Percepciones de una Europa en crisis: Italia


Davide Sardo

Es difícil comenzar un debate sobre el significado de la integración europea en Italia y las percepciones que ésta despierta, sin hacer referencia al Manifiesto de Ventotene y a su autor, Altiero Spinelli. No es que éste tenga un valor explicativo determinante en sí mismo, pero constituye una imagen útil para comprender las implicaciones de lo que Europa significa para los italianos y, más específicamente, sobre su actitud hacia la articulación de una política supranacional que restringe parte de su soberanía.

Banderas italiana y europea en los tejados de Roma / AP

Mas allá del Manifiesto de Ventotene, la Historia del pensamiento político italiano está plagada de referencias más o menos explícitas a cierto tipo de integración política europea, incluso tres décadas antes de que se produjera la unificación del país. Estas referencias jalonan las distintas culturas políticas y, en cierta forma, permean la totalidad de la élite intelectual italiana desde mucho antes de que lo expusiera Spinelli.

En este sentido no es en absoluto sorprendente que Italia sea uno de los países fundadores de la CECA, incluso siendo en cierto modo marginal el aspecto político del mercado del acero y del carbón. No obstante, desde aquel momento una parte importante de la clase política italiana quedó voluntariamente fuera de la ecuación con objeto de favorecer la integración. De hecho, la construcción de la CEE quedó delegada, en Italia, esencialmente al amparo de las fuerzas liberales, y contó con la oposición del partido de izquierdas más importante de Italia, el Partido Comunista, al menos hasta los años setenta.

El enfoque adoptado en estas líneas no pretende pasar por alto el papel de la opinión pública durante este proceso, pero el peculiar funcionamiento del “bipolarismo bloqueado” italiano, unido al impacto indirecto de las decisiones tomadas por las instituciones comunitarias, situaron el debate sobre la integración europea fuera del circuito de los partidos políticos.

Levantando la vista hasta nuestros días, el escenario parece haber cambiado profundamente. Las dos premisas antaño decisivas – el “bipolarismo bloqueado” y la relevancia indirecta de los “Asuntos Europeos” en la política nacional – han desaparecido y nuevas alianzas y culturas políticas han entrado en escena. Los canales de influencia sobre la opinión pública se han multiplicado mientras que el país afronta una crisis económica sin precedentes. En este contexto, la histórica tensión italiana hacia la integración ha perdido su solidez en el lenguaje político, tanto por parte de la clase de la dirigente como en las sensibilidades de la sociedad civil.

En cualquier caso, el vínculo que une a los italianos con la integración europea es complicado de medir, cuantificar o definir, y se ha visto sometido a una notable presión durante los últimos años debido a la difusión y penetración de movimientos con dialécticas anti-europeas en diversos sectores de la sociedad. Sin embargo, y a pesar de la indiscutible reducción de la confianza en la integración europea, ésta parece seguir siendo, a pesar de todo, muy alta entre la clase dirigente, mientras que en la sociedad civil, pese a seguir contando con el apoyo de una mayoría de la población, se ha resentido hasta niveles críticos.

Desde el punto de vista cultural, el sentimiento de identidad común europea no está amenazado por la persistencia de determinados estereotipos o rivalidades puntuales. La cohesión interestatal tampoco se ha visto particularmente afectada por sentimientos de desconfianza o suspicacia respecto de habitantes de terceros Estados, que sí han podido apreciarse en otros puntos geográficos de la Unión.

El rapto de Europa, de Tiziano

En un plano puramente político, no sería hasta la entrada en vigor del Tratado de Maastrich y de su consiguiente proceso de integración monetaria, que el proyecto de una Unión más estrecha habría empezado a perder apoyo en algunos sectores de la sociedad italiana. En paralelo a este fenómeno de desencanto, una oposición populista fue sustituyendo lentamente a la tradicional oposición de izquierdas, con una visión marcadamente cercana a las instituciones europeas.

El impacto de la crisis en la percepción de la integración europea, en general, y de la UE, en particular, no ha modificado significativamente los sentimientos de los ciudadanos hacia las instituciones. Nada realmente nuevo ha aparecido, en este sentido, durante la crisis: la verdadera novedad ha venido de la mano de la presencia recurrente de las instituciones de la UE en el debate, con frecuencia representadas con tonos oscuros y compartiendo con sus homólogas italianas las manifestaciones superficiales de desilusión hacia las políticas que han caracterizado a Italia en los últimos veinte años. Por otro lado, una oposición pro-Europea que, sin embargo, se manifiesta contraria a las actuales políticas de la UE, está creciendo, fenómeno que debe ser interpretado como una señal de reforzamiento persistente y favorable del proceso de integración en amplios sectores de la clase dirigente y de la sociedad. Se ha producido, por tanto, una diferenciación clara entre el populismo anti-UE y una oposición que, si bien es favorable a las instituciones, se muestra contraria a las políticas que éstas articulan para hacer frente a la crisis.

De la mano de esta diferenciación, abordamos la cuestión principal: Se trata de un error, en mi opinión, asociar el aumento del populismo anti-UE a la crisis. Dicho incremento debería asociarse al aumento del apoyo social de los movimientos populistas, y al caldo de cultivo en el que han estado creciendo durante los últimos veinte años, que sienta sus bases en la afirmación del neoliberalismo durante los años ochenta, que traduce en términos económicos una ideología fundada en la supremacía del individuo sobre las responsabilidades que derivan de sus vínculos sociales.

Mario Monti en el Parlamento italiano / AFP

Fueron necesarios menos de treinta años para que los efectos nocivos de esta ideología derivasen en la mayor crisis económica desde 1929, pero hicieron falta muchos menos para contaminar el debate público por todo el mundo occidental al introducir la sospecha, cuando no el ataque directo, contra toda forma de asociación que actúe en la esfera pública como intermediaria entre los individuos y el poder, relegando el recurso de lo público al rincón oscuro y marginado de la política. Es únicamente en el marco de esta nueva hegemonía político-cultural que la ilusión de que los Estados pueden salir de la crisis por sí mismos desaparece. Y es asimismo desde este marco desde donde se insufla el miedo hacia los inmigrantes y donde la pérdida de confianza en un futuro común europeo se hace más notoria.

Italia ha sido, ciertamente, un mal ejemplo en términos generales durante los últimos veinte años. No porque hayamos vivido fenómenos radicalmente distintos de los del resto de los Estados de la Unión, sino porque la divergencia política y cultural ha adoptado la forma desvirtuada del Gobierno de Silvio Berlusconi y los violentos eslóganes de la Liga Norte. Más allá de estos fenómenos, la política italiana se ha degradado y ha devenido poco más que un sistema de auto-representación de intereses, que se ha beneficiado de la pérdida de poder de unos políticos a los que ellos mismos contribuyeron a culpar ante la opinión pública.

En este contexto, el populismo anti-UE ganó un terreno en Italia inédito durante los últimos ciento cincuenta años. Y no es sino desembarazándose de este contexto pesimista, que Italia podrá desprenderse de tales consecuencias. El incremento de una oposición pro-europea a la actual dirección conservadora de la UE es una de las señales positivas en el horizonte en este sentido. Ello no significa que se vaya a ganar la batalla, pero sí, al menos, que habrá que librarla.

Davide Sardo. Bruselas.

Davide Sardo es licenciado en Derecho por la Universidad La Sapienza de Roma y Máster en Derecho Europeo por el Colegio de Europa en Brujas. En la actualidad trabaja en Bruselas para Tipik mientras prepara las pruebas para entrar en la Comisión Europea. Es miembro de las juventudes del Partito Democrático italiano y seguidor del AS Roma.

Escrito por Firmas Invitadas

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