El imperio de la subpolítica (y Kony2012)

Durante el transcurso de sus campañas europeas, Napoleón afirmó célebremente que «Dios está siempre del lado de los grandes batallones». Sin embargo, «en la Era de la Información» – afirma Joseph Nye – «las estrategias de comunicación son cada vez más importantes, y los resultados se determinan no solo por qué ejército gana sino por qué historia gana». Si Bonaparte, haciendo gala de su característica lucidez, hubiera podido contemplar el desarrollo de la guerra de Crimea (1853-1856), habría advertido las primeras manifestaciones, aún débiles, del fenómeno al que alude el académico norteamericano: la importancia de la legitimidad.

Joseph Pulitzer, director del New York World, y William Randolph Hearst, director del New York Journal, pugnan sobre el creciente papel de los medios de comunicación como instrumento para legitimar los conflictos.

La batalla por la legitimidad

Más allá de haber remachado con firmeza los clavos en el ataúd de la Europa de los Congresos, la guerra de Crimea pasaría a la Historia por haber sido el primer conflicto bélico transmitido puntualmente a la opinión pública. La invención del telégrafo, tres años antes del inicio de las hostilidades, permitió que los diarios de Londres difundieran información del frente en un lapso de cuarenta y ocho horas. Fue, por tanto, la primera vez que la opinión pública tenía conocimiento puntual de los aconteceres de un conflicto bélico. Las decisiones británicas en la guerra fueron desafortunadas y generaron un gran escándalo en Londres, que desembocó en la destitución del general William Fenwick. Por vez primera, las nuevas tecnologías permitieron que la opinión pública influyera, desde sus hogares, en el desenlace de un conflicto.

La legitimidad es la creencia generalizada de que un actor o una acción son correctos. Hasta entonces, los Estados siempre habían ostentado el monopolio de la información y, por tanto, de la legitimidad. En la Francia restaurada, ningún gobernante en su sano juicio se habría siquiera planteado demandar el consentimiento a los franceses para enviar a cien mil jóvenes a España con objeto de deponer a un régimen republicano y liberal por el que tanto habían luchado en la propia Francia. La raison d’État, el primer mandamiento del Estado moderno desde tiempos de Richelieu, se imponía en las conciencias colectivas sin ser cuestionada.

Sin embargo, a partir de entonces, el desarrollo progresivo de las nuevas tecnologías de la información estaba favoreciendo un lento pero constante empoderamiento de la sociedad civil. El poder de los gobiernos para definir las normas, configurar los asuntos y establecer las agendas se iba erosionando década tras década, y sus principales síntomas se manifestaban con cada nuevo conflicto bélico. El gobierno se veía obligado a recurrir a la manipulación, y las tensiones entre políticos, militares e informadores llegaron a un punto álgido durante la guerra de Vietnam.

Fotograma del film «Buenas noches y buena suerte», que refleja el conflicto entre la prensa y el poder

Hasta entonces, la percepción de los periodistas por parte de los militares era positiva, pues entendían que su objetividad estaba subordinada a los intereses de su país. La amplia cobertura con la que fueron difundidos los principales errores norteamericanos en las cabeceras de Nueva York, Washington o Los Ángeles demostró que el Estado debía competir con otros actores en su pugna por la legitimidad. Para Raymond Aron, este creciente apoderamiento de la información por parte de actores no estatales rompió, a partir de Vietnam, con la lógica de la negociación y de la guerra propia de las instituciones político-diplomáticas tradicionales. A partir de entonces, el Síndrome de Vietnam o, más recientemente, el Síndrome de Somalia, serían factores que condicionarían la política exterior norteamericana de un modo impensable décadas atrás. Como afirmó Marshall McLuhan:

«La televisión llevó la brutalidad de la guerra al confort de nuestro salón. La guerra de Vietnam se perdió en los salones de Estados Unidos, no en los campos de batalla de Vietnam»

Cuando Peter Arnett, enviado especial de la CNN para cubrir la Guerra del Golfo, se personó en Bagdad con un baúl de trescientos kilos que le permitía transmitir en real time, inaugurando de este modo la denominada Guerra en directo, sólo estaba dando un paso más en la misma dirección. El denominado «efecto CNN» contribuyó a la superación del espacio y del tiempo a nivel informativo y revolucionó radicalmente los espacios de interacción entre los ciudadanos y el poder. De acuerdo con el profesor Viggo Jakobsen:

«La secuencia causal del efecto CNN suele ser como sigue: los medios (impresos y televisivos) dan cobertura al sufrimiento y las atrocidades: los periodistas y los líderes de opinión exigen que los gobiernos occidentales “hagan algo”; la presión (pública) se vuelve insoportable, y los gobiernos occidentales hacen algo»

Viñeta de Tony Burman para TED sobre el rol fundamental de Al Jazeera en la Primavera Árabe

Progresivamente, fueron surgiendo nuevos instrumentos que, de la mano de las nuevas tecnologías, reforzaban el empoderamiento de la sociedad civil a la vez que erosionaban el poder del Estado para influir sobre la opinión pública. Internet, los weblogs, el teléfono móvil, la tableta, las redes sociales o las grandes cadenas globales como Al Jazeera, han seguido profundizando en este fenómeno y han contribuido decisivamente a cuestionar a las instituciones de poder tradicional.

Organización social

No sería el camino hacia la legitimidad el único legado de carácter revolucionario que las guerras del siglo XIX representarían para la sociedad civil. Solo tres años después de la guerra de Crimea, la extrema crudeza de la batalla de Solferino despertó en Henry Dunant un sentimiento de solidaridad cosmopolita al contemplar un valle desolado, cubierto con treinta y ocho mil soldados desamparados de ambos bandos y de múltiples nacionalidades, yaciendo agonizantes en espera de lo inevitable.

Batalla de Solferino, 1859

El impacto de aquella escena llevó a Dunant a crear la Cruz Roja Internacional, primera entidad trasnacional compuesta íntegramente por la sociedad civil, desatada de toda ligadura fronteriza, soberana o nacional, de naturaleza solidaria y con vocación enteramente cosmopolita. Su creación actuó como catalizador de un segundo fenómeno que moldeará a la sociedad civil a partir de entonces: la organización.

Gradualmente, la sociedad civil fue construyendo sus propios espacios organizados de actuación. La creciente proliferación de actores trasnacionales privados participaba cada vez más activamente en el reparto y ejercicio del poder. Las empresas, fundaciones, aseguradoras y medios de comunicación nacionales de la I Globalización darían lugar, de la mano de la evolución tecnológica y de la información, a las grandes multinacionales, agencias de rating, ONG, medios, mafias, lobbies y movimientos sociales globales de la II Globalización, que competirían con los Estados por el poder y la influencia.

Cuando Greenpeace decide, en 1995, exigir a Shell el desmantelamiento de una plataforma petrolífera en el Atlántico, para más adelante intentar impedir – con éxito – que Francia reanudara sus ensayos nucleares en el Pacífico, muchos preguntaron entonces

«si el hecho de que un actor no autorizado como Greenpeace practicara su propia política interior mundial sin atender a soberanías nacionales o normas diplomáticas no suponía» – afirma Ulrich Beck«el fin de ciertas reglas fundamentales de la política (exterior)»

Desequilibrios en el sistema

El problema fundamental es que estas críticas pasaban por alto que el boicot de la sociedad civil, movilizada en todo el mundo por la difusión mediática de las protestas, más que suponer un atentado contra un orden político percibido como legítimo, puso en evidencia el vacío de legitimación y de poder del mismo. Greenpeace, como el movimiento Occupy Wall Street o como la campaña de Kony2012, no son más que manifestaciones del desequilibrio existente entre una sociedad civil cosmopolita – con inquietudes, conciencias y problemas planetarios – y unas instituciones políticas de base estatal o (crecientemente) interestatal, con estructuras anacrónicas, disfuncionales e incapaces de lidiar eficazmente con los problemas globales.

Durante los últimos dos siglos, la sociedad civil ha vivido un proceso de transformación en virtud del cual la creciente legitimidad y organización le ha permitido trascender las limitaciones de las fronteras nacionales y configurarse como una ciudadanía verdaderamente global o cosmopolita. Sin embargo, las instituciones de gobernanza global no han vivido un proceso de evolución equivalente y continúan compartimentadas en fronteras y orientadas por principios anacrónicos como el equilibrio de poder, la raison d’État o el sistema de organización político estatal, que sienta sus raíces nada menos que en 1648. Mientras que la sociedad civil afronta problemas globales como los desequilibrios financieros, el cambio climático, los conflictos regionales de baja intensidad, el narcotráfico, la piratería o el terrorismo internacional, las estructuras de gobernanza internacional deben articular su respuesta en base a un sistema de seguridad colectiva concebido en 1945, cuya inoperancia ha sido descrita por un realista como Henry Kissinger en estos términos:

«Sólo cuando una amenaza es realmente abrumadora y afecta a todas o a la mayoría de las sociedades es posible un consenso. Pero en la gran mayoría de los casos – y en la práctica totalidad de los casos complicados – las naciones del mundo suelen estar en desacuerdo bien sobre la naturaleza de la amenaza o bien sobre el tipo de sacrificio que están dispuestos a asumir para afrontarla. […] Y cuando se trata de conseguir objetivos inciertos o de remediar las injusticias percibidas, el consenso global ha demostrado ser aún más complicado de obtener».

Las instituciones políticas tradicionales han fracasado. En materia de derechos humanos, no han sabido articular un sistema de seguridad colectiva que prime la seguridad humana sobre la seguridad nacional, sirvan millones de ruandeses, somalíes o camboyanos, relegados entonces al rincón oscuro de las agendas, como evidencia. Como afirma Paul Kennedy:

Mientras que en la Conferencia Mundial de Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos de Viena «los discursos habían versado sobre la soberanía del estado frente a los derechos universales o individuales, [...] las violaciones las estaban cometiendo grupos que jamás estuvieron en Viena, que ni siquiera sabían dónde estaba y que probablemente nunca acudirían a una conferencia patrocinada por la ONU. Los señores de la guerra, los líderes étnicos, los cárteles ilegales del narcotráfico y los movimientos terroristas no tenían ningún interés por el estado, salvo para que fuera débil. Los derechos humanos no podían promoverse sin más a consecuencia de declaraciones realizadas en conferencias mundiales de la ONU.»

Tampoco han sabido gestionar el problema del cambio climático, con consecuencias ya irreparables y que se dejarán sentir en todos los rincones del planeta, con independencia de fronteras y soberanías. No han podido articular un orden financiero internacional estable porque no están preparadas para controlar unos desequilibrios que, además, ellas mismas contribuyen a provocar. No han sabido hacer frente al terrorismo internacional, primando un enfoque unilateral sobre planteamientos de seguridad más integradores. Las viejas instituciones de la Primera Modernidad no han estado, en definitiva, a la altura de los desafíos de la época contemporánea.

El nacimiento de la subpolítica

Es este desequilibrio existente entre problemas globales y soluciones estatales, esta creciente disfuncionalidad de los centros de poder, la que ha sido identificada por una sociedad civil global que, indignada, se ha lanzado a construir su propio espacio político cosmopolita: el mundo de la subpolítica.

La subpolítica es el proceso por el que los actores trasnacionales ponen en cuestión el orden político de base estatal y buscan su propio espacio político al margen de las instituciones representativas encargadas de la formación de la voluntad. Se caracteriza porque:

1. Implica el desacoplamiento entre política y gobierno y, lo que es más importante, entre el gobierno y la sociedad civil. Esta última, al percibir al gobierno como disfuncional, «rompe» – metafóricamente hablando – el «contrato social» y busca una participación política directa, individual y al margen de las instituciones.

2. Es alegal o, en ocasiones, rompe con la legalidad existente.

3. Configura un espacio político mundial abierto y accesible que trasciende las fronteras para defender aquello comúnmente percibido como injusto.

4. Contribuye a reforzar el vínculo entre la sociedad civil y su entorno, ejerciendo presión sobre las instituciones tradicionales y modificando su comportamiento mediante la interacción.

5. Erosiona los cimientos de la democracia representativa, permitiendo que los ciudadanos puedan participar directamente en las decisiones políticas.

6. Se sirve de las nuevas tecnologías para facilitar la transmisibilidad de un mensaje que, por otra parte, requiere de símbolos simplificadores y llamativos, capaces de revelar el carácter estructural de los problemas a la vez que incitan a la acción – con mayor éxito cuanto más fácil sea su comprensión, menos costes acarreen las acciones públicas de protesta y más contribuya a limpiar las conciencias.

7. Sus campañas y tentativas de influir en la opinión pública suelen originarse desde abajo, generando incomodidad o abierta hostilidad por parte de las instituciones tradicionales, a las cuales usurpan parte de su espacio político.

El papel de Kony2012

Las protestas coordinadas contra la guerra de Irak, el movimiento internacional de los indignados, Anonymous o la Primavera Árabe pueden considerarse, en grados variables, manifestaciones de la sociedad civil en el ámbito de la subpolítica. La campaña Kony2012, de Invisible Children, no deja de ser un paso adelante en la misma dirección. El movimiento persigue la notoriedad pública del guerrillero Joseph Kony, líder del LRA (Ejército de Resistencia del Señor), con objeto de forzar la agenda mediática y política para favorecer la detención y el procesamiento judicial que reclama, desde hace años, la Corte Penal Internacional.

Viñeta de Jaime Fernández Blanco-Inclán para Passim Blog

Los presupuestos de base que sustentan la campaña Kony2012 se alinean decididamente con los principios rectores de la subpolítica: La sociedad civil, una vez organizada y legitimada, percibe un desequilibrio – la incapacidad de las instituciones políticas tradicionales para articular un sistema de seguridad colectiva universal, que observe la seguridad humana y que obligue a los criminales a responder por sus actos ante la Justicia – y decide actuar, con los recursos a su alcance, en el ámbito de la subpolítica. Su objetivo no es y nunca ha sido otro más allá de concienciar a la opinión pública mundial sobre un problema que mayoritariamente desconocía y forzar, mediante la presión popular, una reacción por parte de las instituciones de poder. Y, en este sentido, la espectacular acogida popular de la campaña ha constituido un éxito sin precedentes.

Por un lado, Kony2012 ha construido su legitimidad en base a un referente que goza de reconocimiento y prestigio internacional, como la Corte Penal Internacional. Huye, de este modo, de la atribución de un juicio moral mediante el binomio maniqueísta del blanco y el negro, tan peligrosa en este tipo de iniciativas. Es el respaldo de la Corte, y no la innegable manipulación emocional, lo que legitima el mensaje de que Kony es un criminal y de que merece ser juzgado.

En segundo lugar, la iniciativa, pese a su indispensable simplicidad, y tal vez debido precisamente a ella, permite galvanizar la atención de los ciudadanos – pero también, no lo olvidemos, de los medios de comunicación y de la agenda política – generando un debate global que repercutirá en una ciudadanía mejor formada y más informada. Es una puerta de entrada para aprender más sobre el conflicto y sus antecedentes. Como afirma Eric Johnson, «Más americanos – sobre todo jóvenes americanos – han conocido al LRA por medio de Invisible Children que debido al Banco Mundial, a las Naciones Unidas o a otras organizaciones internacionales».

Pero el éxito de la campaña debe medirse en relación con sus objetivos. En este sentido, el Director de la Oficina Regional de la ONU para África Central, Abou Moussa, ha afirmado que el interés internacional en Kony ha sido «útil, muy importante» para la decisión de enviar cinco mil efectivos de la Unión Africana a la región en la que éste opera con el único objetivo de capturarlo y ponerlo a disposición de la justicia. La sociedad civil, agrupada en torno a la iniciativa de Invisible Children, ha conseguido, según Matthew Green «más con su vídeo de treinta minutos que batallones de diplomáticos, trabajadores de ONG y periodistas desde que comenzó el conflicto hace veintiséis años». Ese es el poder de la subpolítica. Su importancia será tanto más creciente cuanto más amplio se perciba el desequilibrio entre los problemas globales que afronta la sociedad y la capacidad de las instituciones para afrontarlos eficazmente. Y aumentarán las presiones a favor de un escenario internacional más integrado. «Entretanto» – afirma Paul Kennedy«los Estados miembros [del sistema internacional], sobre todo los más grandes, resistirán hasta que, quizá, la pura necesidad los obligue incluso a reflexionar sobre ello»

José Lozano Gallardo (Madrid).          

Jaime Fernández Blanco-Inclán (Madrid) es el autor de la viñeta política. Pueden seguirle en su blog.

Escrito por José Lozano

Etiquetas: , , , , , , , , ,