Reyes, ministros y banqueros: la España que vendemos

Débil, balbuceante y cojeando, apoyado en su inseparable muleta y con un aspecto desmejorado. Nadie mejor para representar a España. Ridículo, pretencioso y hortera, con pantalón corto rojo, camiseta roja y zapatillas de adolescente  también rojas. Nadie mejor para representar a la banca española. Así estamos, así nos mostramos, y así, obviamente, nos ven.

Emilio Botín, de rojo, saluda al Rey a su llegada a Brasil

No es difícil imaginarse a Jorge Moragas, diplomático de carrera y sombra de ambos “Rajoys”, el candidato y el presidente, transmitiendo al gobierno la imperiosa necesidad de repartir este potaje en forma de misión especial que, con total seguridad, se coció con olla express en la Plaza de la Provincia. Como chef prinicipal estaba José Manuel García-Margallo, con su gran proyecto para el Ministerio de Asuntos Exteriores durante la presente legislatura: potenciar la Marca España. La idea era sencilla. Si mandamos al Rey a Latinoamérica encabezando una delegación de importantes empresarios españoles mataremos cuatro pájaros de un tiro: mejorará la imagen de Su Majestad, mejorará nuestra imagen de cara a los mercados, daremos un impulso a las inversiones en la región y, por si fuera poco, le daremos un tortazo a Cristina Kirchner en la puerta de su casa.

El viaje de trabajo del Rey con su séquito oficial y empresarial transcurrió entre los días 3 y 6 de junio. Primero se vio con Dilma Rousseff en Brasil, país que se ha convertido en prioridad para la diplomacia española de cara a recuperar el tiempo perdido en la región. Ante el convencimiento de lo complicado que resultará firmar un acuerdo de libre comercio entre la UE y Mercosur, España pretende impulsar un acuerdo de asociación europeo con Brasil, recuperando así las relaciones de primer nivel que se fueron desinflando en los últimos meses. Además, se buscaba el sí de Rousseff a la invitación para asistir a la Cumbre Iberoamericana de Cádiz el próximo noviembre. Según fuentes españolas, la presidenta brasileña habría confirmado su asistencia. Mejor esperar.

Pero además de Brasil la delegación española fue agasajada por Sebastián Piñera, presidente de un Chile en el que compartieron agradables conversaciones sobre inversiones y colaboraciones mutuas. Buen rollo con el país que mejor representa el milagro latinoamericano. Con Piñera se fueron al norte, a la maravillosa región de Antofagasta, lugar de histórico litigio con Bolivia, donde coincidieron con el presidente de México, Felipe Calderón; el de Colombia, Juan Manuel Santos; y el de Perú, Ollanta Humala; que se encontraban allí celebrando la reunión de la Alianza del Pacífico.

Sebastián Piñera y el Rey Juan Carlos (elpais.com)

En ambos países, y ante todos los mandatarios, el Rey no dejó de repetir lo importante que es  América Latina para el mundo y las garantías económicas que, a pesar de la crisis, ofrece España como país. Lo primero es una obviedad, y lo segundo es el mejor ejemplo de como lo malo que tiene el repetir una mentira mil veces para convertirla en verdad es que quien la dice se la termine creyendo. Efectivamente, muchos medios y expertos en la materia han terminado por creerse el camelo, y no dudaron en destacar las grandes ventajas del viaje Rey y las bondades de este refuerzo de la Marca España en la que trabaja el Ministerio. Incluso el diario El País, en estas cosas que hace de vez en cuando, apoyó el viaje y afirmó que el discurso del gobierno externalizado a través del monarca es el que corresponde en estos días inciertos. La prensa extranjera, por su parte, también destacó los efectos positivos del viaje tanto para nuestro país como personalmente para el Rey.

La unanimidad entorno a la idoneidad del viaje es cuanto menos extraña. Y al mismo tiempo es el fiel reflejo de la forma que tenemos en España de, como decía, engañarnos a nosotros mismos. En rigor, el proyecto de Marca España del Ministerio es un desastre, el viaje y la figura del Rey no ayuda a reforzar nuestra imagen exterior, y nuestro país no pasa por el momento más idóneo para ofrecer garantías de ningún tipo.

“España” y la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff (abc.es)

La efectividad de cualquier proyecto de marca-país o de imagen exterior debe partir de una premisa clara: el claro y honesto reconocimiento de la situación interna. Parece mentira que a estas alturas ni el equipo de Exteriores ni los expertos se hayan dado cuenta de que la mejor embajada de España en el exterior es la propia España. La credibilidad de nuestro país se juega en nuestra casa y se gana haciendo las cosas bien de puertas hacia adentro. Y claro, últimamente estamos jugando y haciendo las cosas mal. Mientras no reconozcamos el estado real de nuestros asuntos, cualquier esfuerzo en mejorar nuestra imagen en el exterior será en vano. Pero los dirigentes españoles se han acostumbrado a ejercer su labor política desde el cinismo y el eufemismo, y eso solo nos hace más débiles y más propensos al ridículo.

Es necesario, por tanto, reformular nuestro proyecto de marca-país, construyéndolo desde la sinceridad y el reconocimiento de nuestro papel y nuestra posición en el mundo a día de hoy. Además, hay que arreglar algunos errores de fondo a la hora de abordar nuestra política de Marca España. Vicente Palacio, de la Fundación Alternativas, lo explicaba muy bien el otro día: la Marca España debe servir para apoyar a nuestras empresas, pero nunca debe confundirse con ellas; debe ser entendida como un todo, y en ella deben participar todas las dimensiones de la acción exterior; la Marca España es una herramienta pero no debe identificar de por sí a nuestro país y su realidad social, política y económica; los ciudadanos españoles deben ser partícipes de ella; hay que elegir el momento en el que se utiliza; hay que tener mucho cuidado con lo que se dice y lo que se hace; y la Marca España no genera competitividad y riqueza sino que la competitividad y la riqueza generan Marca España.

El Ministro de Asuntos Exteriores piensa en Gibraltar (lainformacion.com)

En el diseño de su política de marca-país, España lo ha hecho mal casi todo: en la defensa de los intereses empresariales en el exterior el gobierno no ha sabido diferenciar los intereses de éstas y los del Estado; la Marca España solo se ha abordado desde la perspectiva de la diplomacia económica, dejando otras tan importantes como la cultural en un segundo plano; los ciudadanos, en este asunto como en otros tantos, son completamente ajenos a su diseño y ejecución; teniendo en cuenta nuestra situación económica y la situación personal del Rey, no se ha elegido el mejor momento para ponerla en marcha; el Ministerio ha entrado en los últimos tiempos en provocaciones y polémicas ridículas, dando protagonismo a cuestiones que hoy importan muy poco a la ciudadanía; la Marca España se ha ejecutado como motor y paracaídas de nuestra política económica, pero no como objetivo a alcanzar mediante la puesta en marcha de acciones en política interna y exterior.

La situación económica que vive España nos obliga a replantear algunas cuestiones que hasta hoy han sido defendidas como axiomas indiscutibles. La política exterior resulta fundamental en la recuperación económica de España, pero también en la de nuestro prestigio y posición en el escenario internacional. No podemos seguir recurriendo a los mismos instrumentos y a los mismos esquemas, porque el mundo y nuestro país ha cambiado más de lo que podemos pensar. En la estrategia para reforzar nuestra marca-país y potenciar nuestra imagen exterior, como en una sinfonía, hay que ser muy cuidadosos con el ritmo, la coordinación y la ejecución de los instrumentos. Las notas y los movimientos deben ir donde corresponden. Si no, se corre el riesgo de que la música se convierta en ruido. España hoy está siendo demasiado ruidosa, y el público está abandonando la sala. Igual hay que pensar en parar la orquesta, hacer un descanso y empezar de nuevo. O igual hay que pensar en cambiar al director, a los músicos y, por supuesto, el repertorio.

Antonio Jesús Vázquez Cortés. Madrid

Escrito por Antonio J. Vázquez

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