Good morning Teheran (III): Una vision de conjunto

Ir a Parte I Parte II

En la Parte II concluimos que la vía militar no es la solución al problema iraní y que el mejor instrumento con el que cuenta Occidente para lidiar con el programa nuclear de Teherán es un escenario que combine la guerra encubierta, el patrocinio de las fuerzas de la oposición y la dureza de las sanciones económicas. Sin embargo, esta estrategia de presión -  pese a que puede resultar eficaz para devolver a Irán a la mesa de negociación – no es ni eficaz ni conveniente para abordar la situación de Teherán en un contexto más amplio: La estabilidad de Oriente Medio y el papel que debe jugar Irán en la región. La solución al problema nuclear iraní pasa por un gran acuerdo con Washington. Y para conseguir acomodar los intereses iraníes en la zona se requiere algo más que un enfoque basado en sanciones: Es necesaria una completa redefinción estratégica de la región.

Irán busca su sitio

Durante décadas, bajo el gobierno del Sha, Irán compitió con Arabia Saudí para demostrarle a Estados Unidos quién era el actor en el que podía realmente confiar en la región. Naturalmente, la batalla se libró en los campos petrolíferos y, más concretamente, aumentando la capacidad de producción. Empresas británicas y norteamericanas monopolizaban las concesiones y un flujo de petrodólares llenaba las arcas iraníes, generando en el país un ambiente de euforia y desenfreno económico cuyas consecuencias políticas han sido inmejorablemente retratadas por Kapuscinski en «El Sha o la desmesura del poder»:

«Ante la residencia suiza del Sha empezó a formarse una cola de presidentes y ministros de gobiernos respetables y ricos de países serios y conocidos. El Sha, sentado en un sillón (…) estudiaba con suma atención proposiciones, ofertas y declaraciones. Tenía a todo el mundo a sus pies. Veía ante sí cabezas agachadas, espaldas inclinadas y manos tendidas. ¿Veis?, decía a los presidentes y ministros, ¡no sabéis gobernar y por eso no tenéis dinero! Daba lecciones a Londres y a Roma, aconsejaba a París, amonestaba a Madrid. El mundo lo escuchaba todo humildemente, se tragaba las más amargas píldoras porque tenía los ojos puestos en la deslumbrante pirámide de oro que se erigía sobre el desierto iraní.»

En los años setenta, los ingentes beneficios derivados de la crisis del petróleo y el vacío de poder resultante de la salida del Reino Unido de los actuales Emiratos Árabes Unidos en 1971 llevaron a Irán a intentar asumir el rol de policía regional. Lamentablemente para Teherán, su vecino albergaba intenciones parecidas. Sus ambiciones se vieron truncadas por el profundo rechazo internacional que suscitó tanto la revolución islámica de 1979 como el episodio posterior de la captura de los rehenes norteamericanos. También por la consiguiente guerra con Irak, que se prolongó entre 1980 y 1988, y en la que los persas resultaron más perjudicados.

Tras la muerte de Jomeini en 1989, Alí Jamenei encaró el nuevo orden mundial perseverando en la estrategia de acumulación de poder regional. Su élite política interpreta que la actual debilidad del país – heredero del imponente Imperio Persa – es, al igual que en el caso de la China del S. XIX, fruto de una inconsistencia histórica. En este contexto, Irán emprendió una serie de acciones encaminadas a recuperar su influencia perdida. Su apoyo a grupos denominados terroristas como Hamas en Palestina o Hizbullah en Siria, así como la creación de las fuerzas clandestinas Qods – el brazo armado de la Guardia Revoluciónaria – le llevaron a ganarse el cariñoso apelativo de «el patrocinador de terrorismo de estado más peligroso del mundo» por parte de George H. W. Bush en 1993. El programa nuclear – como vimos en la Parte I – avanzó de forma sustancial gracias a la red clandestina de A.Q. Khan. Se destinó mucho dinero a la actualización de las fuerzas armadas convencionales y se desarrollaron los primeros planes de contengencia en el Estrecho de Ormuz, acompañados de maniobras militares regulares. A medida que su red internacional de terrorismo e inteligencia mostraba al mundo sus sorprendentes capacidades de desestabilización regional, la política exterior del régimen iraní se volvía más y más enérgica.

Las posiciones acerca de Estados Unidos en este nuevo régimen estaban divididas. Por una parte, el Presidente Rafsanjani era favorable a un acercamiento con Washington – con el que Irán no mantiene relaciones desde 1979. El Ayatolá Jamenei, por el contrario, pensaba – y piensa – que el único interés que albergan los norteamericanos respecto de Teherán es el cambio de régimen. En 1995, Irán realizó un gesto de acercamiento ofreciendo la primera concesión petrolífera extranjera a Conoco, una empresa norteamericana. Clinton desestimó el acuerdo alegando la naturaleza terrorista del régimen iraní. En 1997, la presidencia del reformista Jatami pareció abrir nuevas perspectivas a un entendimiento. Pero Jatami tuvo que hacer frente a una fuerte oposición interna que conseguiría, a la larga, neutralizar sus políticas. El acercamiento no llegaría a cristalizar.

Un nuevo escenario

Mientras que el humo de los escombros aún cubría la cara de la ciudad de Nueva York, a los estrategas norteamericanos no debía resultarles ajena la idea de las dificultades que entrañaría una ocupación militar de Afganistán realizada sin la connivencia de Teherán. Al mismo tiempo, en el otro lado del mundo, las percepciones eran similares. Estados Unidos quería deshacerse de los talibán. Irán también, pues los consideraba un instrumento sunní – wahhabi del ISI y de Arabia Saudí. Además, Irán sabía que Estados Unidos se marcharía de la zona, dejando un vacío de poder al que no iban a renunciar. Según George Friedman, tras una serie de contactos indirectos, un acuerdo secreto se firma a finales de septiembre: Irán se compromete a que Ismail Khan y sus facciones chiís apoyen los ataques, a controlar sus fronteras para evitar el paso de terroristas de Al Qaeda y a mantener la estabilidad. Por su parte, Estados Unidos se compromete a crear un gobierno autónomo y a ceder a los líderes chiís el control sobre sus provincias creando, de este modo, una suerte de estado tapón chií entre Irán y el Afganistán suní.

La razón de por qué estos contactos – los primeros entre las partes desde hacía más de veinte años – no cristalizaron en una normalización de las relaciones es doble: En enero de 2002 Israel interceptó el buque Karine-A, en el que Hizbullah transportaba cincuenta toneladas de armamento con destino a Gaza. Ese mismo año, se descubre la planta de enriquecimiento secreta de Natanz, revelando al mundo un ambicioso programa nuclear que, sospechosamente, se había mantenido en secreto hasta entonces. No necesitaría mucho más el Presidente George W. Bush para incluir, meses más tarde, a Irán en su Eje del Mal junto con Irak y Corea del Norte, remachando con firmeza los clavos en el ataúd del proceso de diálogo.

La decisión de la Administración Bush de invadir Irak en 2003 proporcionó un nuevo punto de acercamiento. En esta ocasión, la importancia de que Irán tomara de algún modo parte en la operación ya no era una opción, sino una necesidad. Con una población compuesta en un 60% por chiís, Estados Unidos necesitaba el GO de Teherán. Afortunadamente para Washington, los iraníes contemplaban la posibilidad de una ocupación norteamericana de Irak con muy buenos ojos. La contención de Irak se había convertido, tras el conflicto de los años ochenta, en su principal prioridad de seguridad nacional. Y, al igual que dos años antes, Irán sabía que «Estados Unidos abandonaría Irak eventualmente y, como consecuencia, ellos estarían ahí para ejercer su influencia más tarde».

El nuevo acuerdo se negoció a través del iraquí Ahmad Chalabi, un opositor al régimen de Saddam que encabezaba el Congreso Nacional Iraquí. Con notables amistades en el sector neoconservador norteamericano, y candidato por el Pentágono a presidir el nuevo Irak, fue él quien facilitó a Estados Unidos la información falsa sobre las armas de destrucción masiva que sirvió a Washington y Londres para justificar la intervención. Las incógnitas sobre si los servicios norteamericanos se sirvieron de dicha información a sabiendas de su nula fiabilidad o de si por aquel entonces estaban al corriente de que Chalabi era, en realidad, un agente iraní con la misión de favorecer la intervención norteamericana en Irak, siguen estando en el aire. 

Cuando en el año 2004 se forma el nuevo gobierno iraquí e Irán interpreta que el reparto de poder entre chiís, sunís y kurdos no se correspondía con las condiciones acordadas con Washington, Teherán comenzó a insuflar chiíes insurgentes en Irak y la Casa Blanca se dió de bruces con la realidad: La estrategia de la Administración Bush había colocado a Estados Unidos en una situación excesivamente dependiente de Irán. Tanto en Irak como en Afganistán. Y los iraníes supieron jugar sus cartas, inflamando el país en un conflicto de baja intensidad que se prolongó hasta que la estrategia de contrainsurgencia de Petraeus permitió introducir estabilidad y confianza. Otra consecuencia importante fue que, con la mayoría de sus tropas comprometidas en otros escenarios, Estados Unidos ya no estaba en condiciones de amenazar militarmente a Irán. Es en este contexto cuando nace la estrategia de sanciones y guerra sucia comentada en la Parte II.

Esta vez desde una posición de fuerza, sería Jamenei quien rechazaría, en varias ocasiones durante aquellos años, ofertas para establar un diálogo directo con Washington. La mutua hostilidad entre ambos y el endurecimiento de la retórica provocaron una radicalización de la opinión pública iraní que culminaría con la elección de Mahmoud Ahmadineyad como Presidente de Irán en 2005. Habida cuenta de la inflamatoria retórica de Ahmadineyad y de la aversión fanática de George W. Bush a tratar con quienes considera enemigos de la libertad, las relaciones no pudieron sino deteriorarse durante el segundo mandato del Republicano.


La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca en 2009 vino acompañada de una oferta de diálogo para poner fin a treinta años de aislamiento y desarrollar «lazos constructivos». Ahmadineyad, por su parte, correspondió a la gentileza con el envío de un mensaje al demócrata, vía Mohammed El Baradei. En él, el Presidente iraní se mostraba «dispuesto a entablar negociaciones bilaterales, sin condiciones y sobre la base del respeto mutuo». El escenario de cordialidad parecía evocar los tiempos del conciliador Jatami, en los que el entendimiento nunca pareció inalcanzable.

¿Qué quiere Irán?

Según expone George Friedman, el principal objetivo estratégico iraní es la supervivencia de su régimen, y su seguridad nacional depende de tres factores:

En primer lugar, Irán se siente amenazado por Estados Unidos. En Teherán, esta percepción se torna particularmente inquietante con ayuda de un mapa. «Consideremos la apariencia que presenta el mundo para Irán» – afirma Fareed Zakaria«Está rodeado por potencias nucleares – Rusia, China, India, Pakistán, Israel – y al otro lado de dos de sus fronteras se encuentran estacionadas decenas de miles de tropas estadounidenses. El presidente de Estados Unidos ha declarado repetidas veces que considera ilegítimo el régimen de Teherán, desea derrocarlo y financia a varios grupos cuyos objetivos son similares (…)».

En segundo lugar, Irán necesita un Irak débil para evitar una nueva invasión como la de 1980.

Finalmente, Irán necesita que los chiís sean la facción del islam preponderante en el Golfo para evitar un conflicto con el islam sunní – wahhabí.

¿Qué quiere Estados Unidos?

El objetivo de seguridad nacional de Washington en el Golfo Pérsico consiste en mantener constante o al alza el flujo de petróleo de Oriente Medio hacia los mercados internacionales en un contexto de retirada de tropas de la región para su despliegue en Asia. 

Escenario C: Acomodar los intereses de Estados Unidos y los de Irán en la región

En vista de cuáles son los objetivos estratégicos de cada una de las partes, ¿hasta que punto resulta factible armonizar ambos intereses bajo una nueva estrategia regional?

Son varios factores los que apuntan en la dirección de que el entendimiento es posible. En primer lugar, porque la anterior estrategia regional, la Dual Containment Policy, dejó de existir cuando la Administración Bush decidió invadir Irak en el año 2003. La presencia norteamericana en la región ha permitido mantener en cierto modo la estabilidad desde entonces pero resulta imperativo desarrollar una nueva estrategia para el momento en el que sus tropas dejen de actuar como fuente de disuasión. Con la última fase de la retirada de Irak completada, y con la retirada de Afganistán fijada en el horizonte de 2014, ese momento no puede prolongarse mucho más en el tiempo. 

En segundo lugar, Washington no tiene más remedio que aceptar que Irán va a ser la potencia dominante en el Golfo, con poder nuclear o sin él. Con una mayor fuerza demográfica que la península arábiga en su conjunto y con las fuerzas armadas convencionales más poderosas de la región, dispone ahora de una influencia política sin precedentes en los países de su entorno.
La estabilidad de Irak se encuentra, a día de hoy, en manos de Teherán. Esta influencia no debe en absoluto entenderse como una relación entre una potencia y un estado satélite. A fin de cuentas, Irán no es excesivamente popular entre los chiís iraquíes, y la posibilidad de imponer un régimen pro iraní en Bagdad es muy remota. El valor de la influencia reside en que Irán cuenta con los instrumentos para desestabilizar Irak a su voluntad, por lo que el gobierno de Bagdad debe acomodar sus decisiones con los intereses de Irán para evitar problemas. Otra consecuencia derivada de la debilidad de Irak es que la capacidad de los países del Consejo de Cooperación del Golfo para oponerse a Teherán se ve enormemente limitada. 

Un tercer factor, tal vez el más fundamental, es que Teherán y Washington comparten un extraordinario elenco de intereses comunes. Como observó Henry Kissinger, «Hay pocos países en el mundo con los que Estados Unidos tenga menos diferencias y comparta más intereses que con Irán (…) La alianza [con el Sha] refleja unas realidades políticas y estratégicas que no han desaparecido».

1. Estados Unidos lleva más de diez años librando una guerra internacional contra los mismos movimientos terroristas de inspiración wahhabí que Teherán aborrece. La colaboración de Teherán puede ser, además, vital para mantener la estabilidad del gobierno de Karzai e impedir el predominio talibán – pakistaní en Afganistán una vez que Estados Unidos se haya retirado de la región.

2. Ambos comparten intereses en la estabilización de Afganistán, del Cáucaso y de Asia Central, particularmente tras la propuesta de la Secretaria de Estado Hillary Clinton de crear una Nueva Ruta de la Seda para revitalizar la región.

3. En el campo energético, Irán puede ser la llave para desatascar el proyecto Nabucco. El proyecto es de vital importancia para reducir la dependencia energética europea de Moscú, mientras que los ingresos permitirían a Irán acometer la tan necesaria modernización de sus infraestructuras energéticas. Además de Nabucco, Irán puede acercar la energía del Caspio a Asia, superando el escollo geográfico de un itinerario que atraviese Afganistán – suicida para los inversores, y que frena actualmente el desarrollo de muchos proyectos.

4. En el marco de una agenda global con Washington, Irán estaría indudablemente dispuesta a renunciar a su programa nuclear militar. En el fondo, siempre lo ha estado. Irán, dejando a un lado su retórica, tiende a comportarse de un modo conservador, evitando los riesgos. Y en Teherán nunca han querido convertirse en un estado paria como Corea del Norte, excluido de la Comunidad Internacional. Su programa nuclear debe interpretarse como un instrumento en un contexto más amplio: «El programa nuclear iraní» – afirma Mohammed El Baradei«ha sido un medio para obtener un fin. Teherán está decidido a obtener de los demás el reconocimiento como potencia regional y ese reconocimiento, en su manera de ver las cosas, se haya íntimamente vinculado al logro de un gran acuerdo con Occidente. (…) La meta de Irán no es convertirse en una nueva Corea del Norte sino más bien en un Brasil o un Japón; es decir, en un motor tecnológico con capacidad para desarrollar armamento nuclear en caso de que los vientos políticos cambien, mientras que continúa siendo un estado sin armas nucleares en el seno del TNP».

Un acercamiento irano – norteamericano también tendría inconvenientes estratégicos. Mientras que Israel podría acomodarse a la nueva situación – más allá de la retórica y de las bombas atómicas, los intereses de Teherán y Tel Aviv no son tan divergentes – Arabia Saudí quedaría en una situación estratégica comprometida. El problema para Riad es que los tiempos gloriosos en los que Roosevelt se presentaba a buscar al Rey Ibn Saud en su acorazado para tomar el aperitivo son historia. Tras los desencuentros de la última década sobre el doble juego saudí en la Guerra contra el Terror, la disposición de los funcionarios norteamericanos a acomodar a los saudís en las decisiones estratégicas en la región son cada vez menores. Desde un punto de vista energético, la responsabilidad de agasajar a Riad hace tiempo que ya no recae en Washington sino en Pekín. Otro aspecto problemático de la estrategia es la posibilidad de que, rota la política de contención, Irán llegue a acumular demasiado poder a largo plazo. Es por ello que Washington debe complementar el acercamiento a Teherán con un apoyo decidido a Ankara. Con sus ochenta millones de habitantes y su extraordinarias perspectivas de crecimiento, Estados Unidos habría encontrado un excelente candidato para revivir la estrategia de la contención dual en caso de considerarlo necesario.

En vista de los imperativos geoestratégicos de la región y de la amplia agenda de intereses comunes, existe un número considerable de factores racionales que apuntan a que el escenario de un acercamiento entre Washington y Teherán presenta las perspectivas más favorables para la estabilidad de Oriente Medio. Un acuerdo global entre ambos países que trascienda el ámbito nuclear – abordando asuntos como el terrorismo, la energía o la estabilidad de Oriente Medio y de Asia Central – a la vez que reconoce la primacía de Teherán como potencia regional es la opción más racional de las que se encuentran encima de la mesa. Esta opinión es compartida por Henry Kissinger y, junto con él, por otros cuatro ex Secretarios de Estado de Estados Unidos: Colin Powell, Madeleine Albright, Warren Christopher y James Baker. Otras grandes personalidades como Jimmy Carter también se han posicionado a favor de un acercamiento. La opinión de Kissinger adquiere una relevancia especial, habida cuenta de que él fue el arquitecto del acercamiento norteamericano a China, otro ejemplo de cómo un bloqueo histórico puede superarse mediante alianzas inesperadas entre actores cuyas posturas parecían incompatibles en un primer momento. 

Para llevar la estrategia a buen término, los gobiernos de Obama y de Ahmadineyad deberán maniobrar de forma muy cautelosa por las procelosas aguas de la negociación internacional. Existe la posibilidad de que los factores emocionales prevalezcan sobre los factores racionales que aconsejan el acercamiento. Desde una perspectiva psicológica, el peor momento para los Estados Unidos durante la segunda mitad del S. XX fue el episodio de la toma de los rehenes en Teherán, y el régimen iraní es demonizado por ciertos sectores de la sociedad civil norteamericana. El desprecio por los Estados Unidos en Irán se remonta hasta 1953, cuando la Operación Ajax depuso al reformista Mossadegh y colocó como Sha al títere Pahlevi. Aquel fue el momento en el que la sociedad iraní sintió la democracia más de cerca en toda su historia, y el sentimiento de aquellos días aún pervive. Dominique Moisi hablaba de la geopolítica de las emociones: De cómo el miedo, el odio o la desconfianza afectan a las relaciones internacionales…son estas mismas percepciones las que es necesario superar, en ambos países, para lograr un marco de entendimiento sobre el que articular un diálogo más ambicioso y exhaustivo.  Decía Kipling que «Oriente es Oriente y Occidente es Occidente y estos dos mundos no se encuentran jamás». Veremos.

José Lozano Gallardo (Madrid) 



Escrito por José Lozano

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