Infortunios, desventuras y anecdotas curiosas de las Relaciones Internacionales

Pese a la complejidad de sus cálculos racionales, alianzas y equilibrios de poder, la Historia de las Relaciones Internacionales no deja de ser, como diría Ortega y Gassetla Historia de los hombres que las forjaron y de sus circunstancias. En 1690, durante el transcurso de la batalla de Boyne, una bala de mosquete atravesó la hombrera derecha de la armadura de Guillermo III de Orange, el pretendiente protestante a la Corona de Inglaterra. «Menos mal que no pasó más cerca» – declaró el príncipe. «Desde luego», afirma hoy el sociólogo Jack Goldstone, especulando con que si el disparo hubiera impactado unos pocos centímetros más abajo, Inglaterra habría permanecido católica, Francia habría dominado Europa y la Revolución Industrial probablemente no habría tenido lugar.

La Historia de las relaciones Internacionales está repleta de infortunios, desventuras y anécdotas curiosas que revisten la disciplina de un aura de extravagancia. Para algunos autores, su imprevisibilidad confiere a la disciplina una mayor complejidad, alejándola del campo positivista. Para otros, su naturaleza volátil e impredecible tiene un punto romántico, vehemente e irracional. En Passim Blog hemos decidido brindar por aquellas curiosidades históricas que, con mayor o menor incidencia en el devenir de los acontecimientos, han venido a moldear el mundo en el que vivimos.

Los embrutecidos norteamericanos

No resulta ajeno el hecho de que el pueblo norteamericano no tiene muy buena prensa en Europa en lo referente a su amplitud de miras intelectual. No tan conocido, sin embargo, es el origen de semejante afirmación. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, la hipótesis no surgió en la sofisticada y tradicionalmente recelosa Francia, sino en la Alemania nazi. En abril de 1939, con un panorama internacional cada vez más tenso por los movimientos de fronteras en Europa, Franklin Delano Roosevelt envió directamente a Hitler y a Mussolini una carta telegrama en la que, entre otras observaciones, convenía a ambos dictadores a firmar pactos de no agresión que aportaran garantías específicas sobre la seguridad de un grupo de treinta y una naciones europeas y asiáticas por un periodo de diez años. La carta de Roosevelt, sin embargo, no pasó a la Historia de la diplomacia por su meticuloso trabajo de documentación. Por ejemplo, Siria y Palestina, mandatos francés y británico respectivamente, aparecían en la nota como Estados independientes. Mussolini criticó en privado que era ridículo pedir a Italia que firmara acuerdos de no agresión con entidades que no eran soberanas, mientras que Göering le aseguraba que «resultaba difícil obviar la impresión de que el presidente norteamericano estaba mentalmente enfermo». Sin embargo, el privilegio de enviarle una respuesta detallada a Roosevelt corrió por cuenta de Hitler:

Hitler se lo pasó en grande usando el mensaje de Roosevelt para conseguir apoyo popular en uno de sus discursos en el Reichstag. Para hilaridad general, Hitler leyó lentamente la larga lista de países a los que Roosevelt le pedía que dejara tranquilos. Mientras el Fuhrer pronunciaba los nombres de país tras país con un tono de perplejidad, las carcajadas atronaban por todo el Reichstag. Después fue preguntando uno a uno [a los representantes diplomáticos de] los países listados en la nota sobre si se sentían amenazados. – Henry Kissinger, Diplomacy.

Según el historiador David L. Hoggan, el Encargado de Negocios de Estados Unidos, Raymond Geist, describió el discurso como el «estilo informal» de oratoria de Hitler, siendo recibido por la «risa maliciosa» de la audiencia. Maliciosa, según Geist, porque «era a costa del Presidente de Estados Unidos».

«Es la CIA. Cancelen la misión»

Después de haber hecho saltar por los aires las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania en 1998, Osama bin Laden y su red terrorista no tuvieron excesivas dificultades en catapultarse a lo más alto de la agenda política de Washington D.C. Constreñidos por la imposibilidad de operar con boots on the ground en territorio afgano, los analistas de la CIA y del Pentágono se volvieron rápidamente hacia Ahmed Shah Massoud y su guerrilla antitalibán.

La Alianza del Norte en Afganistán

Cuenta Steve Coll que, en el albor del nuevo milenio, Massoud y sus acólitos recibieron un informe de la CIA según el cual el terrorista saudí se encontraría por entonces en el campo de entrenamiento terrorista de Derunta. Una vez que un comando hubo partido hacia la zona, Massoud informó a Langley. Los abogados de la CIA, aterrados, cayeron en la cuenta de que no existía ningún mandato legal que autorizara el uso de la fuerza en Afganistán, y mandaron detener la operación:

La Unidad Bin Laden de Langley envió un mensaje al Panjshir: «Tenéis que abortar la misión. No estamos autorizados a proporcionar inteligencia que pueda ser usada en ataques con cohetes contra bin Laden», adujeron los agentes de la CIA.

De acuerdo con la respuesta del funcionario norteamericano, los ayudantes de Massoud respondieron lo siguiente: «¿Qué creéis que es esto? ¿La 82ª división aerotransportada? Van en mulas. Y ya se han ido.»

«No vamos a sacrificar nuestro sistema de alianzas para que los pequeños países del Este de Europa tengan munición»

Tras los acuerdos de Munich de 1938, la política británica de apaciguamiento con Hitler se había dado de bruces con la realidad. Tras haber estado dos décadas negándose a suscribir obligación defensiva alguna con las democracias liberales, la sombra de un conflicto que parecía inminente llevó a Londres a buscar alianzas a la carrera entre sus socios europeos. En este contexto, el Secretario de Asuntos Exteriores británico, Lord Halifax, instó a la Unión Soviética a llamar a los reservistas y le invitó a «echar una mano en ciertas circunstancias de la manera más conveniente». Sin embargo, el papel que Halifax había ideado para la URSS resulta sorprendente para un país que terminaría soportando la mayor parte de la carga en la guerra contra Hitler:

Lo que Halifax tenía en mente, concretamente, era suministrar municiones, no mover a las tropas rusas más allá de sus fronteras. «No puede pretenderse» – afirmó Neville Chamberlain – «que una alianza tal [con la URSS] sea necesaria para que los pequeños Estados del Este de Europa puedan ser abastecidos con municiones». – Henry Kissinger, Diplomacy.

El perfil bajo que Halifax atribuyó a las fuerzas armadas rusas – debido a las purgas de los altos mandos del Ejército por parte de los bolcheviques y a su derrota militar con el recién creado Estado de Polonia tras la Guerra Civil rusa – enfrió las negociaciones británicas con Stalin y puso a Moscú en la senda de un acuerdo con Alemania, que finalmente se firmaría una semana antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

«Es un movimiento de gamberros»

Nos retrotraemos tres décadas, a la antesala de la Revolución Rusa, para añadir una nueva entrada en los anales de las predicciones políticas más desafortunadas de la Historia. La Emperatriz Alejandra, esposa del zar Nicolás II, se refirió a los primeros disturbios callejeros que a la postre derivarían en la revolución más importante del siglo XX como «un movimiento de gamberros, chicos y chicas jóvenes que van por ahí corriendo y gritando que no tienen pan, sólo para incordiar…si hiciera frío probablemente se quedarían en casa».

Fotograma de la película «Octubre» de Sergei Eisenstein

Finalmente, cuando se produjo la revolución bolchevique el 24 de octubre de 1917, la ausencia de violencia sorprendió a todo el mundo. Como explica Niall Ferguson:

En aquel momento, no pareció que fuera un acontecimiento de grandes consecuencias. De hecho, la mayoría de los heridos se produjeron en la reconstrucción de los hechos para la última película de Sergei Eisenstein, Octubre. Casi nadie esperaba que el nuevo régimen perdurara.

«El número de préstamos aumentará en un 108,2%»

En el apasionante recorrido que realiza Tony Judt por la historia europea más reciente en su obra Postguerra, la obsesión con los objetivos numéricos de los regímenes comunistas del Este de Europa alcanza extremos absolutamente paródicos. Cuenta Judt que el sistema agrícola de la Unión Soviética era tan manifiestamente incapaz de alcanzar los objetivos previstos que los burócratas de Frunze (actualmente Bishkek, en Kirguistán) instaron en 1960 a los campesinos locales a cumplir las arbitrarias e inalcanzables cuotas de producción de mantequilla comprando las existencias de las tiendas locales.

Timothy Garthon Ash aporta otro ejemplo del surrealismo de la planificación centralizada, esta vez en Berlín Este, dónde el Plan Económico popular para el distrito de Prenzlauer Berg establecía que «los depósitos de las bibliotecas pasarían de trescientos cincuenta mil a cuatrocientos mil volúmenes» mientras que «el número de préstamos aumentaría en un 108,2%».

Pese a la manifiesta disfuncionalidad de las políticas económicas planificadas en toda la esfera comunista, el corolario de la insensatez cobró vida con las políticas de Ceaucescu en Rumanía, donde el comunismo, según Judt, «había dejado de ser un leninsmo nacional para convertirse en una especie de satrapía neoestalinista, dónde un complejo entramado de nepotismo y de ineficacia se sustentaba en las actividades de una omnímoda policía secreta». Enfrentada a una notable caída de las exportaciones por falta de demanda internacional, Bucarest rechazó a principios de los ochenta la senda del constante endeudamiento seguida por sus socios comunistas, optando por devolver por completo su ingente deuda pública aún a costa de llevar a su población a la penuria.

El Conducator rumano se propuso exportar cualquier materia prima que se generara dentro del país. Los rumanos se vieron obligados a utilizar bombillas de cuarenta vatios en casa, siempre que hubiera electricidad, para poder exportar energía a Italia y Alemania. La carne, el azúcar, la harina, la mantequilla y muchos otros productos estaban estrictamente racionados. [...] La utilización del petróleo se redujo al mínimo: en 1986 se puso en marcha un programa de cría de caballos para sustituir a los vehículos a motor. Los carruajes se convirtieron en el principal medio de transporte y la cosecha se hacía con hoz y guadaña.

El Palacio del Pueblo

A nivel más personal, la obsesión de Ceaucescu por la homogeneidad y la grandiosidad llegó a superar hasta las ambiciones de Stalin. Algunos de los apelativos para referirse al dirigente fueron el Arquitecto, el Forjador del Credo, el Sabio Timonel, el Mástil más Alto, el Nimbo de la Victoria, el Visionario, el Titán, el Hijo del Sol, el Danubio Mental y el Hijo de los Cárpatos.

El comunismo rumano se instaló precariamente entre la brutalidad y el ridículo, había retratos del líder por todas partes y se le glosaba con ditirambos que habrían avergonzado al mismo Kim il-Sung. En 1989 Ceaucescu fue reelegido secretario general del partido comunista tras sesenta y siete ovaciones en pie. Sin embargo, los mayores esfuerzos de abrillantamiento se realizaron en la capital del país, para la que se proyectó una remodelación imperial – afortunadamente abortada por la revolución de 1989 – sin precedentes desde la época de Nerón. Un distrito histórico del centro de Bucarest, de tamaño similar a Venecia, fue totalmente arrasado para construir un nuevo Palacio del Pueblo y el Bulevar de la Victoria del Socialismo. Como cuenta Judt:

El palacio del Pueblo, diseñado por un arquitecto de veinticinco años para ser la residencia personal de Ceaucescu, era indescriptible e irrepetiblemente feo, incluso en comparación con otros similares. Grotesco, cruel y de mal gusto, era sobre todo grande (tres veces más que Versalles). Con un enorme espacio delantero semicircular que podía albergar a medio millón de personas y un vestíbulo del tamaño de un campo de fútbol, el palacio de Ceaucescu era, y sigue siendo, una monstruosa y lapidaria metáfora de una tiranía sin límites, la muy peculiar contribución de Rumanía al urbanismo totalitario.

Sagan, Bagration y los contubernios político-eróticos del Congreso de Viena

Sede de conferencias que aglutinarían a la flor y nata de la aristocracia política europea durante más de diez meses, la atmósfera social del Congreso de Viena (1814-1815) no tardó en adquirir tintes de burdel de dudosa reputación. Como contaba un oficial ruso de la época, «Es imposible, al hablar de las buenas y malas características de los vieneses, no mencionar la increíble depravación de las mujeres de clase baja. Uno encuentra víctimas de las mismas en grandes cantidades, a cada paso que da. Entre ellas incluso hay niñas no mayores de 14 años, hijas de trabajadores vieneses». Señoritas, meretrices y doncellas de las clases sociales más bajas prestaban sus servicios de manera informal, mientras que las mujeres poderosas organizaban los salons, reuniendo a las más destacadas personalidades.

El zar Alejandro I

En Viena, dos poderosas madames pugnaban por la supremacía erótico-social: la alemana Guillermina, duquesa de Sagan, y la princesa Bagration, de nacionalidad rusa. Sagan era amante de Metternich, con quien mantuvo una relación de meses, actuando asimismo como confidente en asuntos políticos y diplomáticos. Bagration, por su parte, estaba vinculada con el zar Alejandro I. Ambas eran extraordinariamente promíscuas. En palabras del diplomático británico Christopher Meyer:

Los enredos sexuales a este nivel terminan siendo políticos. Sagan y Bagration se hospedaban en el mismo edificio, y la historia cuenta que el Zar Alejandro subió un día las escaleras y llamó no a la puerta de Bagration sino a la de Sagan. Ella le dejó entrar. Poco después el asunto era la comidilla de Viena. La humillación hacia Metternich no era solo personal, sino política. Él, junto con Castlereagh, era el principal oponente de la petición rusa de anexión de Polonia.

El zar Alejandro, no contento con su reciente «conquista», decidió afrontar nuevos retos:

En uno de los bailes, se abalanzó sobre la Condesa Szechenyi cuando su marido estaba bailando por otro lado. El Zar le habló sobre la ausencia del Conde, confesándole que “sería un gran placer ocupar su lugar por un tiempo”. La Condesa le replicó con un “¿Acaso cree que soy una provincia a invadir?”. En dicho contexto, tuvo que ser todo un reto el mantener la creencia en el derecho divino de los monarcas.

En Passim Blog seguiremos repasando anécdotas y curiosidades similares en futuras entradas. Les animamos a enviarnos sus sugerencias o propuestas a nuestro correo electrónico info@passimblog.com.

José Lozano Gallardo. Madrid

Escrito por José Lozano

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