Obama 2012: lo bueno conocido

Francisco Javier Luque Castillo 

Han pasado ya casi cuatro años desde aquella histórica noche en que Barack Obama se convirtió en el primer negro vencedor de unas elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América. Es evidente que en su victoria electoral jugaron a favor dos factores estrechamente relacionados entre sí: por un lado, el desgaste de la Administración saliente, que lastró la candidatura del republicano John McCain; por otro lado, los anhelos mayoritarios de cambio de una sociedad cansada de la política agresiva y divisiva (en los ámbitos doméstico e internacional) que George Bush Jr. llevaba practicando varios años bajo la coartada de la “guerra contra el terror”. Sin embargo, el rechazo al gobernante de turno y el deseo de cambio no producen automáticamente un fenómeno como el de Obama. Dicho de otro modo, son condiciones necesarias, pero no suficientes.

El Presidente Obama en el debate sobre el Estado de la Unión

El efecto carismático que Obama ejerció sobre una mayoría de estadounidenses operó, por decirlo de alguna manera, en tres planos.  En un primer plano, el programa político de Obama conectó con las aspiraciones y necesidades de amplios sectores de la sociedad de EEUU, en la medida que abordó cuestiones que preocupaban a la generalidad de la ciudadanía desde un enfoque identificado con el núcleo duro de los valores patrios. En un segundo plano, Obama supo transformar ese programa político en un discurso vibrante y emotivo que sumergía a los electores en un universo narrativo donde ellos, unidos (One people), podían hacer posible con su voto (Yes, we can), el mayor cambio (Change)entonces concebible: la investidura de un afroamericano como Presidente de los EEUU.

Finalmente, en un tercer plano, el entonces candidato demócrata consiguió algo que hasta ahora ha estado al alcance de muy pocos líderes: vehiculizar el mensaje político a través de la propia biografía. Así, el posicionamiento de Obama sobre distintos temas adquiría un sentido reforzado por su conexión con cierto episodio o circunstancia de su trayectoria vital, lo cual redundaba a su vez en la credibilidad del discurso. El ejemplo más elocuente de este recurso retórico quizá lo constituyera el dramático recuerdo de su madre moribunda, enferma de cáncer, pleiteando con la compañía de seguros que se negaba a darle cobertura. En resumen, puede decirse que Obama venció en las elecciones de 2008 por múltiples razones pero, especialmente, porque Obama era en sí mismo el mensaje. Y es que, cualquier cosa era posible si un negro de clase media nacido en Hawái podía convertirse en el líder del mundo libre, o así al menos debieron entenderlo, hace cuatro años, millones de estadounidenses hambrientos de ilusión y esperanza.

Y en 2012 ¿qué?

Teniendo en cuenta los magníficos resultados que le deparó en 2008, no debe sorprendernos que el presidente Obama, con vistas a las elecciones de noviembre, recurra de nuevo a la técnica del storytelling. Sin embargo, el candidato demócrata ya no es aquel senador con aire de “outsider” que encarnaba la ruptura de un modo inusualmente atractivo. Por el contrario, Barack Obama es el 44º presidente de los EEUU de América, una circunstancia que –entre otras cosas– le obliga a acomodar sus propuestas de futuro al hecho de que lleva más de tres años al frente dela Casa Blanca. En este sentido, Obama no podrá enarbolar en esta ocasión la bandera del cambio, ni tampoco explotar su extraordinaria historia de superación personal (prácticamente amortizada desde el instante en que juró el cargo). No obstante, todo parece indicar que mantiene intactas sus opciones para articular un relato parecido al que le aupó a la presidencia en 2008, como tuvimos ocasión de comprobar  en su último discurso sobre el Estado de la Unión, el pasado 24 de enero.

Y es que, en su intervención ante el Congreso, Obama volvió a recurrir a la ejemplaridad de terceras personas para ensalzar ciertos valores y, de paso, defender la bondad y eficacia de su acción de Gobierno. Así lo hizo cuando comenzó su discurso elogiando el coraje, el altruismo y la capacidad de trabajo en equipo de las Fuerzas Armadas estadounidenses (tras resaltar que, por primera vez en dos décadas, Osama Bin Laden no era una amenaza para el país). También se sirvió de este recurso cuando habló de Jackie Bray, una madre soltera de Carolina del Norte que, tras perder su empleo, se recicló profesionalmente y volvió a trabajar gracias a la colaboración de la empresa Siemenes con el Central Piedmont Community College. En esta misma línea, el caso de Bryan Ritterby le permitió ilustrar los efectos positivos que tienen las energías “limpias” para la nación, pues aquel encontró trabajo en la “industria del futuro” tras haber sido despedido a sus 55 años. A otro nivel, las alusiones a Steve Jobs y Warren Buffet hicieron aun más inteligible su visión de los EEUU: un país sensible al emprendimiento y donde los super-ricos pagan más impuestos que sus secretarias, en definitiva, un país basado en una economía hecha para perdurar (“an economy built to last”).

Se puede comprobar fácilmente que todas estas historias vuelven a remitir al “Yes, we can” de 2008. Como se avanzó más arriba, la diferencia fundamental respecto a entonces es que el aspirante Obama es en la actualidad el presidente y comandante en jefe Obama, de tal manera que ahora tienen que ser sus conciudadanos los protagonistas del relato llamado a asegurar su reelección, pues el éxito de sus compatriotas habla de alguna manera del éxito de sus políticas. Sin embargo, a pesar de este cambio, la historia personal del líder demócrata no ha quedado totalmente desterrada de su discurso (el 24 de enero no faltó una referencia a sus abuelos maternos, quienes “compartieron el optimismo de una nación que triunfó sobre la depresión y el fascismo”), ni tampoco estuvieron ausentes los llamamientos a la unidad y al consenso bipartidista, tal y como hace cuatro años. Ante semejante panorama, alguien podría preguntarse razonablemente ¿articulará Obama un nuevo discurso para las elecciones de 2012?  ¿O le bastará con remozar el de 2008?

La vigencia del relato de Obama en 2008: un logro republicano

Como se ha visto, el arranque de la campaña de Obama para su re-elección (así al menos se ha percibido el discurso sobre el Estado de la Unión)  anticipa un relato muy parecido, en la forma y en el fondo, al que le llevó a la presidencia en 2008. Esta circunstancia no ha de interpretarse, sin embargo, como un demérito de Obama, pues si el demócrata está en condiciones de hacer tal cosa es porque los republicanos se lo permiten. Se lo permiten, en primer lugar, porque su radicalismo derechista no sólo convierte el “cambio” en una opción nada apetecible (desactivando así una de las pocas bazas que podría tener cualquier candidato republicano), sino que además revaloriza el pragmatismo centrista del que ha hecho gala Obama como presidente, transformando en virtud uno de sus puntos débiles (no son pocos los decepcionados con la obra del presidente, al que acusan de haber abjurado del idealismo que le valió la victoria sobre McCain). Se lo permiten, en segundo lugar, porque han alimentado el monstruo del “Tea Party”, cuyos congresistas llevaron al paroxismo la división de la clase política en Washington, revalidando así la aspiración de unidad y consenso que Obama afirma compartir con millones de estadounidenses. Y se lo permiten, en tercer lugar, porque su actitud obstruccionista proyecta la imagen de que la Casa Blanca pelea en solitario contra los efectos de la crisis económica, renovando así el sentido del primigenio “Yes, we can”.

Pero tampoco hay que olvidar un factor adicional. Si en 2008 la biografía de Obama fue el mensaje, en 2012 vuelve a serlo. No obstante, en esta ocasión Obama encarna un mensaje diferente al de hace cuatro años. En esta ocasión Obama encarna el mensaje de que no es Mitt Romney, un “tiburón” de las finanzas especulativas. Asimismo, en esta ocasión Obama encarna el mensaje de que no es Newt Gingrich, una persona capaz de divorciarse de su primera mujer enferma de cáncer, y de su segunda esposa diagnosticada de esclerosis múltiple. Finalmente, Obama también encarna el mensaje de que no es Rick Santorum, un fanático religioso que está en contra de la escuela pública porque está en contra de la escuela en general. En definitiva, si en 2008 Obama tuvo en su biografía un activo en sí mismo, todo apunta a que en 2012 su biografía va a ser nuevamente un activo, pero por contraste con las de sus posibles contrincantes. En última instancia, siempre ha sido mejor lo bueno conocido –ya se trate del relato, del candidato o de ambas cosas– que lo malo por conocer.

Francisco Javier Luque Castillo. Granada.

Experto en liderazgo político, es investigador en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad de Granada.

Escrito por Firmas Invitadas

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