Quo vadis Italia?

Maria Elena Mancuso

A tres meses de la subida al poder del gobierno técnico comandado por Mario Monti, cada vez resulta más difícil hablar sobre la situación política italiana. En parte seguramente a causa de la singularidad de la actual tipología del Gobierno. En parte porque desde el principio ha sido obvia la necesidad de volver la mirada hacia otro lado para comprender e interpretar una escena política en la que “otros” se han convertido, a pesar nuestro, en protagonistas. Ya no son los partidos políticos y los políticos elegidos por el pueblo, mas sí las finanzas y los grupos de presión los que ejercen de jefes. Los que gestionan, o incluso orquestan con el auxilio de los medios de comunicación, una situación de emergencia, independientemente de que sea real o una percepción.

Fuente: AFP / Getty Images

 Hoy el “Belpaese” se encuentra en las manos de un Gobierno que es por definición “apolítico”. Es esta, de hecho, la particularidad de un instrumento tan italiano como el gobierno técnico: el de estar formado exclusivamente por expertos y funcionarios, no elegidos en el parlamento y, por ende, elegidos fuera del mundo político. Un Gobierno transitorio al que debiera recurrirse para administrar el país, esperando a que se resuelva una crisis política en curso.

 Una crisis dura como la que provocó, por ejemplo, la pérdida de la mayoría parlamentaria y la caída del primer mandato de Berlusconi en 1995 que fue seguido por el Gobierno de Lamberto Dini: el primero y único, hasta la llegada de Monti, enteramente técnico de la República italiana. Antecedentes de algo similar sólo había sucedido en plena tormenta Tangentopoli (entre 1992 y 1994) cuando sin embargo tomaron las riendas del país gobiernos provisionales formados sólo en parte por técnicos.

 Nada que ver, por tanto, con el actual Gobierno. En esta ocasión tenemos que lidiar con algo totalmente diferente. No ha habido una crisis política, per se, que haya provocado la llegada del Gobierno Monti. Ningún problema de ingobernabilidad o de falta de confianza en lo referente al Primer Ministro. Berlusconi contaba aún con los apoyos suficientes para gobernar, ni los procedimientos abiertos, y mucho menos los escándalos de los últimos años lo habrían convencido para que abandonase su escaño. Fue otro motivo lo que le empujó hacia la dimisión. Fue el miedo, esta vez más que verosímil, de tener que adoptar medidas impopulares para hacer frente a las infinitas presiones que el mundo financiero ejercía sobre Italia. Difícil imponer al pueblo sacrificios y renuncias y después pedir nuevamente el voto en las elecciones. Resulta mucho más simple depositar en las manos de otros, de los técnicos exactamente, la inconveniencia de liberalizar, recortar, privatizar.

Pero ¿cómo poner en práctica un programa de esas características preservando la propia reputación?.

Simple: con la ayuda de los medios de comunicación.

Fuente: AFP

 Ha hecho falta realmente poco para que la política del país transalpino se despojase del halo de ligereza y descuido que la envolvía desde hacía años. Un breve paso desde las lentejuelas del berlusconismo al traje cruzado de Monti, para poner totalmente patas arriba la concepción, la sensación y la idea que los italianos tenían de la política de su propio país. Se acabaron las charlas de bar en las que discutir, con un poco de envidia, sobre las proezas machistas de un Primer Ministro showman. Se acabaron las historietas vulgares de las que avergonzarse. La política, de golpe se convierte en algo serio. Algo más grande y oscuro. Algo a lo que temer y observar con respeto.

 De golpe conceptos nuevos y oscuros como “prima de riesgo” o “diferencial de deuda” entran a ser parte de la cotidianeidad contribuyendo a crear en la población un estado de confusa preocupación. Durante semanas, antes de la caída del Gobierno Berlusconi, los telediarios y los periódicos acosan a los italianos con información alarmista, repleta de tecnicismos financieros en los que, la única cosa clara que queda es el sentimiento de angustia por un sistema que corre el riesgo de venirse abajo de un momento a otro, arrastrando al país al abismo. Las continuas comparaciones con Grecia; las amenazas más o menos veladas de los poderosos de Europa; las fantasmagóricas Agencias de Calificación con sus rebajas. Después de la dimisión de Berlusconi, el Gobierno Técnico es un suspiro de alivio para todos, dentro y fuera de los recintos gubernamentales.

 Pero ¿en qué medida esto puede ser considerado como positivo para Italia si, esta vez, el cambio ha venido dictado por la exigencia de plegarse ante las presiones externas?.

 Las conexiones entre política y mundo financiero nunca han sido un misterio. Pero crea consternación ver cuan estrecha y evidentemente están conectados ambos mundos. Los Estados y los Gobiernos se pliegan a la voluntad de los grupos de presión que parecen omnipotentes. Grupos identificados con el poder y con los poderosos influencian, manipulan, en ocasiones amenazan, en definitiva asustan a los ciudadanos. Es fácil, de este modo, arrojarse a los brazos de quien, cubierto con el manto de la erudición y la sabiduría, sugiere la única vía posible para la salvación.

 Y llegan así, en un ambiente apocalíptico, las primeras medidas del nuevo Gobierno. También ellos portan una vestimenta adaptada, estudiada pormenorizadamente como en las mejores operaciones de marketing. Se llaman “Decreto Salvar a Italia” y “Decreto Crece Italia”. Apodos detrás de los que se ocultan medidas decididamente menos atractivas y que poco tienen que ver con las promesas de equidad, tan ventiladas por el mismo Monti. Al menos en lo que respecta al primero de los dos decretos, aprobados el 22 de Diciembre de 2011, que agrava una situación ya crítica, dado que en Italia la presión fiscal sobre los contribuyentes está entre las más altas de Europa. Impuestos que afectan sobre todo a los réditos del trabajo y al consumo; menos a las rentas y casi nada a los grandes patrimonios.

 Ningún cambio de ruta por parte de Monti. Se vuelve al impuesto sobre la primera residencia, en un país en el que un altísimo porcentaje de ciudadanos ha tenido que hacer frente a enormes sacrificios para comprar vivienda propia. Están previstos aumentos sobre IRPF, el Impuestos Sobre la Renta de las Personas Físicas. Aumentan los impuestos especiales sobre los carburantes (estos días en Italia el coste de la gasolina sobrepasa ya los dos euros el litro). La edad de jubilación aumenta gradualmente hasta alcanzar los 66 años de edad en el 2018, para hombres y mujeres. Se han introducido, en definitiva, ulteriores restricciones en cuanto al uso del dinero en efectivo y aumentado los impuestos sobre coches de gran cilindrada, embarcaciones y aviones privados; una vez más continúa sin resolverse la plaga de la gran evasión fiscal, que constituiría un depósito de recursos mucho más útil al saneamiento del Estado.

 Nada de reformas en esta primera fase. Para esas, aseguran, se deben esperar a las liberalizaciones del “Decreto Crece Italia” aún en trámite de discusión en el Parlamento. Pero con independencia de aquellas que sean las formas y los contenidos de las nuevas medidas, la sustancia parece ser siempre la misma: hacer de modo tal que muchos, llevados por el miedo y la incertidumbre, renuncien a derechos, tutelas y libertades, para que unos pocos  puedan salvaguardar sus propios intereses.

-¿Y la democracia? – Nos la han embargado los bancos. Fuente: Vauro.

 Y hay quien empieza a pensar, que quizás no sea esta la mejor solución. La rabia y el descontento se vislumbran entre los mil miedos y las tantas incertidumbres. Las plazas, reales y virtuales, se llenan de taxistas luchando por sus propias licencias; de pescadores y transportistas unidos contra el precio de la gasolina; de jóvenes sin trabajo, esperanza ni futuro. Estas protestas desesperadas no parecen penetrar las paredes acolchadas de los palacios romanos, y los técnicos permanecen agazapados bajo sus carpetas, fuertes en la legitimación que “otros” les han dado.

 ¿Pero por cuanto tiempo más podrá durar todo esto?. ¿Cuántos y qué países deberán aún ser tratados como marionetas en las manos de especuladores sin escrúpulos?. Algo, está claro, tendrá que cambiar. ¿Porqué no comenzar por ahí entonces?.

Quizás haya llegado el momento, Italia, de ceñirse una vez más el casco de Escipión. Para recuperar derechos, política y libertades.

Maria Elena Mancuso.  Vicenza.

Licenciada en Periodismo por la Università degli Studi di Roma, la Sapienza. Especializada en Medios de Comunicación de Masas.

Escrito por Firmas Invitadas

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