Good morning Teheran (II): Oriente Medio, a cara o cruz

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Tras concluir en la Parte I que la perspectiva de aprender a convivir con un Irán nuclear no resulta una opción muy atractiva para Occidente, esta Parte II aborda las alternativas que restan sobre la mesa y plantea si éstas pueden resultar eficaces en un contexto en el que el tiempo constriñe el abanico de opciones y en el que la perspectiva de la guerra se cierne, amenazadora, sobre nuestras cabezas.

Escenario A: La intervención militar

Durante estos últimos días basta con hojear las páginas internacionales de cualquier diario generalista para advertir que una de las opciones que se barajan para frenar a Irán es la posibilidad de que Israel, Estados Unidos, o ambos de forma conjunta, ejecuten una intervención armada contra una serie de objetivos considerados estratégicos para el desarrollo del programa nuclear iraní.

De llevarse a la práctica, sería sin duda una operación extremadamente compleja. Desde un punto de vista militar, los analistas parecen coincidir en que Israel no es capaz de llevar a cabo un ataque semejante. Michael Hayden, director de la CIA durante la Administración Bush, ha afirmado recientemente que «Los israelíes no van a [atacar Irán]…no pueden hacerlo, está más allá de sus capacidades». Una buena prueba de ello es que, probablemente, si fuera capaz de llevarlo a cabo, ya lo habría hecho. Estados Unidos, en cambio, sí podría hacerlo. Pero en el caso de Washington la constricción es política. No podría llevar a cabo el ataque hasta diciembre, una vez finalizadas las elecciones presidenciales. En caso contrario, la presumible subida de los precios del petróleo arrastraría a la economía a una nueva recesión que supondría un suicidio político para una Administración Obama que a día de hoy parece afrontar con confianza su reelección. Otro factor que restringe la libertad de acción norteamericana es la presencia de inspectores de la OIEA realizando trabajo de campo en las instalaciones nucleares iraníes. Ninguna operación militar puede realizarse con agentes internacionales en las instalaciones marcadas con una diana.

Por otra parte, el contexto militar no parece el más adecuado para emprender una acción semejante. La máxima de Abraham Lincoln: «Sólo una guerra a la vez, por favor» ha quedado grabada en las conciencias norteamericanas desde la pesadilla estratégica vivida durante los años más duros de la Guerra contra el Terror. La perspectiva de afrontar un conflicto en Oriente Medio con 80.000 efectivos en Afganistán se encuentra sencillamente fuera de la realidad. En 2014, con la retirada definitiva del país centroasiático, se abren nuevas perspectivas, aunque para entonces, si nada cambia, la función de las tropas en caso de ser desplegadas en Oriente Medio ya no sería la disuasión sino la contención.

La operación también sería compleja desde el punto de vista logístico y operativo. A diferencia de la Operación Ópera, los objetivos iraníes que deben ser destruidos son mucho más numerosos, están distribuidos por la amplia geografía iraní, algunos de ellos bajo tierra y otros, como Fordow, en la ladera de una montaña. Algunas instalaciones están construidas cerca de núcleos urbanos. Estados Unidos carece, además, de toda la información necesaria sobre las instalaciones para que el daño sea óptimo.

Por otra parte, cabe suponer que el ataque no sería definitivo. Las bombas, por potentes que sean, no pueden destruir el know-how que Teherán ya ha adquirido. Tampoco sería altamente devastador – debido a la naturaleza de las instalaciones -, por lo que su eficacia debe interpretarse como un short-term fix, es decir, como la capacidad para detener el primer reloj y ganar tiempo para abordar otro enfoque, pero no como una solución definitiva. En qué condiciones quede la voluntad de Teherán de afrontar ese “otro enfoque” tras el ataque no parece inquietar mucho a los partidarios de los fuegos artificiales.

De acuerdo con los precedentes históricos, una hipotética intervención armada, según el profesor de Georgetown Colin H. Kahl, galvanizaría a la población iraní a favor de su régimen: «Lo único que podría unificar las facciones de las élites dentro del régimen de forma contraria a nuestros intereses – y al mismo modo unir a la sociedad iraní en su apoyo al régimen – es un ataque norteamericano o israelí». Otros factores considerados serían la ausencia de legitimación de la intervención bajo el prisma del Derecho Internacional – puesto que la autorización de China a una resolución que contemple el uso de la fuerza parece hoy lejana -, la subida que provocaría en los precios del petróleo y los precedentes negativos que sentó la Operación Ópera que, en lugar de disipar las intenciones iraquíes, convirtió el desarrollo de un programa nuclear en la prioridad número uno para Saddam Hussein.

Finalmente, el escenario debe tener en consideración las represalias que podría adoptar Irán y que se verían, probablemente, agravadas por el hecho de que no existan canales directos de comunicación entre las partes.

El estrecho de Ormuz

Pese a que las incesantes amenazas iraníes de cerrar el tráfico del estrecho de Ormuz, paralizando de este modo una vía marítima por la que circula el 20% del petróleo mundial, se han venido repitiendo durante los últimos días como reacción frente a una hipotética intervención militar, el actor que resultaría más perjudicado por dicho cierre sería el propio Irán, y por ello no llevará la amenaza a la práctica.

Su principal competidor, Arabia Saudí, sabedor de su vulnerabilidad, ha construido un oleoducto que, desembocando en el Mar Rojo, le permite suministrar seis millones de barriles de crudo a los mercados internacionales en el caso de que Ormuz fuera intransitable. Otros países del Golfo han emprendido proyectos similares, aunque aún se encuentran en construcción.

Irán, sin embargo, no dispone de alternativa para transportar los 2,5 millones de barriles que exporta diariamente, por lo que vería sus ingresos reducidos a cero. Además, Teherán es importador neto de gasolina y de otros productos derivados del petróleo, por lo que al cortar el tráfico en Ormuz estaría poniendo en peligro su propio suministro de combustible.

Otro problema añadido resulta del hecho de que el 85% del petróleo que atraviesa el estrecho de Ormuz tiene como destino Asia. Un bloqueo supondría – además de la ruina económica de Teherán – extender el problema a China, India, Japón o Corea del Sur, aumentando las opciones de que se desarrolle una gran coalición internacional contra la República Islámica. Las posibilidades en este sentido aumentan al considerar que un bloqueo tal sería considerado como contrario al Derecho Internacional y probablemente condenado en el Consejo de Seguridad.

Es indudable que la reacción de Occidente sería interpretar el bloqueo como un casus belli y recurrir a la fuerza. Un escenario tal desde el punto de vista iraní  – pese a que el enclave sea geográficamente adverso y a que Teherán haya potenciado estrategias de guerra asimétrica en el estrecho – está abocado a la destrucción tanto de sus fuerzas armadas convencionales como de sus principales infraestructuras militares. Las lanchas lanzacohetes, las baterías costeras de misiles de crucero, los minisubmarinos y las minas pueden ralentizar las operaciones por un espacio de tiempo limitado, pero no pueden detener el poder militar arrollador de Estados Unidos.

Cabe concluir, por tanto, que una decisión semejante resulta altamente improbable y, de llevarse a la práctica, sería desastrosa para los intereses de Teherán: Provocaría la hostilidad de China y las demás potencias asiáticas, su ruina económica, la devastación militar y una pérdida inmensa de prestigio, imagen y reconocimiento internacional. La hipótesis del bloqueo es tan lejana a la realidad que, al día siguiente de las declaraciones en las que el vicepresidente iraní Mohammed Reza amenazaba con su cierre, el precio del crudo bajó en los mercados internacionales. Un bloqueo de Ormuz sería, en definitiva, como una nueva invasión de Kuwait en los noventa: Un error estratégico colosal.

Existen, sin embargo, otras represalias a las que Teherán podría recurrir en un escenario semejante. Una estrategia deliberada de subida de los precios del crudo es una hipótesis mucho más factible e inteligente, ya que provocaría daños en sus oponentes a la vez que beneficios propios. Occidente necesita precios bajos para reactivar su economía. Irán puede forzar los precios al alza mediante amenazas de cierre de Ormuz – como está haciendo -, desestabilizando los centros petrolíferos de los estados de su entorno o mediante una estrategia similar a la ya empleada durante las conocidas como Tanker Wars de mediados de los ochenta: Ataques selectivos secretos a cargueros y superpetroleros con objeto de aumentar el coste de los seguros marítimos y, con ello, los precios mundiales de crudo.

Pero si la reacción ha de tener un componente militar, Afganistán e Irak y no el estrecho de Ormuz son los escenarios donde probablemente se sentirían sus efectos. Según Bruce Riedel «Una de las maneras en las que Irán puede hacernos daño y de la que no se habla mucho es su capacidad para atacarnos en la guerra de Obama, en Afganistán. Los iraníes ya están excelentemente situados para hacer de la guerra en Afganistán – que ya es bastante complicada – un escenario imposible». No es un secreto para nadie que Irán tiene una enorme capacidad de influencia en la estabilidad de ambos vecinos, influencia a la que no ha dudado en recurrir en el pasado.

Irán probablemente combinaría estas acciones con una lluvia de misiles Scud hacia Israel y las bases norteamericanas en la zona y con un aumento de las operaciones terroristas. Éstas podrían llevarse a cabo por sus enlaces con Hamas o Hizbullah o por su excelente red de información y espionaje en el extranjero, que opera en Estados Unidos – el atentado frustrado contra el embajador saudí es responsabilidad suya – y que recientemente ha protagonizado atentados en Bangkok contra intereses israelíes. Tampoco es descartable la perspectiva de que un Irán furioso por el ataque adopte la decisión de proporcionar a sus vínculos terroristas armamento nuclear en el caso de que consiguiera desarrollarlo en un futuro.  

En vista de los condicionantes, parece evidente que el escenario de la intervención militar contra Irán no es satisfactorio desde un punto de vista estratégico: No pone fin a la amenaza y no soluciona el problema, supone un riesgo alto de represalias, reduce los incentivos de Irán a cooperar en el marco de otras iniciativas, aumenta los incentivos de Teherán a desarrollar armamento nuclear y, finalmente, facilita la expulsión de los inspectores de la OIEA y su posible salida del TNP, reduciendo los instrumentos actuales de información y control sobre el desarrollo de su programa nuclear. En palabras de Michael Hayden: «[Atacar Irán] garantizaría lo que estamos intentando prevenir – un Irán que no repararía esfuerzos en construir una bomba nuclear y que podría construirla en secreto». La prudencia recomienda, por tanto, considerar el resto de opciones sobre la mesa.

Escenario B: Sanciones y guerra encubierta

Para encontrar el dossier con el segundo escenario es necesario rebuscar un poco entre todos los papeles de la mesa. Tras sacudirle el polvo, observamos que tiene sus orígenes en el año 2006, cuando la Administración Bush, empantanada en dos guerras en Afganistán e Irak, asumió su incapacidad de lidiar con el problema iraní por la fuerza. Como cuenta Bob Woodward en «Las Guerras de Obama», uno de los catorce programas de acciones encubiertas que Obama heredó de la Administración anterior fue el de «parar o impedir que Irán desarrolle armas nucleares».

El programa tiene un triple enfoque.

Uno de sus objetivos es sabotear el programa nuclear iraní mediante acciones clandestinas como el asesinato de científicos o la transmisión de virus informáticos estilo Stuxnet, limitando los incentivos de Teherán de seguir adelante con el proyecto y, sobre todo, los incentivos de los científicos para seguir yendo a trabajar.

Por otra parte, comprende una serie de acciones encaminadas a prestar apoyo a facciones internas de Irán con objeto de promover un cambio de régimen desde dentro. Este sistema había dado buenos resultados con anterioridad en los antiguos estados de la CEI. La combinación de una eficiente canalización de fondos, el buen uso de las redes sociales y la presencia de organizaciones occidentales sin ánimo de lucro dieron buena cuenta de un puñado de satrapías en Georgia, Ucrania o Kirguistán.  Sin embargo, la oposición iraní no fue capaz de sacudir los cimientos del régimen con la fuerza suficiente durante las protestas post electorales de 2009 y en la actualidad el Movimiento Verde parece completamente desaparecido del panorama político del país. Es posible, en todo caso, que las perspectivas de éxito se incrementen con las elecciones legislativas de marzo si la sociedad iraní percibe que el desajuste de los resultados electorales con la realidad es acusado.

Por último, el tercer y más importante pilar de la estrategia pasa por promover y potenciar las sanciones económicas internacionales al régimen iraní. Entre el elenco de medidas adoptadas para incrementar la presión sobre Teherán y forzar al Gobierno iraní a volver a la mesa de negociación destacan un embargo internacional al crudo iraní, la retención de los activos de su banco central en el exterior y prohibiciones de exportación de material susceptible de ser utilizado para desarrollar su programa nuclear.

Según el especialista Daniel Yergin, la situación energética iraní es asombrosa: El país tiene las segundas mayores reservas mundiales de gas y las cuartas de petróleo. Sin embargo, la producción iraní de crudo ha pasado de seis millones de barriles en tiempos del Sha a una cifra que actualmente se ha estabilizado en torno a los cuatro millones. De esos cuatro millones, dos millones y medio se destinan a la exportación. El desajuste entre sus inmensas reservas probadas y el bajo nivel de producción es un reflejo de las lamentables condiciones de sus sectores industriales del petróleo y del gas. La reinversión de ingresos derivados de los hidrocarburos en los sectores de petróleo y gas es muy baja, y esa falta de inversión actúa como contingente de su capacidad de producción.

El sector tiene un déficit sustancial en su capacidad de refino – lo que  lleva a Teherán a importar casi la mitad de la gasolina que consume -, y es un importador neto de electricidad. Para completar el panorama, los subsidios de la gasolina suponen un gasto inasumible para Teherán, que tuvo que racionalizarlos en 2007. En el terreno del gas, la situación es aún peor. Con las segundas reservas mundiales, Irán es importador neto de gas, no dispone de tecnología de gas natural licuado y sus exportaciones se reducen a los países de su entorno más próximo. Resulta evidente que el sector afronta una necesidad imperiosa de financiación y de tecnología, necesidad que, como es natural, se agudizará con el paso del tiempo. En este contexto, las sanciones han impedido la entrada de divisas y de tecnología extranjera, agravando la situación. En este sentido, es razonable pensar que las sanciones económicas están dando buenos resultados:

  1. Estados Unidos es probablemente el actor menos representativo, puesto que no consume petróleo iraní, pero ha congelado los activos del Banco Central iraní.
  2. La Unión Europea, segundo comprador mundial (18%), ha anunciado un embargo total del petróleo iraní que entrará en vigor en julio de 2012.
  3. China, primer comprador (20%), no ha apoyado el embargo pero ha disminuido sus compras de gas iraní en los últimos meses debido a supuestas desavenencias comerciales. Es probable que reciba petróleo con descuento de Teherán.
  4. Japón (16%), tercer comprador y favorable en principio al bloqueo, encadena varios meses con rebajas en el volumen de petróleo iraní
  5. India (14%), cuarto comprador, ha manifestado que no puede hacer frente a la diversificación que implicaría el bloqueo y, probablemente, recibe petróleo con descuento.

Los especialistas no descartan la posibilidad de que China, Japón o la India se encuentren ganando tiempo mientras llevan a cabo la diversificación previa al embargo. Es destacable, en este sentido, la voluntad de Arabia Saudí para aumentar unilateralmente la producción de crudo en este contexto.

Las consecuencias económicas del embargo son funestas para Teherán, y podrían serlo más en el futuro si las potencias asiáticas se suman de forma más decidida. Los ingresos del petróleo representan el 60% del presupuesto, el 80% de los ingresos y el 90% de la entrada de divisa extranjera de Irán. A las dificultades recientemente reconocidas por Ahmadineyad se añaden una serie de circunstancias que apuntan a que la economía iraní no puede sobrevivir a un embargo de crudo a medio plazo: Irán, a diferencia de otros estados del Golfo, no dispone de reservas de moneda extranjera para sobrellevar la situación. Su moneda, el rial, se ha devaluado en un 30% frente al dólar y tanto el paro como la inflación están llegando a niveles alarmantes.

Si bien desde un punto de vista de vista exclusivamente económico parece sensato afirmar que las sanciones parecen ser un instrumento eficaz, otros puntos de vista también parecen avalar los buenos resultados. Por un lado, son medidas que no escalan el conflicto o – al menos – no al nivel al que lo haría una intervención militar. A diferencia de esta última, son sostenibles en el tiempo, y su aplicación podría continuar incluso más allá del momento en el que se acabe el tiempo del primer reloj. Otro factor positivo es que su puesta en práctica no disminuye la eficacia de otros enfoques, como el militar, sino que, por el contrario, se retroalimenta: Cuanto más se resienta la situación económica, más aumentará la insatisfacción ciudadana que podría, eventualmente, levantarse contra el régimen. Su eficacia no reside en su capacidad de ganar tiempo, sino en explotar una debilidad del adversario – la excesiva dependencia de los ingresos del petróleo – para incrementar tanto su percepción de aislamiento internacional como su estrangulamiento económico. Desde un punto de vista teórico, las sanciones económicas suponen la prueba de que la economía es más poderosa que el uso de la fuerza en las relaciones internacionales del S. XXI.

Fareed Zakaria ha explicado los efectos de este escenario de una forma muy ilustrativa: «La verdadera historia de lo que ocurre sobre el terreno es que Irán es débil y se está volviendo cada vez más débil. Las sanciones han hecho caer en picado la economía. El sistema político está fracturado y fragmentado. En el exterior, Siria, su aliado más fiel – únicamente apoyado por el propio Irán – se desmorona. Las monarquías del Golfo se han unido contra Irán y han mejorado sus relaciones con Washington [...] Irán se enfrenta a la posibilidad real de un descalabro económico».

Ante esta perspectiva tan poco halagüeña, el Presidente Ahmadineyad se ha apresurado a anunciar que Irán ha aceptado la propuesta de la Unión Europea para reanudar las negociaciones sobre su programa nuclear. Si éstas terminaran en acuerdo – los precedentes apuntan a lo contrario mientras que el tiempo juega a favor del entendimiento -, la solución pacífica tendría consistencia histórica, pues el único estado que ha desarrollado armas nucleares y que posteriormente ha decidido desmantelarlas, la República de Sudáfrica, también puso fin al mismo con una combinación de negociación y sanciones.

Una solución negociada al programa nuclear iraní es una alternativa preferible a una intervención militar, cualquiera que sea su naturaleza. Sin embargo, tampoco resuelve el problema. De hecho, la solución al problema nuclear iraní nunca tuvo nada que ver con el programa nuclear iraní. Lo que está en juego es un asunto considerablemente mayor: El papel geopolítico de Irán en la nueva situación de Oriente Medio y una reformulación radical de su relación estratégica con los Estados Unidos. ¿Puede Estados Unidos acomodar los intereses iraníes en la región? ¿Es posible un acercamiento entre El Gran Satán y el Eje del Mal?  La respuesta, mañana en Passim. (Parte III)

José Lozano Gallardo. Madrid 

Escrito por José Lozano

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