Percepciones de una Europa en crisis: Irlanda

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Nigel Smith

La actitud de los irlandeses hacia Europa ha sido siempre compleja. Desde muchos puntos de vista viene definida por nuestra relación con nuestro vecino más cercano, mayor socio comercial y antaño potencia colonial: el Reino Unido. Cuando Irlanda ingresó en la Unión Europea a principios de los años setenta, el movimiento fue percibido por muchos como una oportunidad para, tras mucho tiempo, alejarse de la sombra británica y afirmar nuestro lugar como miembro de pleno derecho de una organización internacional donde todos y cada uno de los miembros tenían (en teoría) la misma voz sobre cómo gobernar. Claro que la enorme cantidad de inversiones que fluyeron hacia el país para construir carreteras y otras infraestructuras no hicieron sino relanzar aún más la imagen de la Unión Europea a ojos de la mayoría de los irlandeses.

Cartel en Irlanda en referéndum en 2009. William Murphy

Al mismo tiempo, Europa siempre ha sido percibida de manera un tanto ajena, algo distante para la mayor parte de los irlandeses. De igual manera que otras islas primas en Bretaña, muchos de nosotros tendemos a referirnos a la “Europa continental” para diferenciar la masa principal de las dos islas principales del noroeste. Incluso una antigua Vice-Primer Ministra hizo referencia al país de una manera tristemente célebre al decir que estaba “más cerca de Boston que de Berlín”. Mientras que la mayor parte de las familias irlandesas son felices pasando dos semanas de vacaciones en España, la noción de mudarse al “continente” a vivir y trabajar es algo ajeno a la mayoría de irlandeses. Los emigrantes que ahora, una vez más, se alejan de nuestras costas, ponen rumbo a América y Australia antes que realizar el corto viaje a Francia o Alemania. Pero ha habido también importantes cambios en la actitud de los irlandeses hacia sus vecinos europeos. Así, el país pasó de ser el pobre de la relación a convertirse en el niño de póster del continente en términos de éxito económico, para después caer en desgracia necesitando un rescate y finalmente emergiendo como el “PIG” con las mejores posibilidades de una recuperación sólida.

A menudo estos cambios se han visto acompañados de la oportunidad de votar los tratados europeos y los resultados tienden a dibujar ampliamente la actitud del país hacia la UE. En 1992, cuando el país estaba en medio de la recuperación de los bad old days (“viejos malos tiempos”) de la recesión de los 80, el país votó de forma entusiasta a favor del Tratado de Maastricht y su promesa de malograda integración monetaria y “una Unión aún mayor”.

Si nos trasladamos rápidamente nueve años adelante hasta la votación del referéndum sobre el Tratado de Niza en 2001, nos encontramos un país a todas luces irreconocible. Habiendo disfrutado de una década de prosperidad y crecimiento gracias a la calificada como economía del Tigre Celta. En un momento en que muchos países europeos peleaban por impulsar el crecimiento, los irlandeses habían dejado de verse como los marginados. Con Niza poniendo las bases de la inclusión de diez nuevos países – más pobres – las perspectivas de no verse más en la posibilidad de confiar en las inyecciones de crédito de Bruselas jugó un papel importante en las mentes de los votantes. A pesar de ello, la neutralidad del país y las cuestiones relativas al aborto también jugaron su papel. La seguridad que se dió desde Bruselas en estos temas fue suficiente para rebajar la preocupación y el Tratado fue aprobado en una segunda votación sólo un año más tarde.

Primer Ministro irlandés Enda Kenny. CNS photo/Reuters

Cuando llegó momento de votar por primera vez el Tratado de Lisboa en junio de 2008, el euroescepticismo podía percibirse de forma más clara. La organización Libertas, ingeniosa y bien provista de fondos, esgrimió argumentos previamente usados como que el tratado pondría demasiado poder en manos de los burócratas no electos de Bruselas y amenazaría su impuesto de sociedades al 12,5%, un pilar de su política económica durante los años del Tigre Celta. El voto se produjo en los meses en que el tigre empezaba a desinflarse y antes de que la marea que comenzó con el colapso de Lehman Brothers en Estados Unidos hubiera cruzado el Atlántico, por lo que el electorado irlandés era todavía lo suficientemente firme para vetar el Tratado. Apenas un año más tarde, se repitió la votación. El clima económico había cambiado de forma tan dramática que los irlandeses corrieron de nuevo a protegerse a la Unión Europea. No por un amor renovado hacia el proyecto europeo, pero sí con un poso de miedo a verse abandonados a la intemperie en el futuro si no desplegaban un poco de entusiasmo por permanecer “en el corazón de Europa”. El electorado aprobó el Tratado con una mayoría de dos tercios y el número más alto de “síes” en cualquier referéndum irlandés acerca  de Europa.

Ha llovido mucho desde entonces. El país ha estado al borde de la bancarrota y tuvo que confiar en un rescate de la UE y el FMI. El partido Fianna Fáil, fuerza dominante de la política irlandesa durante la mayor de la historia del país, redujo su poder a la décima parte y fue reemplazado por una coalición izquierda-derecha que se ha comprometido a la implementación de medidas para reducir el abultado déficit. Estas políticas han generado el caldo de cultivo para el crecimiento de una amplia coalición de extrema izquierda y partidos antieuropeos en general. Aún así, el nivel de oposición es bajo si se compara con las violentas protestas en Grecia por políticas similares. El estado de las finanzas nacionales derivado de la decisión de garantizar una montaña de deuda bancaria (bajo presiones de Alemania y el BCE) y en general el torpe manejo de la crisis de la Eurozona, ha dañado sin duda la credibilidad de la UE a ojos de muchos irlandeses. Sin embargo, todavía existe una cierta percepción de que el país afronta mucho mejor sus problemas hombro con hombro con sus socios europeos que en solitario.

La prueba llegará el 31 de mayo cuando Irlanda tenga que votar por quinta vez un referéndum sobre un tratado europeo en poco más de una década con la ratificación del nuevo acuerdo fiscal. Las primeras encuestas muestran un mayoritario apoyo al acuerdo,  pero con gran parte del electorado todavía indeciso la carrera se volverá mucho más ajustada antes del fin de mayo. El campo del “No” aún busca estar en lucha y el sí aún no se puede dar por hecho; después de todo, “vota no a la austeridad” es un eslogan que llega mucho al corazón del votante que un “vota sí a mayor control presupuestario para facilitar menores costos a los prestamos y asegurar una mayor estabilidad fiscal a largo plazo”.

Por lo tanto aún no está claro si el acuerdo será aprobado o no. Si el voto es negativo, es más probable que no se deba tanto a un rechazo a la limitación constitucional del déficit en la constitución, como a a la retórica de austeridad que ha dominado el país durante los últimos cuatro años, pese a que ambas visiones carezcan de lucidez. Si es aprobado, no será ciertamente por un categórico apoyo a la visión Merkozy propia de un intergubernamentalismo franco-alemán. Más bien será la decisión de aceptar un acuerdo imperfecto como la mejor manera de promover el intento de recuperación de Irlanda y mantener buenas relaciones con los vecinos que han ayudado a elevar al país a lo más alto de la tabla de la política europea.

Nigel Smith. Bruselas.

Nigel Smith es consultor de Asuntos Europeos en Grayling. Anteriormente, hizo un stage en el Consejo de la Unión Europea y fue parte del equipo de campaña de “Irlanda por Europa” en los meses previos al referéndum sobre el Tratado de Lisboa. Tiene un Máster en Política Europea y Administración del Colegio de Europa y estudió Política Europea en el Trinity College y Sciences Po (París).

Escrito por Firmas Invitadas

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