El poder en el S. XXI o el riesgo de volver a 1914

En su obra El Futuro del Poder, Joseph S. Nye Jr. distingue dos grandes cambios de poder que están teniendo lugar en el siglo XXI: Por un lado, se está produciendo un proceso de transición horizontal entre los Estados en el que el poder se desplaza de Oeste a Este. A su vez, un proceso de difusión vertical desplaza el poder de actores estatales a actores no estatales.

Difusión vertical del poder

Nye concibe la distribución actual del poder en la sociedad internacional como un ajedrez tridimensionalEl tablero superior representa el poder militar. En él, el poder está distribuido de forma unipolar, de manera que un solo actor, Estados Unidos, concentra la mayor parte de los recursos militares del planeta. No solamente gasta más en defensa que el resto del mundo junto sino que además destina más recursos a I+D que la suma de sus siete inmediatos perseguidores, lo que le confiere una ventaja decisiva. Frente a esta abrumadora capacidad convencional, aspirantes hegemónicos como China están combinando estrategias convencionales – como el desarrollo reciente de una Marina de aguas profundas – con otras no convencionales – como el desarrollo de la guerra cibernética. En cualquier caso, no parece probable que la hegemonía norteamericana en este ámbito sea cuestionada durante la primera mitad del siglo XXI.

El tablero central representa el poder económico. En él, el poder está distribuido de forma multipolar, y el equilibrio del sistema depende de la capacidad de varios actores – fundamentalmente pero no únicamente estatales – de ajustar la competencia entre los Estados a unas determinadas reglas de juego y valores comunes mediante estrategias cooperativas. El ejemplo más representativo de esta interdependencia reside en el denominado equilibrio del terror financiero, término utilizado para expresar la compleja interdependencia económica existente en la actualidad entre los dos grandes colosos económicos, Estados Unidos y China.

El tablero inferior representa la difusión de poder en las relaciones transnacionales. En este caso no es posible hablar de orden unipolar o multipolar, sino de que, simplemente, nadie está al mando, y reina el caos. La creciente proliferación de actores no estatales que participan en el reparto y ejercicio del poder en la esfera global es un fenómeno reciente. Sienta sus raíces en los procesos tecnológicos en campos muy diversos – particularmente, durante el último medio siglo, en las tecnologías de la información y el conocimiento – y que han servido como catalizadores para procesos de alcance más ambicioso, como la transnacionalización o la globalización. El mayor logro de esta revolución tecnológica no reside en la posibilidad de comunicación instantánea – de hecho, en el S. XIX, una comunicación telegráfica podía atravesar el globo en cuestión de un segundo y medio – sino en su efecto sobre los costes, que se han reducido mil veces en los últimos treinta años, permitiendo un alcance masivo y global de sus efectos.

¿Cuáles son las implicaciones que tiene este proceso de difusión del poder en las relaciones internacionales del S. XXI?

Ulrich Beck afirma que el proceso otorga una dimensión global a los problemas, y define, de este modo, a la nueva sociedad internacional como una sociedad de riesgo global. De acuerdo con Timothy Garthon Ash: «Afrontamos cada vez más peligros, amenazas y desafíos que afectan a la población de un país pero que se originan principal o totalmente en otros países…crisis financieras, crimen organizado, migraciones masivas, calentamiento global, pandemias o terrorismo internacional, por nombrar unos cuantos…[…] No tenemos tanto un mundo multipolar como un mundo apolar».

La principal implicación del surgimiento de los problemas globales es que, según Susan Strange, «La capacidad de los Estados para hacer frente a los problemas de la transnacionalización y de la globalización es cada vez menor [mientras que] se está abriendo una peligrosa brecha entre el poder territorial de los Estados y una débil y parcial cooperación intergubernamental». La globalización ha producido un proceso de erosión del Estado y un aumento constante de su vulnerabilidad. En este sentido, Thomas Friedman afirma que «existe un peligroso desequilibrio entre el desarrollo del sistema internacional y la ausencia de instituciones que puedan regularlo eficazmente. […] Las instituciones actuales son disfuncionales y no están adaptadas a la Era Tecnológica o a la acción privada». Otros pensadores como Zygmunt Bauman lo han definido como una disociación entre los ámbitos de la economía y la política: «Las fuerzas económicas son globales y los poderes políticos, nacionales». Todas son, en cualquier caso, manifestaciones de un mismo fenómeno.

En este contexto claramente post-Westfaliano, ¿Cuáles son las estrategias que deben adoptarse para poder, en primer lugar, hacer frente a los problemas que Beck define como globales y, en segundo lugar, asegurar la provisión de los denominados bienes públicos globales[1]?

Las estrategias basadas en el poder duro, asociadas a los instrumentos de poder realista o tradicional, han visto cómo su eficacia se erosiona al mismo ritmo que el papel del Estado en las relaciones internacionales. La globalización y la creciente interdependencia han convertido el recurso a la fuerza en cada vez más costoso en todos los sentidos. La teoría de la paz democrática y la teoría de la paz de los mercados nos demuestran que el grado de interdependencia económica es directamente proporcional al grado de democracia y, a su vez, inversamente proporcional a la predisposición a resolver las controversias por la fuerza. Como dijo Ivan Bloch en 1898 «Los avances tecnológicos y la interdependencia han convertido la guerra a gran escala en la bancarrota de las naciones».

La respuesta, por tanto, es el desarrollo de una estrategia global. Los riesgos globales requieren soluciones globales, articuladas en base a estructuras fundamentadas en la cooperación internacional o la integración institucional. Para Beck, la sociedad de riesgo global no es un problema sino una oportunidad. Según Paul Kennedy, «La idea de una asociación universal de la Humanidad se remonta cientos de años en la Historia […] los antiguos filósofos chinos y los sabios griegos abogaban ya en su época por el establecimiento de un nuevo orden mundial».

Este concepto recurrente ha sido desarrollado por una infinidad de pensadores a lo largo de la Historia: Leibniz, Jovellanos, Kant…El abate St. Pierre aseguraba que todas las naciones debían situarse en un estado de mutua dependencia y que de este propósito aflorarían beneficios positivos como la armonía global, la prosperidad creciente o el desarrollo de las Artes. En este mismo sentido se pronuncia el sociólogo alemán Ralf Dahrendorf, que desarrolla la teoría de la «Infraestructura de la Libertad», en la que afirma que «La única forma de superar la anomia inherente a la modernización y a la globalización es la creación de instituciones».

En un contexto en el que la clave para afrontar con garantías los nuevos problemas globales es la capacidad de los Estados para fomentar las relaciones de cooperación en la sociedad internacional, ¿Qué tipo de poder deben los actores estatales implementar para desarrollar estrategias exitosas?

  1. De acuerdo con Nye, debe de ser un poder con otros frente al tradicional poder sobre otros.
  2. Debe de ser un poder que permita eludir el juego de suma cero y desarrollar relaciones con ganancias absolutas para todas las partes.
  3. Debe de ser un poder que prime los argumentos sobre los recursos, y que contribuya al desarrollo de estrategias comunicativas que permitan ganar la batalla de la legitimidad.
  4. Debe de ser un poder basado en la atracción y la convicción, valores que permiten triunfar en un mundo interdependiente.
  5. En definitiva, debe de ser el poder de conseguir que los demás quieran lo mismo que nosotros queremos, es decir, el poder blando. Éste es el poder que necesitan impulsar los actores internacionales en el S. XXI para estar a la altura de la «oportunidad» que planteaba Ulrich Beck y desarrollar un sistema institucional capaz de hacer frente a los desafíos globales, una verdadera realpolitik cosmopolita

Transición horizontal del poder

El proceso de transición del poder de Oeste a Este que afirma Nye en ningún caso describe una emergencia del poder asiático en el S. XXI. En el caso de Asia, se trata de una re-emergencia. Independientemente de la guerra de teorías de los historiadores – los deterministas de largo plazo contra los partidarios del accidente a corto plazo – el hecho es que, según Ian Morris, Asia ha sido la potencia hegemónica del planeta en un periodo comprendido entre el 550 DC y el 1775 DC. El auge de Occidente ha sido un fenómeno reciente. Mientras que el continente asiático representaba cerca del 50% del PIB mundial en 1800 con cerca de un 50% de la población mundial, en 1900, con la misma población, no representaba más que el 20%. Es más adecuado, por tanto, considerar el proceso actual como una recuperación del terreno perdido.

Es indudable que el auge de Asia – y particularmente de China – puede generar inestabilidad y tensión en Occidente. Afortunadamente, el problema tiene precedentes históricos, y Occidente puede aprender de los errores de la Historia para evitar conflictos no deseados.

Para Niall Ferguson, la globalización no es un fenómeno nuevo. En las tres décadas anteriores a 1914 el comercio internacional de bienes alcanzó una proporción respecto del total similar a la de los últimos treinta años. Tanto las migraciones internacionales como la inversión en el extranjero tenían niveles superiores a los actuales. 

Como dijo Keynes, apenas requería esfuerzos para un británico de clase media el «invertir su riqueza en recursos naturales y nuevas empresas en cualquier lugar del mundo, y aprovecharse de sus beneficios». Sin embargo, todo este sistema colapsó con el estallido de la Gran Guerra. Para algunos historiadores, la principal causa subyacente de la Primera Guerra Mundial fue el auge de Alemania – que en el año 1900 superó el PIB del Gran Bretaña – y el miedo que eso generó en esta última.

Este fenómeno que asocia miedo y percepciones de poder se remonta a los albores de la Historia. Tucídides explicó que «la causa más real [de la Guerra del Peloponeso], aunque la menos manifestada de palabra, creo que fue el hecho de que los atenienses con su engrandecimiento inspiraron temor a los lacedemonios y los forzaron a la guerra».  Según Robert Gilpin, «El estallido de conflictos hegemónicos ha estado más frecuentemente provocado por temores de declive y una percibida erosión de poder».  Son muy numerosos los autores y pensadores que han desarrollado esta teoría y la han vinculado con fenómenos recientes de poder. F. D. Roosevelt afirmó en 1933 que «lo único a lo que debemos temer es al miedo mismo. El terror sin nombre, irracional, injustificado». Para Dahrendorf, «Nada es más sintomático de la desintegración social que el constante sentimiento de amenaza». Dominique Moisi y Tzvetan Todorov definen a la sociedad occidental como la «Civilización del miedo», mientras que Fareed Zakaria afirma que «demasiados norteamericanos se han dejado llevar por la retórica del miedo [y que] para recuperar su lugar en el mundo, Estados Unidos debe recuperar primero su confianza».

El riesgo fundamental que amenaza con sacudir los cimientos de esta Segunda Globalización reside en la posibilidad de que los análisis que definen la transición de poder en el S. XXI como un proceso de declive de Occidente conduzcan a una reacción desmesurada por parte de éste ante el ascenso de Asia que nos conduzca de nuevo a 1914.

La gran mayoría de movimientos de cooperación internacional e integración institucional necesarios, como hemos visto, para afrontar los riesgos globales del S. XXI, deben su nacimiento al horror de la guerra. Es imperativo, sin embargo, que nosotros seamos capaces de promover y desarrollar las instituciones hasta un nivel en el que sean capaces de resolver los problemas globales sin necesidad de que medie un nuevo conflicto armado. Si no estamos a la altura de este desafío, y sucumbimos presa del miedo, deberemos volver a experimentar, una vez más, la veracidad de las palabras de Thomas Carlyle: «Si algo no se hace, ese algo se hará por sí sólo algún día, y de una manera que no agradará a nadie»

José Lozano Gallardo. Madrid.


[1]Se entienden por bienes públicos globales aquellos bienes necesarios para el funcionamiento de los sistemas internacionales modernos, como la seguridad y la libre navegación de los mares, la estabilidad económica y comercial, la resolución de controversias, la estabilidad de internet…y, en definitiva, todas aquellas condiciones necesarias para el buen funcionamiento de los mercados internacionales. Tradicionalmente, han sido las grandes potencias las encargadas de proveerlos, como hiciera el Reino Unido en el S. XIX o Estados Unidos en el S. XX y XXI. El papel de las Organizaciones Internacionales es creciente en este sentido, aunque restringido a determinados ámbitos.

Escrito por José Lozano

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