de poder entre las grandes potencias, el establecimiento de esferas de influencia y el respeto escrupuloso de la soberanía estatal ad intra – además de resultar anacrónico en comparación con cualquier paradigma posterior a los telegramas de Kennan, no deja entrever grandes posibilidades de desarrollo del Derecho de Responsabilidad de Proteger. Al menos, si el que incumple su responsabilidad de proteger no es Saakashvili. El caso sirio representa, además, un quebradero de cabeza para Lavrov, puesto que ni él ni nadie quieren que el pueblo ruso piense que el Kremlin apoya a un régimen que dispara a los manifestantes, lógica que se torna particularmente convincente en un momento en el que las calles rusas están llenas de manifestantes.

La legitimidad del proceso electoral es otro de esos temas con los que uno esperaría no encontrarse en primera página de su periódico de cabecera. Este hecho no significa que el pueblo ruso no esté al tanto del expeditivo informe de la OSCE. En absoluto. Todo lo que los rusos deben conocer al respecto ya lo expresó el jefe de la Comisión Electoral Central Vladimir Churov – apodado El Mago por su admirable capacidad de conseguir porcentajes de participación electoral del 107% – en su valoración sobre dicho informe:

“Con cada vez mayor frecuencia, los observadores electorales sienten el impulso irresistible de penetrar en zonas valladas, centros nucleares cerrados, silos de misiles, etcétera. Esto ocurre cada vez más a menudo.”

Pasadas las elecciones, la vida sigue en Rusia, aunque algunos ciudadanos tengan la extraña sensación de que el reloj se detuvo hace tiempo mientras que su capacidad para volver a ponerlo en hora se les antoja cada vez más lejana. Como mínimo, seis largos años. Este es el periodo que el Kremlin, considerando que un mandato de cuatro años se quedaba corto para valorar a un señor que lleva dirigiendo el país desde 1999, ha decidido sancionar como nuevo mandato presidencial. Pero, eso sí, con un respeto escrupuloso de los principios de alternancia democrática, no como Lukashenko o esos bárbaros de Asia Central, con presidentes vitalicios cuya insensibilidad les ponen los pelos como escarpias. En Rusia se siguen las reglas del juego democrático. Y en él, la alternancia tiene nombre y apellido, Dimitri Medvedev. Poco importa que su paso por el Ejecutivo haya sido tan insustancial que aquellos estados – particularmente europeos – que habían apostado en él su capital político se pregunten ahora si éste llegó siquiera a deshacer las maletas cuando llegó al Kremlin en el año 2008. El desgaste del poder, que es inexorable… se oye decir, entre carcajadas, en Moscú.

José Lozano. Madrid


Escrito por José Lozano

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