Entrevista a los autores de La silenciosa conquista china: “El milagro chino no seria tal si se incluyesen en la ecuacion los efectos secundarios”

Durante los últimos años se ha repetido hasta la saciedad que el poder político y económico se está desplazando del Atlántico al Pacífico, siendo la pujanza de China y el declive europeo ejemplos de este fenómeno. Probablemente la máxima expresión de este cambio sea la creciente influencia china en su vecindario pero también sus renovadas relaciones con las distantes África y América Latina. Con la intención de conocer las dinámicas de la expansión del Imperio del Centro por el mundo en desarrollo, dos periodistas españoles residentes en China emprendieron un viaje que les ha llevado a lugares tan remotos como Delnerechensk (Rusia), Myitkyina (Birmania/Myanmar), Farab (Turkmenistán), San Juan de Marcona (Perú), Omdurmán (Sudán) o Beira (Mozambique). El resultado ha quedado plasmado en “La silenciosa conquista china” (Crítica). En Passim hemos tenido la fortuna de entrevistar a sus autores: Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo.

Heriberto Araújo (izquierda) y Juan Pablo Cardenal (derecha) autores de “La silenciosa conquista china” (Crítica). Imagen de Cristina Martí.

Comenzáis el libro recordando que los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 se clausuraron tan sólo 15 días antes del derrumbe de Lehman Brothers. Desde entonces el desempeño económico de Occidente y China han seguido caminos muy diferenciados. Hasta tal punto que muchos ven a China como un posible salvador. Aún así, crece el temor a un aterrizaje brusco de la economía china. Hace unas semanas en Passim nos preguntábamos si China, en un momento de incertidumbre económica a nivel global, podría actuar como un caballero blanco o más bien convertirse en un cisne negro. ¿Qué papel pensáis que juega China en el contexto de la crisis económica? 

Periodistas y analistas llevamos años, lustros, diciendo que el modelo chino es insostenible y que, por tanto, su economía acabará derrumbándose. Sin embargo, eso no sólo no ha ocurrido, sino que desde 2008 China parece más fuerte que nunca y pasa por ser incluso la salvadora de la economía mundial. Es indudable que su economía tiene riesgos, el más visible ahora es el de la burbuja inmobiliaria, pero ya vimos a principios de 2000 el poder del Estado chino para salir al rescate: los bancos chinos estaban por entonces en quiebra técnica producto de un ratio real de NPL (Non-performed loans o créditos fallidos) que superaba el 50%, pero  el Estado sacó el talonario y cubrió el agujero para sanearlos. Así que ahora podría volver a hacerlo.

De hecho, en 2008 fue el primer Gobierno en reaccionar a la crisis al aprobar un paquete de estímulo millonario que sirvió para compensar la caida de las exportaciones y el consumo con inversiones estatales. Desde entonces el PIB chino ha crecido casi exclusivamente gracias al dinamismo inyectado por las inversiones públicas, muchas de ellas innecesarias o inservibles, pero los economistas coinciden en que ese modelo no puede sostenerse a largo plazo. Quizá el futuro económico de China, aparte de los riesgos sociales, pasa por ver si es capaz de transitar de un modelo basado en las exportaciones baratas a otro basado en el consumo y la producción tecnológica. Ocurre sin embargo que ello conllevaría no sólo importantes tensiones sociales, sino que implicaría tener que desmantelar en gran parte el capitalismo de Estado (por ejemplo liberalizando el sector financiero) que permite al Partido Comunista tener un control total de la economía.

En los últimos meses hemos asistido a un auge de la inversión china en Europa. De esta manera, empresas chinas han tomado posiciones en Volvo, Saab, Thales Water, EDP, REN, el puerto del Pireo, proyectos en Athlone (Irlanda)… Por otra parte, la Unión Europea pretende que China invierta en el fondo de rescate como ha hecho con las deudas públicas de algunos Estados Miembros (12% en el caso español). ¿Exigirá contrapartidas Pekín?

No hay ninguna duda. Europa es muy condescendiente con Pekín puesto que las inversiones que China pueda realizar es lo que permitirá a Europa crear empleo a corto plazo. La primera exigencia será que Bruselas desactive su agenda de derechos humanos, la cual se ve en China como un elemento de gran desprestigio internacional. En segundo lugar, Bruselas podría estar tentada a levantar el embargo de armas que está vigente desde la masacre de Tiananmen, aunque es verdad que la unanimidad requerida en la UE para este asunto será difícil de conseguir. Por último está la cuestión del reconocimiento de China como economía de mercado, cuya consecuencia sería muy controvertida para Europa porque implicaría desprenderse de la herramienta más valiosa para combatir el dumping chino. De hecho, el presidente del Consejo Europeo, Van Rompuy, dijo en su reciente visita a China (durante la cumbre China-UE del pasado 14 de Febrero) que Bruselas tiene la “determinación política” de avanzar en el reconocimiento de China como economía de mercado. Es la primera vez que la UE se pronuncia de una forma tan explícita.

El presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, el primer ministro chino, Wen Jiabao, y el presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, durante 14ª cumbre China-UE en Pekín. EFE.

Afirmáis que la clave del músculo financiero chino se encuentra en la “represión financiera” de los ahorradores de a pie chinos. Es un aspecto no muy destacado ¿Cómo describiríais este concepto? ¿Consideráis qué a largo plazo es sostenible?

Se puede resumir en una sola frase: la población china es reprimida financieramente porque a sus ahorros depositados en los bancos chinos, que no pueden ser invertidos en opciones más rentables en el extranjero por los estrictos controles a la salida de capitales, se les da –de facto- interés cero o negativo (los intervenidos intereses están por debajo de la inflación). O sea, que los ahorradores chinos ven como sus depósitos pierden valor año a año, sin que puedan optar por invertir en otro lugar; esa masa de dinero está por tanto a disposición de los bancos estatales que ofrecen a las empresas estatales financiación barata para que acometan sus proyectos.

Si se levantaran las restricciones, los depósitos desertarían del sistema y se acabaría el capital barato. Este sistema es sostenible mientras los chinos vean un “retorno” (una carretera, la modernización de China, un aeropuerto, la buena marcha de la economía, la grandeur de China…) y mientras no les importe “sacrificarse” por el bien de la patria, porque no debemos olvidar que el sentimiento nacionalista que hay en China juega sin duda a favor de este sistema. Otra cuestión, sin duda, es saber cuántos chinos son realmente conscientes de que son reprimidos financieramente, porque este asunto no se debate a diario –precisamente- en los periódicos. Incluso, si lo supieran y se rebelaran contra ella, ¿qué podrían hacer para impedirlo? 

Tituláis vuestro libro con un sugerente “La silenciosa conquista china”. ¿Por qué consideráis que la expansión china es silenciosa?

Creemos que la expansión de China por el planeta no es un fenómeno que esté recibiendo la atención que debería suscitar un asunto histórico de esta magnitud. Sí que se conoce algo de lo que los chinos hacen en África o América Latina, pero de lo que se lee en los periódicos a los que sucede sobre el terreno hay una gran diferencia.

El Presidente iraní, Mahmoud Ahmadineyad, junto a trabajadores chinos que construyen la autopista Teherán-Shomal. STA.

Además de por su magnitud, es silenciosa porque no se está produciendo con la transparencia debida. ¿Cuáles son las condiciones de los negocios petroleros entre China e Irán? ¿Cuánto tiene invertido Pekín en Corea del Norte? ¿Vende China armas a Sudán o Venezuela? Son preguntas que tienen difícil respuesta, porque la prensa y la sociedad civil china no tienen la capacidad de fiscalizar a su Gobierno.

Por último, la conquista es económica, a diferencia de las invasiones militares que ha caractarizado la expansión histórica de Occidente.

Normalmente se suele simplificar la propuesta china hacia los países menos desarrollados como la transacción de infraestructuras y financiación por materias primas, reducción de aranceles y acceso a tierras. Esta política se ha hecho muy visible con símbolos como la sede de la Unión Africana en Adis Abeba o el Estadio Nacional de Costa Rica en San José ¿Creéis correcta esta simplificación? ¿Varía dependiendo de con qué país se relacione China?

Trabajadores chinos y mozambiqueños construyen una carretera que unirá Maputo con el centro del país. Fotografía de Luis de las Alas.

No hay duda de que la inversión y construcción de infraestructuras chinas en África y América Latina es un fenómeno típicamente chino. África está viviendo su mayor reconstrucción desde el fin de la era colonial, no hay duda, y eso es atribuible a China. Pekín ve en esta estrategia una forma de acceder a recursos naturales, al tiempo que trata de exportar su modelo de desarrollo de inversión en infraestructuras.

Pero hay mucho más. China ha encontrado un suministrador de recursos naturales, cierto, pero también nuevos mercados para sus móviles, sus coches (África es el primer mercado exterior para los vehículos chinos) o la quincallería que no tiene cabida en Estados Unidos y Europa. Además, el estrechamiento de los lazos con los países en desarrollo permite a Pekín deshacer el status quo actual, dominado por Washington y Europa, y tejer nuevas alianzas y apoyos, incluso en el seno de Naciones Unidas. El acercamiento de China con el mundo en desarrollo es un proyecto integral, no una mera transacción de infraestructura por petróleo o cobre.

Muchos analistas afirman que Pekín al planificar sus relaciones con el mundo en desarrollo no prioriza a países con afinidades ideológicas como Cuba o Venezuela. Sin embargo, países como Irán, Sudán, Angola o Birmania/Myanmar evitan el aislamiento de sus regímenes gracias a que China continúa comerciando con ellos y suele otorgarles apoyo en Organismos Internacionales. ¿Pasa la estrategia china por sustituir a las antiguas potencias coloniales o a la misma URSS? 

La nueva sede de la Unión Africana en Addis Abeba (Etiopía). Es un regalo de Pekín, que ha invertido 200 millones de dólares en su construcción y la ha levantado en tan sólo dos años y medio.

En el libro mencionamos una frase ilustrativa de un ex presidente de la petrolera venezolana PDVSA, quien dice: “A los chinos tú les dices que eres fascista-leninista, y te lo compran a su favor”. La frase da en el clavo. Para los chinos no hay más ideología que el dinero, de ahí que Venezuela, Ecuador o Cuba pueden tratar de involucrarla en su cruzada anti-EEUU, o Irán, Sudán o Siria en la suya contra Occidente, pero ellos no van a entrar nunca en ese juego (o como mínimo no se van a enfrentar con Washington por ello). Pero lo que seguro que harán es aprovechar las oportunidades que se les presenten en el mundo de los negocios; la contrapartida a brindarles el apoyo que nadie les da es estrictamente económica. Cuando vemos que China pone sobre la mesa su insaciable demanda (que permite cerrar acuerdos de suministro a largo plazo), su financiación ilimitada, sus infraestructuras a la carta y su apoyo diplomático (incluido el no vincular los negocios a buenas prácticas, ausencia de corrupción y derechos humanos), podemos entender por qué China está triunfando en el mundo en desarrollo. China es el socio ideal, lo que explica, por ejemplo, que un régimen tan anti-religioso como el de Pekín sea el principal soporte diplomático y gran socio comercial de países que son repúblicas islámicas como Sudán o Irán. Ello refleja la capacidad camaleónica de la diplomacia china. 

Se ha discutido mucho acerca de si el modelo de desarrollo chino podría servir de ejemplo a los países menos avanzados, lo que podría desalentar procesos democratizadores. ¿Creéis que es posible un “Consenso de Beijing” donde el capitalismo de Estado, la estabilidad y la graduación en las reformas constituyan el proceso a seguir para alcanzar la prosperidad?

Nadie puede poner en duda que los sistemas autoritarios son mucho más eficientes. A la ausencia de debate y participación, el modelo chino ha tenido el mérito de añadir unos líderes que han manejado muy bien los tiempos (el gradualismo es su mejor virtud) y a un pueblo chino trabajador como pocos con una imperiosa necesidad de prosperar. Todo ello se ha conjugado a su favor para explicar una parte del éxito de China en las tres últimas décadas.

Sin embargo, es obligado puntualizar que el llamado “milagro chino” sólo es tal porque nunca se incluyen en la ecuación los efectos secundarios. Si los incluimos, el milagro es más que cuestionable. La cuestión es que las cocinadas estadísticas chinas, los explosivos titulares de los periódicos y la propia magnitud china no nos dejan muchas veces ver la totalidad de la foto. Por ejemplo, el paro en China ronda el 5%, pero ¿cuántos saben que la estadística de paro en China sólo recoge el paro urbano y no lo que pasa en la China rural? O, cuando vemos que China crece al 9%, ¿sabemos quién está realmente creciendo a ese ritmo? Más aún: ¿quién es el verdadero beneficiario del (mal llamado) milagro chino?

La respuesta es paradigmática: China S.A., esto es, el entramado de empresas estatales, sus bancos y el Partido-Estado (el 50% del PIB chino lo generan las empresas públicas). En otras palabras: el derrame es hacia adentro. No significa necesariamente que toda esa riqueza está calando en la población (excepto a través de servicios prestados, como las infraestructuras, o las nuevas oportunidades económicas de un país en emergencia). Por tanto, lo que sabemos con seguridad es que ese capitalismo de Estado está hecho a medida del Partido Comunista, porque sirve sus intereses; también sabemos que hay una élite urbana, en torno a 250-300 millones de personas que forman un mercado fabuloso para las empresas extranjeras, que están en la órbita del poder y que se han beneficiado también muchísimo. Pero, ¿qué ocurre con los otros 1.000 millones de chinos que no salen nunca en la foto?

Por tanto, si hablamos del modelo chino en cuanto a participación, igualdad y justicia, quizá éxito no sea la palabra. Si a ello incluimos factores no cuantificables económicamente que contribuyen decisivamente al bienestar (tradición, libertad, religión, cultura, justicia, igualdad de oportunidades, diversidad, sociedad civil, etc), China fracasa estrepitosamente. Y si hablamos de derechos y libertades, de participación política y de apertura, entonces el modelo chino es más que cuestionable. En resumen, visto obviamente desde nuestra óptica occidental, el “consenso de Pekín” parece inasumible por nuestras sociedades occidentales, aunque quizá un país en desarrollo pueda estar tentado a seguir los pasos de China. Sin embargo, el bienestar y la prosperidad deberian ir asociados a la libertad y la democracia. Si no, dejamos de lado una parte indisociable del ser humano, que es su capaz de ser reflexivo y cambiar las cosas. No sólo la economía manda.

Trabajadores chinos junto a la represa de Merowe en el río Nilo. Su construcción ha sido polémica porque ha obligado a decenas de miles de sudaneses a reubicarse. Fotografía de Luis de las Alas.

Los gobiernos de Argentina, Brasil, México o Zambia ya han sufrido fricciones con China. Por otra parte, las poblaciones de los países en desarrollo parecen cada vez menos favorables al incremento de la influencia china, como podemos apreciar a través de estudios de opinión como el Latinobarómetro. También es apreciable como las sociedades civiles protestan por la destrucción medioambiental y la falta de estándares laborales que suelen acarrear las inversiones chinas ¿Nos encaminamos hacia el fin del idilio entre China y el mundo en desarrollo?

Sin duda, la luna de miel se ha terminado. África y América Latina se han dado cuenta de las enormes oportunidades que ofrece China y sus empresas, a nivel de inversiones y de mercado, pero también de sus riesgos.

Quizá el ejemplo más paradigmático sea el de Zambia. País con unas fabulosas reservas de cobre y de tradición minera, su economía está sostenida en buena parte por lo que exporta a China. Y sin embargo, pese a esta bonanza y a las zonas de inversión especialmente diseñadas para los chinos, quizá los nacionales chinos sean los extranjeros peor vistos en el país. Ello se debe a que ofrecen las peores condiciones laborales a los mineros locales, porque no concurren siguiendo las reglas del juego. Eso se ha traducido en la elección en 2011 de Michael Sata, un presidente populista que ganó con un marcado discurso anti-chino: llegó a llamar “infestors” a los inversores chinos y amenazó con romper lazos con Pekín y establecer vínculos con Taiwán.

El presidente de Zambia, Michael Sata, protesta ante la embajada china por las condiciones laborales de los mineros zambianos que trabajan para empresas chinas. AFP.

Es un lugar común afirmar que el siglo XXI será el siglo de China. A pesar de que las cifras del desarrollo chino son impresionantes, todavía es un país subdesarrollado que se enfrenta a numerosos problemas: envejecimiento, falta de recursos naturales, problemas territoriales, diferencia de desarrollo entre regiones, contaminación, corrupción,  burbuja inmobiliaria, etc. ¿Pensáis que el objetivo a medio y largo plazo de Pekín es convertirse en una superpotencia o más bien imponer una pax sínica en Asia Oriental? ¿Proseguirá su política exterior influenciada por la máxima de Deng Xiaoping de “no llevar la bandera ni encabezar la ola”?

China quiere ser a medio plazo una potencia regional y, por tanto, aspira a implantar una “pax sínica” en buena parte de Asia. Ello explica su comportamiento bravucón en el Pacífico y que lleve su rivalidad con sus dos principales competidores, la India y Japón, al extremo al que la ha llevado. En esta empresa se enfrenta a no pocos retos, por las suspicacias que despierta el gigante en toda la región. Lo que está por ver es cómo se comportará China cuando sea una verdadera potencia y tenga que solventar contenciosos con sus vecinos, pero por lo que sabemos hoy (en base a su actuación en el Mar de la China Meridional y la propia forma en que gobierna –y reprime- a su población), no cabe ser muy optimista. Con todo, los retos a los que se enfrenta China a medio plazo son más de índole doméstico, por las razones que enumeras en la pregunta y por las tensiones que se derivan de las desigualdades sociales.

Por último, tras el largo viaje que habéis hecho por 25 países para documentar el libro, me gustaría saber cuál fue la situación más curiosa a la que os habéis enfrentado.

Lo cierto es que un viaje tan largo ha dado mucho juego y las anécdotas son inagotables. Pero quizá la más divertida y, a la vez, paradigmática es la que no sucedió en Teherán, cuando entrevistamos al jefe de la Cámara de Comercio Irán-China. Después de 30 minutos de conversación en los que quizá el iraní nos explicó más de la cuenta, empezó a despotricar (para nuestra sorpresa) contra “los estúpidos occidentales”, incluyendo a “la mujer esa [Merkel] y al francés [Sarkozy]”. Tratramos de explicarle que nosotros éramos periodistas y que por tanto no representábamos a Occidente. Pero no hubo manera. La cosa acabó con gritos de su parte y con el regalo de una caja de pistachos a los dos periodistas antes de que nos echara de su oficina.

Álvaro Imbernón Sáinz. Bruselas.

Esta entrevista ha sido realizada a través de correo electrónico ya que Juan Pablo Cardenal se encuentra en Hong Kong y Heriberto Araújo en Pekín. Las respuestas son conjuntas. Desde Passim os invitamos a seguirlos ya sea a través de su libro o de su blog en El País.

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