Los Trump transnacionales o la enmienda a la globalización

Su flequillo rubio, sus dientes inmaculados, su colección de exabruptos y el temor generalizado a que termine ganando las primarias republicanas. Donald J. Trump es ya ‘uno más’, se ha convertido en un actor político que ha transformado la imagen cómica que desprendía cuando anunció su intención de presentarse a las primarias del GOP (Grand Old Party, como se conoce al Partido Republicano), cuando nadie daba un duro por él, en una amenaza nacional y global que ha puesto en jaque al establishment del partido de Lincoln, Reagan o Eisenhower.

Trump ha conseguido juntar una coalición de votantes blancos, rurales y con bajo nivel educativo con una característica común: son los perdedores de la globalización, los que ni entienden ni asumen los cambios demográficos que se están produciendo en su país y los que mucho menos aceptan la transformación económica que representan Silicon Valley, la Gran Manzana o la sede de Snapchat en Venice Beach, Los Ángeles. Para ellos todo este proceso solo significa empobrecimiento e inmigración que les quita sus trabajos. Y que, para más inri, dejan irreconocible el país que heredaron de sus abuelos. El ‘again’ del ‘Make America Great Again’, su eslogan de campaña, es la clave que articula todo lo demás. América ya no es lugar que ustedes conocieron, parece decir Trump. Todos estos cambios, cacareados por los medios al servicio de los poderosos, no significan otra cosa que su empobrecimiento y el final de la vida como la conocieron. Volver a hacer de América un lugar genial significa echar el freno, volver atrás y acabar con la transformación de las comunidades de siempre, contaminadas por personas con lenguas extrañas, valores ajenos y maneras de vivir diferentes.

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Sus seguidores se parecen mucho a los de los otros Trump transnacionales que van apareciendo en Europa. También a lo que representa otro campeón del nacionalismo como Vladimir Putin, por quien Trump ha expresado admiración y respeto. ‘He’s running his country, and at least he’s a leader’, llegó a decir Trump sobre Putin. ‘Todo lo contrario de lo que tenemos en nuestro país’, añadía.

El discurso de Trump engancha con el discurso de gran parte de las fuerzas emergentes europeas, desde el Frente Nacional de Marine Le Pen hasta el UKIP de Nigel Farage, pasando por los gobiernos polaco y húngaro y por partidos como Syriza, Podemos, el Partido de la Libertad holandés, el Partido del Pueblo Danés, la Liga Norte italiana, el Partido de los Demócratas Suecos, los independentistas flamencos Vlaams Belang de Bélgica o el Partido de la Libertad austriaco. Parten de posiciones ideológicas totalmente diferentes, y tampoco pueden equipararse los unos con los otros, pero todos tienen un elemento discursivo transversal común. Sus postulados giran en torno a la recuperación de la maltrecha soberanía nacional. Su éxito, como el de Trump o el de Putin –reforzado con un 80% de popularidad entre los rusos–, se basa en un mensaje nacionalista claro dirigido a las clases medias empobrecidas que saben que son las grandes perdedoras de la globalización.

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Trump, Le Pen, Putin, Iglesias o Tsipras comparten su enmienda a la globalización. Una enmienda que necesita de la soberanía nacional como justificación para multiplicar sus poderes ejecutivos una vez llegados al poder. Era un nicho de mercado vacío, multiplicado exponencialmente por la crisis económica, convertida ya en política precisamente al empezar a movilizar a los perdedores. Lo peor de Trump, un magnate con un enorme olfato que ha encontrado su nicho de mercado precisamente ahí, es el uso indiscriminado de los sentimientos más bajos, más miserables y peligrosos de los segmentos sociales enfadados y cansados de perder. Preguntados por la principal razón para votar a Trump tras el supermartes, los republicanos afirmaron que lo que más valoraban era que ‘decía las cosas como eran’. La portavocía de ‘la mayoría silenciosa’, la oposición a la dictadura de lo políticamente correcto, sirve como excusa para el uso del odio, la ira y el miedo. Y recuerda demasiado al camino que describía el maestro Yoda para transitar al lado oscuro. Mira que a mí me gusta, pero ya saben: ‘el miedo es el camino hacia el lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento’.

No es la primera vez que pasa, aunque las comparaciones parecen bastante fuera de lugar. Pero el pasado siempre ofrece lecciones interesantes. La consecución de los acontecimientos puede sonar ligeramente familiar. Una gran crisis, donde pagan los que siempre pagan, seguida por una explosión de totalitarismos nacionalistas que todo el mundo miraba con curiosidad. El primer artículo del New York Times sobre el ascenso de Hitler, en 1922, da algunas pistas: ‘su antisemitismo no es ni tan violento ni tan genuino como suena’. La gran esperanza respecto a Trump, si es que consiguiera finalmente la nominación del Partido Republicano, es que perdiera a manos de Hillary Clinton. Y si no perdiera, se dice, se encontrará con que el ejercicio del poder centrará sus postulados políticos. Seguramente sea cierto. Los años 10 del siglo XXI no son los años 20 del siglo XX. Pero duele ver cómo se prende la mecha. Cada elección europea nos sorprende con algún partido extremista, siempre minoritario, pero con capacidad de influencia en la política nacional y, sobre todo, en las grandes fuerzas políticas que componen los gobiernos.

 

El roto que está haciendo Donald Trump al GOP no se remienda solo bloqueando su nominación. Ojalá terminara ganando John Kasich, gobernador centrista de Ohio, o Marco Rubio, senador por Florida e hijo predilecto del establishment del partido; pero no tiene pinta. La alternativa a Trump, hoy, parece Ted Cruz; un ultraconservador con un marcado y profundo carácter religioso al que nadie traga en Washington.

LA DECADENCIA DEL GOP

Pero al César lo que es del César. Las causas socioeconómicas que explican el fenómeno Trump existen, y además no son únicas de Estados Unidos. Pero Trump también se beneficia de un largo proceso de decadencia intelectual del Partido Republicano. El GOP ya vio el ascenso del llamado Tea Party y no ha sido capaz, desde 2008, de adaptar su discurso a la realidad demográfica y social estadounidense. Es difícil ganar solo con blancos. Acordémonos de que John McCain, el primer rival de Barack Obama –y, por lo demás, un buen candidato– eligió como vicepresidenta a Sarah Palin, un estrambótico personaje que dejó algunos de los mejores momentos de la antología del ridículo en la política americana. Palin, que por cierto, hoy apoya a Trump. El propio Mitt Romney –otro buen candidato y segundo rival de Obama–, que ha hecho explícito su postura de rechazo a Trump, buscó el apoyo el apoyo del magnate neoyorquino en 2012 alabando su ‘extraordinario conocimiento’ de la economía.

 

Los republicanos, todos los que no apoyan al magnate, tiemblan ahora pensando en Trump como candidato del partido en las generales. Igual tendría sentido hacer un poco de autocrítica. Mientras, la maquinaria para derrotarle está en marcha, aunque no parece que Rubio vaya a ser capaz de ganar tan fácilmente. Necesita arrasar en Florida, su Estado, y revitalizar una campaña que clama indisimuladamente por el favor del aparato contra Trump.

Los believers de Trump, en todo caso y gane o pierda, seguirán ahí. Igual que los votantes europeos seducidos por mensajes nacionalistas, xenófobos y eurófobos que bien podrían agruparse en un ‘Make Europe Great Again’.

Escrito por Javier García Toni

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