La “nueva Ucrania” y su construcción nacional

Abel Riu

Mucho ha llovido desde que el pasado 21 de noviembre el expresidente Yanukovich anunciara la retirada de Ucrania de la firma del Acuerdo de Asociación con la UE. Más allá de la pugna geopolítica y del vuelco que ha dado el país hacia occidente desde entonces, a nivel de nation-building los acontecimientos de los últimos meses han sido lo más trascendente que ha sucedido en Ucrania desde su independencia en 1991, habiendo sido catalogado por algunos autores como “el fin del post-Sovietismo” en aquel país.

Con la excepción de algunas regiones del oeste, desde su nacimiento como Estado independiente, Ucrania se ha caracterizado por contar con una identidad nacional débil, poco definida, una sociedad muy atomizada y bastante variable a nivel identitario en función de la región. La única lengua oficial a nivel estatal es el ucraniano pero en el plano social el ruso se sigue utilizando tanto o más, sobre todo en las grandes ciudades. En la práctica, dentro del imaginario colectivo patrio, se han seguido mezclando elementos autóctonos, rusos y soviéticos, fruto de una historia muy compleja, en un territorio que en los últimos 100 años ha sufrido cuatro cambios de fronteras y ha sido parte -total o parcialmente- de siete Estados distintos.

Raphaël Vinot. Leyenda: Estatua de Ki, Shchek y Joriv -fundadores de Kiev según la mitología local- decorada con banderas ucranianas y una pancarta reclamando "Lustración".

Estatua de Ki, Shchek y Joriv -fundadores de Kiev según la mitología local- decorada con banderas ucranianas y una pancarta reclamando “Lustración”. Raphaël Vinot / CC

En 23 años de historia independiente las autoridades del país no han sido capaces de construir un consenso que defina qué símbolos integran la nación ucraniana contemporánea. La compleja realidad étnica y cultural que caracteriza el país nunca ha terminado de encajar con la narrativa histórica oficial. Lo que no ofende a unos ofende a otros, y los pocos pasos que se han dado en un sentido u otro han sido rápidamente derogados o han provocado reacciones de protesta dentro y fuera del parlamento. Con excepción de Svoboda o la desaparecida Nasha Ukraina, hasta hace poco los principales partidos políticos ucranianos intentaban pasar de puntillas sobre el tema de la identidad nacional -aparte de la retórica electoralista de personajes como Y. Timoshenko o O. Lyashko-, con el fin de no perder votos en ninguna de las orillas del rio Dneper (especialmente en la oriental). A su vez, más allá de cuestiones simbólicas, durante las dos últimas décadas la sociedad ucraniana se ha caracterizado en términos generales por su bajo nivel de confianza interpersonal, por una importante apatía y pasividad políticas, y por una escasa o nula participación en organizaciones políticas y sociales, en el contexto de un sistema político extremadamente corrupto con el cual el nivel de identificación de la población era bastante reducido.

Todo esto ha volado por los aires, y lo cierto es que los acontecimientos de los últimos ocho meses han marcado un antes y un después, habiendo significado para muchos el nacimiento de una “nueva Ucrania”. A raíz del Euromaidan ha surgido un microcosmos de nuevos símbolos y héroes, entre los cuales destacan los “Cien del Cielo” (Небесна сотня) nombre conmemorativo que reciben los manifestantes –pacíficos o armados- muertos durante las protestas y los disturbios de principios de año. Con ello se hace referencia sobre todo a los asesinados durante la matanza del 21 de Febrero en la calle Institutska de Kiev, aparentemente a manos de fuerzas gubernamentales pero cuya autoría sigue todavía por determinar. A lo largo del país, en numerosas calles ya se han dado cambios de nombres, en muchas ocasiones en perjuicio de nomenclatura en honor a líderes soviéticos como Vladimir Lenin. Otro elemento que ha entrado con fuerza en el nuevo imaginario colectivo es la idea de Люстрація (“Lustración”), la cual hace referencia a la necesidad de “limpiar” el Estado y la sociedad de las prácticas corruptas. Por otra parte, durante los últimos meses se ha extendido masivamente el uso de los colores azul y amarillo de la bandera ucraniana, así como el himno nacional. También se han normalizado cánticos y esloganes ultranacionalistas como “¿Gloria a Ucrania! ¡gloria a los héroes!”, “Ucrania ¡por encima de todo!” o “¡Gloria a la nación! ¿muerte a los enemigos!” de origen un tanto oscuro y que antaño se asociaban exclusivamente al Ejército Patriótico Ucraniano del colaboracionista nazi Stephan Bandera.

La anexión de Crimea, la explosión del Donbáss y lo que muchos consideran la amenaza rusa han causado un gran impacto social, generándose un creciente rechazo a todo aquello que tenga que ver con Rusia e incluso la Unión Soviética o el comunismo (del mismo modo que sucede en países como Letonia, Estonia o Polonia). Estos y otros muchos aspectos están sirviendo para trazar una nueva identidad nacional y comunidad política, con incidencia fundamentalmente en los jóvenes y en las poblaciones del centro y oeste del país. Pese a que ni mucho menos todos los ucranianos se sienten representados por esta amalgama de elementos identitarios recientes y antiguos, las nuevas autoridades los han hecho suyos como factor legitimador.

Los datos hablan por si solos. En marzo de 2013, el porcentaje de ucranianos que tenía una visión positiva de la URSS era del 41%, contra un 44%. En solo un año, los nostálgicos han caído hasta el 33%, mientras que la visión negativa de la Unión Soviética se ha incrementado hasta el 49%, con una diferencia que ha pasado de 3 a 16 puntos. En la misma línea, la percepción positiva de Rusia entre los ucranianos ha caído del 85% en noviembre de 2013 al 52% en mayo del presente año, una caída de 33 puntos porcentuales con la que se ha alcanzado el mínimo histórico, cifra que probablemente haya seguido cayendo tras la escalada del conflicto en el Donbáss.

Desde mediados de 2012 hasta abril de 2014 también ha descendido la popularidad de personajes históricos que hacen referencia a la historia compartida con Rusia -Pedro I el Grande ha pasado del 59% al 40% y Iósif Stalin del 24% al 20%- mientras que el líder ultranacionalista Stephan Bandera ha incrementado su popularidad, pasando del 22% al 31%.

Si los Cien del Cielo son los “héroes” de la “nueva Ucrania”, el antihéroe tiene un nombre y  apellido claros: Vladimir Putin. El odio creciente de muchos ucranianos hacia el presidente ruso ha ejercido de elemento cohesionador, habiendo aflorado infinidad de cánticos, lemas, carteles y merchandising de toda índole con un tema común: la crítica, burla o insulto contra Putin. Los datos son en este caso todavía más contundentes, y si en octubre de 2013 el presidente ruso contaba con un apoyo mayoritario entre los ucranianos (47%, contra un 40% de rechazo), en abril este había caído hasta el 16%. Una tendencia que se ha dado incluso en la mayor parte de las regiones sud-orientales a excepción del Donbáss, en donde su popularidad se ha reforzado ligeramente.

Putin Ucrania

Estudio realizado por el Grupo de Estudios Sociológicos “Rating” (Verde: visión positiva de Putin, Rojo: visión negativa, Gris: NS/NC)

Euromaidan es y ha sido en cierto modo un proceso acelerado de nation-building de abajo hacia arriba. Los acontecimientos de los últimos meses han generado una explosión de la sociedad civil organizada en Ucrania (especialmente en el centro y oeste del país), con un notable fortalecimiento de los vínculos colectivos y del capital social. Paralelamente, se ha producido un proceso de radicalización política de parte de la sociedad, con un incremento del nacionalismo y del extremismo. Así lo muestra la encuesta del Instituto Internacional de Sociología de Kiev realizado a finales de junio según la cual de producirse elecciones parlamentarias las organizaciones radicales antirusas y de extrema derecha obtendrían más del 30% de los votos. En un clima de máxima tensión interna y externa, esta revolución identitaria se ha producido de manera traumática, arrastrando al país a una espiral de “o conmigo o contra mí”. Episodios como la matanza de Odesa del pasado 2 de Mayo -en el que en torno a cuarenta activistas prorusos murieron en un incendio ocasionado por una masa enfurecida de manifestantes nacionalistas (muchos de ellos de extrema derecha)- o las agresiones a miembros del Partido Comunista Ucraniano y los asaltos e incendios de algunas de sus sedes son prueba de ello. No se trata pues de una persecución étnica -como ocurriera durante la II GM en el oeste del país- sino por inclinación política, en el contexto de una construcción identitaria muy politizada que a su vez ha sido promocionada a nivel interno por ciertos sectores oligárquicos. Pero esa ya es otra historia…

Abel Riu. Politólogo por la UB, Máster en Política y Estudios Internacionales por la Universidad de Uppsala y consultor independiente.

Escrito por Firmas Invitadas

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