Etiopía: de la autarquía al Seat 600

Por Iván Cuesta

Etiopía celebra el 24 de mayo sus quintas elecciones parlamentarias, de las que saldrá el nuevo gobierno. Nadie anticipa una derrota del partido en el poder desde 1991 – el Ethiopia’s People Revolutionary Democratic Front (EPRDF); sí es de esperar, sin embargo, que la oposición mejores sus resultados. No será muy difícil, dado que en 2010 la coalición opositora únicamente obtuvo un escaño de los 536 en disputa, en unas elecciones bajo fundadas sospechas de intimidación y fraude. Después de las elecciones de 2005, en las que el EPRDF perdió en Addis Abeba, y en regiones clave de Etiopía, se hizo palpable un giro autoritario del régimen ahora liderado por el primer ministro Hailemariam Desalegn -designado en 2012 tras la muerte del carismático Meles Zenawi. Nadie duda de que estas elecciones son cruciales, tal como recuerdan los adalides de la democracia liberal para África. Las contiendas partidistas, sin embargo, frecuentemente ocultan otras corrientes de fondo.

Desde mediados de los 2000, por ejemplo, Etiopía se ha lanzado a una carrera desenfrenada en pos del desarrollismo. Plan quinquenal tras plan quinquenal – el primer Growth and Transformation Plan es de 2005 -, en menos de una década ha construido 12.000 kilómetros de carreteras, triplicado la capacidad de generación eléctrica del país, y está en camino de reducir las tasas de pobreza extrema a la mitad. Otros hitos muy recientes, convenientemente explotados por la propaganda gubernamental, son la autovía de seis carriles entre Addis Abeba y Adama, o el nuevo tranvía de la capital. La mastodóntica Presa del Gran Renacimiento Etíope, que una vez completada en 2017 ostentará una capacidad cercana a los 5.000 megavatios, será de largo la más grande del continente africano. Hasta tal punto la presa simboliza el impulso desarrollista que cuando el Banco Mundial se negó a financiar siquiera una parte de los 4.500 millones de dólares que costará, el gobierno recurrió a medidas poco convencionales: aportaciones ‘voluntarias’ de sus propios trabajadores – nada menos que un mes de su sueldo -, de bancos privados, o de etíopes en la diáspora. Gracias a semejante movilización de recursos, en la última década el PIB etíope ha crecido un 10,9% de media, un hito sólo superado en el siglo XX por China, Japón y un puñado de países más, entre ellos España entre 1959 a 1973 (aunque no alcanzara tal cifra).

La comparación con la España del desarrollismo franquista no es baladí. Si Franco – invariablemente tocado con un sombrero, y a la voz de “queda inaugurado este pantano” – visitaba presas un día sí y otro también, Meles Zenawi se valió de las infraestructuras con análogos fines propagandísticos. El régimen franquista construyó 600 pantanos entre 1939 y 1975, y convirtió a España en el segundo país del mundo en número de presas por habitante. Los pantanos del franquismo simbolizaron el proyecto modernizador tanto como el mítico Seat 600, pero también reorganizaron la geografía española de acuerdo a su propia gramática política. Análogamente, Meles Zenawi diseñó una Etiopía poderosa cimentada en una veintena de presas – equivalentes a 40 centrales nucleares – como vía al fortalecimiento interno y externo tanto del Estado como del régimen. En lo interno, el desarrollismo otorgaría una legitimidad apuntalada por el desarrollo y la movilización de poderosos símbolos; en lo externo, Etiopía alcanzaría la condición de nuevo hegemon regional en base, entre otras cosas, a la exportación de energía eléctrica barata – y también, no lo olvidemos, al segundo mayor ejército de África subsahariana.

Los resultados del desarrollismo etíope resultan muy visibles, pero inciertos en el medio plazo. El crecimiento está dando alas a una incipiente clase media en Addis Abeba – en paralelo, por cierto, a un espectacular boom inmobiliario. Tal reingeniería social, inspirada en el modelo dirigista y vertical chino, recuerda en no poco a la España de los tecnócratas del Opus. Como en la España franquista, la ‘apertura’ económica avanza en paralelo con el cerrojazo político. Así, en lo económico el régimen etíope fía su futuro a la consolidación de una clase media que, según sus planes, sacaría al país de la pobreza en torno a 2030. En lo político, por contra, desde 2005 los opositores han dado con sus huesos en la cárcel, se encuentran en el exilio, o directamente en la rebelión armada. El régimen ha ido cerrando los posibles espacios de contestación desde la sociedad civil, buscando paralelamente re-legitimarse por la vía de engrosar las filas del EPRDF con más de tres millones de nuevos miembros entre 2005 y 2008.

A pesar de tan impresionantes números, el dilema que afronta el régimen es complejo. O bien abre la mano, e impulsa siquiera a regañadientes una transición controlada – en alianza con la minúscula clase media urbana; o bien opta por la senda autoritaria, sentando así muy probablemente las bases para un nuevo ciclo de contestación social análogo a los que en 1973 acabaron con el régimen imperial, y en 1991 con la dictadura comunista del Derg. Sea cual sea la senda elegida, los cambios sustanciales en el arreglo político etíope se podrán comprobar en futuros procesos electorales. No parece, sin embargo, que tales transformaciones vayan a cambiar los resultados que casi todos anticipan en las próximas elecciones de mayo.

Iván Cuesta Fernández es estudiante del programa de Doctorado en Estudios Africanos de la Universidad de Edimburgo.  

Escrito por Firmas Invitadas

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